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Convives con un hipocondríaco: ¿Es posible curar esta relación?

Caiaimage/Sam Edward/Getty Images
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Cuando la enfermedad se convierte en vía de escape, todo el sistema familiar flojea

Mi marido Mateo, o corre de consulta en consulta de un médico a otro, o se pasea por la casa quejándose y gimoteando, y a mí me falta paciencia -dice Carolina de 34 años de edad. –El Dr. Google es su médico de atención primaria. Tengo la impresión de que contacta con él todos los días. Ante cualquier infección estacional, Mateo se cierra en la habitación y establece allí la zona extraterritorial. Se aísla porque no nos quiere infectar, pero, en verdad, también se distancia de los problemas. Una vez más, todo recae sobre mis hombros. Y, además de cuidar de dos niños en edad preescolar y del hogar, tengo una vida profesional bastante intensa.

Una samaritana bastante buena

– Por otro lado -dice Carolina- soy creyente y me educaron para ser una buena samaritana. Sé que hay que cuidar de los enfermos. Por desgracia, Mateo no oirá de mis labios la pregunta: ¿Cómo te sientes? Porque sé lo que me espera: un lamento sin fin. Estoy cuidando de mi marido, pero resulta que exploto cada vez con más frecuencia o le respondo de mala manera. Esta no es una situación saludable.

Entiendo la frustración de Carolina. Hay mucha verdad en el dicho “un hombre no enferma, sino lucha por su vida”. Algunos hombres tienen un talento especial para fingir estar más enfermos de lo que están. Especialmente si sus esposas asumen el papel de cuidadoras de caridad con entusiasmo y sin críticas.

Les cuidan, les miman y sobre-miman con la buena comida y les aíslan de los niños. Y de repente, la baja por enfermedad se parece a unas vacaciones. El cordón sanitario delimita zonas de paz y tranquilidad, y la enfermedad ya no es tanto un castigo de Dios, como el requisito indispensable de la felicidad masculina. Por fin, uno se puede relajar y ser servido, porque nunca es demasiado tarde para una infancia feliz.

Creo que no es de extrañar que el marido enfermo exagere sus problemas de salud, ya que se beneficia emocionalmente de ello. Pero, cuando la enfermedad se convierte en la vía de escape de él, todo el sistema familiar también flojea.

A Carolina le es difícil establecer límites saludables. Se crió en la creencia de que una buena esposa debe sacrificarse. Pero esto no quiere decir que tiene que ser una excelente enfermera, limpiadora, cocinera y guardiana de la tranquilidad de su marido.

Es suficiente con que sea una buena samaritana. Una que no sólo se centra en la ayuda ad-hoc y en trajinar alrededor del lecho del dolor. ¿No es mejor ver primero lo que realmente aqueja a tu marido, y luego reaccionar, de acuerdo con el diagnóstico?

Lo que no decimos cuando todo el tiempo hablamos de salud

A veces una situación en el hogar puede ser curada por el médico de familia o una palabra bonita, pero tal vez en otras ocasiones habrá que superar la desconfianza y visitar a un psicoterapeuta. No todo marido que exagera los síntomas los simula o es un manipulador.

Puede sufrir realmente y quejarse, pero también puede, al mismo tiempo no hacer absolutamente nada por intentar tratar esos síntomas. En este caso, una mujer paciente y que sólo escucha hace más mal que bien. La empatía no es suficiente. Hay que ponerse en acción y simplemente llevarle al médico. Podría decir que con un marido pasa como con un niño, pero ya que soy psicóloga, diré que esto se llama el apoyo instrumental.

Cuando los resultados de las pruebas médicas no muestran nada, y el malestar persiste, se puede formular un diagnóstico que revelará que las quejas de tu marido son hipocondríacas. Pero, cuidado. La persona a la que se llama irónicamente “un enfermo con delirios” experimenta el verdadero sufrimiento y dolor. Esta información es importante para los familiares más cercanos. La hipocondría no es un capricho, sino una fuerte neurosis, trastorno depresivo mayor, ansiedad.

Hablando simbólicamente, en nuestra psique hay un área inflamada. Hay que descubrir qué es a lo que no sabemos hacer frente. Pronunciar los sentimientos de los que nos cuesta hablar.

El marido está llamando a una ambulancia y realmente clama por amor

Las historias de Carolina revelan que Mateo es un ciber-crónico. En lugar de buscar ayuda específica en una consulta, se condena a la auto-atormenta en la red. Se deja influir por el conocimiento poco fiable, superficial y siniestro de los foros de Internet y portales médicos. En contacto con su médico manifiesta sus auto-conocimientos médicos y desconfianza. En vez de buscar la ayuda de un psicólogo, visita a otro médico con la esperanza de que confirme este diagnóstico catastrófico, que él mismo hizo antes.

El hecho de quejarse de la salud a veces lleva un mensaje encriptado: ¡Mírame! ¡Cuida de mí y no sólo de los niños y la casa! Las quejas hipocondríacas vienen acompañadas a menudo por el perfeccionismo, control forzado de “todo el mundo” y la responsabilidad excesiva.

Tal vez Mateo tiene problemas en el trabajo y no sabe hablar de ellos. Los oculta no sólo delante de Carolina, sino también delante de sí mismo. Se avergüenza de no haber conseguido subir de puesto en su trabajo o de que su jefa sea una mujer y encima más joven que él. Se siente menospreciado, ignorado, inferior, más feo, con menos recursos que su amigo.

La ruta de una enfermedad

Un enfoque hipocondríaco del cuerpo puede conducir a problemas de salud bastante reales. La preocupación crónica por la salud, momentos recurrentes de pánico cuando uno descubre que tiene los síntomas de una enfermedad mortal: todo ello aumenta constantemente la presión sanguínea, acelera peligrosamente el pulso y la respiración, debilita la libido y destruye el sistema inmunológico.

Aparecen fobias, obsesiones y enfermedades psicosomáticas, el síndrome del intestino irritable, dolor de espalda, dolor de cabeza, dolores musculares, fibromialgia.

Para deshacerse de la desagradable fuerza centrifugadora del auto-tormento, los hipocondríacos se hacen adictos a los analgésicos y sedantes. Y así es como inventarse la enfermedad contribuye a la pérdida de la salud.

En vez de enojarse o cuidar de un marido que se queja, se necesita analizar no tanto el historial de su enfermedad, como la psique masculina. Que sea el sentido común el que actúe en el papel de un botiquín. Llevémosle al médico. Hablemos con él, escuchémosle, tengamos compasión de él, abracémosle. Porque esto nos sale rentable… a nosotras mismas.

¿Y qué hay de la paciencia y de su falta de la que se quejaba Carolina? Su enfado se justifica: convivir con un hipocondríaco no debe ser muy saludable. Quédate a su lado, pero no te abandones a ti misma.

A veces aparece la rabia, porque la mujer es consciente de que no puede contar con la reciprocidad. Cuando ella enferme, andará exhausta y no se sentará para descansar, no tendrá tiempo para curarse de la enfermedad en la cama, ya que no tendrá a nadie para que la reemplace. Nadie la sustituirá.

Y, sin embargo, poder enfermar con dignidad no es un privilegio, sino un derecho. Hazlo cumplir. Pide ayuda con claridad y firmeza: “Escucha, tengo que acostarme antes, dales de cenar a los niños”.

Si el marido sabe que su esposa también tiene derecho a enfermar y requerir ayuda, entonces hay una mayor probabilidad de que no utilice su enfermedad como excusa cuando sólo quiera descansar.

Es conveniente saber que, por lo general a un hipocondríaco no le gusta la hipocondría de otra persona. Sólo él puede estar peor que los demás. Así que, cuando comience a cantar su vieja canción, habrá que añadir nuestro estribillo. Escuchar acerca de las dolencias de la esposa, automáticamente minimiza sus propias quejas.

Y con el tiempo, incluso puede aparecer la idea, bastante saludable, de que en lugar de crear escenarios pesimistas por separado, podéis por fin pensar algo optimista, juntos como pareja. Después de todo, dos cabezas piensan mejor que una.

 

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