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¿Sientes que no das la talla? Este santo es para ti

Francisco de Zurbaran/Wikimedia Commons

Meg Hunter-Kilmer - publicado el 17/04/17

Fue una lección dura, pero finalmente san Hugo encontró la paz aceptando que Dios trabajaría a través suyo

La vocación cristiana de la humildad es difícil.

Para las personas que son tremendamente talentosas, apuestas y que caen bien a todo el mundo, su desafío está en ser más conscientes de sus defectos y del hecho de que todo lo bueno viene de Dios.

“¿Quién es el que te distingue?”, pregunta san Pablo en 1 Corintios 4:7. “¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?”.

Los que tienen problemas de orgullo harían bien en recordar que todo don y talento y atributo positivo que poseen es todo un regalo.

Para otros, la dificultad está en otro lugar.

A pesar de tus dones, te sientes incompetente ante la tarea que el Señor ha puesto ante ti. Cada vez que fallas, surge la tentación de rendirte, seguro de que nunca podrás ser suficiente. En lugar de reconocer que el Señor aprueba a los que responden a su vocación, te desesperas porque tu esfuerzo solo termina en fracaso.

San Hugo de Grenoble (1053-1132) fue uno de estos últimos. A pesar de ser un hombre apuesto, habilidoso y tan brillante que fue elegido obispo con 27 años, Hugo estaba tan convencido de su propia incompetencia que, en más de una ocasión, llegó a abandonar su puesto para retirarse a un monasterio, ofreciendo su resignación ante un trabajo que sentía que no podía abarcar.

Nacido en Francia en el seno de una familia devota y elogiado por su inteligencia desde muy joven, este lego de 27 años protestó abiertamente cuando fue elegido obispo.

“¡Pero les repito que no soy digno de ello!”, exclamaba. “¿Qué tipo de cuento es este?”, preguntaba al obispo Hugo de Die.

¿Quién te pide que actúes solo con tu propia fuerza? Primero confía en Dios, Él te ayudará”. Por primera vez aleccionaban a Hugo de Grenoble con la lección que se convertiría en el lema de su vida: es Dios quien obra en ti, o dicho de otra forma (con las palabras de Éxodo 14:14), que “Yahveh peleará por vosotros, que vosotros no tendréis que preocuparos”.

El obispo Hugo quedó abrumado ante las tareas que le esperaban cuando heredó una diócesis repleta de corrupción y apatía. Pero nunca había fracasado antes, así que aceptó voluntariosamente al personal de su obispo y empezó a luchar contra la simonía, la ignorancia y la impureza clerical por toda la diócesis.

Perseveró durante dos años, pero con poco éxito. Desanimado por su lento progreso, se declaró a sí mismo no apto para el episcopado y se retiró a un monasterio a vivir como monje benedictino. Durante un año, las cartas se sucedieron entre el monasterio y el Vaticano, desde donde el Papa le recordaba firmemente que el Señor no necesitaba de su talento, sino de su fidelidad.

“¡Pero le repito que no puedo hacer nada bueno ni digno de valor!”, insistía. A lo que el papa san Gregorio VII repondía: “Muy bien, así sea. No puedes hacer nada, hijo mío, pero eres obispo, y el sacramento puede hacerlo todo”.

Escarmentado, el buen obispo regresó a Grenoble para continuar con lo que estaba convencido sería una batalla infructuosa.

A menudo somos nosotros únicamente los que no logramos ver los buenos efectos de nuestro trabajo, y san Hugo se pasó los siguientes 50 años tratando una y otra vez de renunciar a su cargo, incapaz de ver la reforma que estaba consiguiendo con su liderazgo y su ejemplo.

San Hugo, que probablemente es más conocido por su contribución a la formación de la Orden de los Cartujos (san Bruno fue su mentor y san Hugo le dio la tierra que se convertiría en la Gran Cartuja), se retiraba a menudo al silencio del monasterio.

Cada vez que se nombraba un Papa nuevo, Hugo presentaba su dimisión de nuevo, implorando al Santo Padre que encontrara a alguien más apropiado para la tarea. Y todas las veces, Roma y san Bruno le recordaban su deber, tanto para su diócesis como para Dios, que era quien obraba a través de él.

Después de su episcopado de 52 años, la diócesis de Grenoble era un lugar totalmente diferente, transformado por los dones naturales de san Hugo y el poder de Dios a través de su humilde siervo.

Al final de su vida, todavía esperanzado con poder retirarse a una vida de silenciosa oración, san Hugo fue capaz de hacer suyas las palabras de Isaías: “Yahveh, tú nos pondrás a salvo, que también llevas a cabo todas nuestras obras” (Isaías 26:12).

Así, pasó medio siglo reformando al clero, atendiendo a los pobres e inspirando a los fieles a seguir sus humildes pasos. A pesar de sufrir unos agotadores dolores de cabeza durante años, nunca se quejó ni bajó su ritmo de trabajo, y al final de su vida escuchó cómo el Padre le recibía a un descanso bien merecido: “Bien hecho, mi buen y leal siervo”.

Recemos por todos los que se sienten incapaces de vivir la vida que el Señor les ha concedido, por que reconozcan con humildad que Dios mismo luchará por ellos.

San Hugo de Grenoble, ¡ruega por nosotros!

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