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A la tercera va la vencida, o lo que me aportó mi tercer hijo

Natalia Lebedinskaia/Shutterstock
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¡Este año he cambiado tanto! Siento que he vuelto a encontrarme de nuevo con mis hijos, se me abrieron los ojos y el corazón de nuevo

Tenemos tres hijos. Es todo tan extraño… Aparentemente somos unos valientes, porque hemos dado un paso más allá de tener la obligatoria parejita (aunque esto pasa cada vez con menor frecuencia). Oficialmente somos una familia numerosa, pero no tan seria, aún no “patológica”… No provocamos el shock, se nos ve y tolera. La gente amable nos felicita, pero algunos han sugerido que ahora es cuando “realmente tenemos que tener cuidado”.

A mi marido (que es el del medio de tres hermanos), el esquema de la familia compuesta por 2 + 3 le parecía bastante obvio y era una opción natural. A mí me era más cercano repetir el patrón de mi propia casa, más seguro para manejar, de la pareja con dos hijos.

Así es, una parejita. Lo perfecto sería: un chico y una chica, con una pequeña diferencia de edad, este es el plan óptimo, pensé. Tener tres sería una pequeña, pero aun así, multitud. Y ahora, parafraseando el anuncio publicitario de unos caramelos: cuando yo soy ahora madre de tres hijos… no puedo imaginarme una composición mejor de nuestra familia (no sé lo que pasa cuando se tiene cuatro hijos).

Pero este no va a ser un artículo acerca de cómo nos divertimos con un presupuesto de 500+ en los lugares donde se acepta la tarjeta de familia numerosa. Volvamos al principio.

En primer lugar: la espera

La llegada del primer hijo es una revolución total. Al abandonar el hospital estás en estado de shock por haberte permitido sacar a la calle esta cosita (que no lleva ningún manual) sin ningún tipo de supervisión o asistencia.

Los primeros seis meses pasan rápido pero en una tensión constante: por si el peque come, duerme, juega suficientemente; si esta mancha roja significa que tiene una infección viral, un sarpullido por calor o alergia. Sigues atentamente los logros de cada mes y el calendario de vacunación.

Esperas con impaciencia el momento en que el pequeño empiece a dormir toda la noche, a comer sopas, a sentarse, a caminar, a hablar. Esperas impaciente tu primera salida (y posteriores) sin el niño. Esperas recuperar la figura de antes del embarazo. Esperas recuperar el tiempo libre de preocupaciones y sólo para ti, y poder dormir sin interrupciones.

En segundo lugar: la sorpresa

El segundo hijo ya es rutina, pero tienes tanto trabajo con el hijo mayor exigiendo tu atención, que ni te das cuenta de ello. La realidad no deja de sorprenderte; desde que tienes un bebé y un hijo mayor, te sorprende cómo podías pensar que tenías tanto trabajo con uno solo.

Al mismo tiempo, hay muy pocos cambios tras el segundo nacimiento, y es sorprendentemente cierto que con la llegada del primero es la familia la tiene que adaptarse, pero con el segundo es el niño que se tiene que adaptar a la familia.

Con no poca sorpresa, te das cuenta de repente de que tu segundo hijo ya tiene dos años (y no tiene ninguna foto) y ya no es tan pequeño. No deja de asombrarte constantemente ver lo diferentes que pueden ser los hijos de los mismos padres.

En tercer lugar: la celebración

Con la llegada del tercer hijo ya tienes experiencia, posees el conocimiento, la intuición y eres comprensiva. Todo esto te da algo, una gran fuerza, la paz interior.

Gracias a ella, sobrevivir al primer año de vida del tercer hijo es mucho más fácil y te da la sensación de vivir una maternidad más consciente. Ya sabes que incluso el niño más salvaje con el tiempo dormirá toda la noche. También sabes que antes de que te des cuenta dejará de estar constantemente “pegado” a ti y correrá a dar vueltas en bicicleta.

Por lo tanto, estar con el pequeño, inhalar su increíble olor, abrazarle, observar su desarrollo y sentir ternura ante una sonrisa desdentada, te lo hace vivir con una doble fuerza. Sientes que este tiempo es muy fugaz, por lo que tu maternidad se convierte en una celebración del momento.

Los dos hijos mayores, aunque a veces discuten y se pegan, puede jugar juntos durante horas, y el tercero como un patito se va arrastrando detrás de ellos. Paradójicamente, es más fácil en este equipo, ya que el pequeño es más absorbente cuando carece de entretenimiento viendo jugar a los hermanos mayores.

Además, opino que la posibilidad de disfrutar de baja por maternidad es un maravilloso regalo, que me permitió sacar a mis hijas mayores de la guardería y pasar tiempo en casa con ellas, algo que si no fuera por su tercer hermano nunca hubiera funcionado. ¡Este año he cambiado tanto! Siento que he vuelto a encontrarme de nuevo con mis hijos. Se me abrieron los ojos y el corazón de nuevo.

Con la llegada al mundo del siguiente hijo, espero un gran cambio en mi forma de pensar. Como si uno o dos hijos me dieran la sensación de que cuando crezcan un poco, podrá volver “la vida normal” de antes de convertirme en madre. El tercer nacimiento te quita estas ilusiones y un buen ejemplo de ello es el hecho de que al cruzar la calle una tiene más niños que manos.

Esto se parece un poco a lanzarse en aguas profundas o más bien arrojarse en los brazos de la maternidad, y esta resulta ser bastante agradable, cálida y suave, como en el regazo de una madre.

Recientemente he oído una afirmación de que cada hijo, además de él mismo, trae con su llegada un regalo especial, una bendición única para la familia. En apoyo de esta tesis se puso como ejemplo la renovación del amor un poco gastado, en un matrimonio de muchos años, donde los cónyuges dijeron acerca de sí mismos que eran unos “viejos y locos”, comparando este tiempo con el de cuando se enamoraron por primera vez.

Para mí, el regalo que trajo la llegada de mi tercera hija fue la posibilidad de abandonar el ritmo de mi establecida carrera profesional y poder verla desde una perspectiva más fresca, poco convencional, lo que dio lugar a la baja por maternidad, así como al comienzo de la colaboración con Aleteia.

Y sobre todo, fue una gran bendición poder sacar a mis hijos del “sistema” y darles la posibilidad de estar juntos todo el tiempo y sin restricciones. Sin lugar a dudas, cada hijo cambia las cosas y aporta algo a la familia. Vale la pena atreverse y averiguarlo.

 

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