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No más tristeza; ¡quiero ser alegre, feliz!

Shutterstock / Cleomiu

Luz Ivonne Ream - publicado el 14/04/17

Para que muera la tristeza hay que alimentar la alegría con actitud positiva

¿Por qué me siento tan triste? Quiero ser alegre, pero no sé cómo.

Para que muera la tristeza hay que alimentar la alegría. Y la alegría se alimenta de muchas cosas, en especial de una actitud positiva.

Te haré la misma pregunta que me hago en mi examen de consciencia: “¿Me he dejado dominar por la tristeza?”  La tristeza es como una energía que muchas veces hasta nos quita los deseos de vivir, que nos deprime el espíritu y nos avienta hacia abajo. Es como una niebla tóxica que nos desanima, es decir, que nos quita el ánimo y nos puede enfermar el alma. Es como una bruma que nos oscurece las esperanzas, nos ciega la razón y no nos permite ver más allá.

No quiero decir que la tristeza como “sensación” sea mala en sí misma, pero sí que tenemos que diferenciar entre “sentir tristeza” y mantenernos en un estado de tristeza hasta dejarnos dominar por ella. Sentir no es «malo», aquí lo importante es que hacemos con eso que sentimos. En pocas palabras, si no nos ponemos abusados la tristeza puede ser la entrada de cosas peores.

La actitud de muchas personajes de la historia son un ejemplo claro de que en esta vida si se quiere, se puede y que la disposición interior hace la diferencia. Por ejemplo, San Juan Bosco decía: “Tristeza y melancolía fuera de la casa mía”.  

Otro del que hay mucho que aprender es Viktor Frankl: “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino”.

También, el Santo Cura de Ars cuenta que cuando llegó al pueblo de Ars le hicieron la vida imposible y por años le pidió a Dios que le cambiara de ese lugar. Hasta que un día sintió en su corazón el ya no pedirle eso y cambió su petición por esta “Si no puedes cambiar lo que te estoy pidiendo, estas circunstancias que no me gustan, entonces cámbiame a mí para que yo pueda aceptar lo que estoy viviendo”.

 Y es que así es la vida, cambio yo, cambio mi actitud y cambia todo. Por muy duros que estén los eventos que estemos pasando, por muy oscura que se vea la noche, siempre hay que mantener en nuestro corazón esa llama de esperanza encendida que nos dará la fortaleza para seguir adelante y la visión para ver el lado luminoso de las cosas.

Es muy lindo cuando escuchamos estas palabras: “A este mundo vinimos a ser felices”. Claro, también para eso estamos aquí. Pero no solo lo dejemos en ese sentido sensible, fatuo. Para ser realmente felices y que esta nos provoque alegría forzosamente necesitamos vivir una vida ordenada y virtuosa. De otro modo esta felicidad será vana, sin raíz y poco nos durará.

Para alcanzar la alegría, el júbilo al que me refiero, necesitamos hacer caso omiso al tipo de felicidad que el mundo hoy en día nos ofrece, totalmente enraizada en lo sensible. Para realmente ser dichosos necesitamos seguir otros criterios, no los del mundo, permisivos, que nos dicen que todo está bien, todo se vale con tal de que seamos felices. Que no importa que tan bajo caigamos o si pisoteamos nuestra dignidad, total, si así lo sentimos, hagámoslo. ¡Peligrosísima esta manera de pensar, de vivir!

Es cierto, estamos diseñados para el amor y para la felicidad. Necesitamos encontrar dentro de cada uno de nosotros, esa actitud que nos dé la fuerza para hacer los cambios que necesitamos para elegir solo aquello que nos lleve hacia la felicidad y la alegría verdaderas.

Es muy importante que tengamos claro que nuestra felicidad no depende de las constancias que vivimos ni del tener. Depende de nuestra actitud y disposición interior. Así que el que tengas paz, felicidad, armonía y estabilidad emocional obedecerá en gran parte a la actitud de vida que tengas. La alegría y la felicidad se eligen porque a pesar de las circunstancias nosotros elegimos ver la mejor versión de estos eventos y encontrarles un para qué.

Shutterstock / stone36

Si ya está descartado en ti algún cuadro depresivo, con los pies en la tierra y la mirada en el cielo te ofrezco esta selección de sugerencias prácticas para que las trabajes y que muy pronto la alegría vuelva a ti.

  • Elige querer ser alegre y dejar la tristeza atrás. Parece absurdo esto, pero no lo es. Como en todo, el paso más importante es “querer”, desear hacerlo, mover tu tesón hacia esa acción y ejecutar. Usa tus potencias -inteligencia y voluntad- hacia tu querer, hacia eso que te convine. Esta elección es la más difícil de todas las acciones que te sugeriré. Sin embargo, una vez que lo logras todo lo demás te será sencillo. Cada mañana sal de esa cama y grita: “¡Quiero vivir, quiero ser alegre!”
  • Elige perdonar. Qué fácil, ¿verdad? Como si el perdón fuera una pastillita que se compra en un supermercado y se tomara una dosis diaria. Justamente así es, nada más que no se compra, el perdón es gratis porque depende de yo querer hacerlo. El amor y el perdón siempre van de la mano y la alegría y la felicidad siempre serán el fruto de elegirlo, de accionarlo.
  • Elige salir de ti para entrar en los demás. No sé qué cosa mágica tendrá este asunto del servicio que entre más nos entregamos a los demás, más felicidad encontramos. Pareciera que al servir el bien se lo hacemos a alguien más y muchas veces no caemos en cuenta que los primeros beneficiados somos nosotros. Servir es una delicia y trae enorme alegría y gozo al alma. Haz a diario un pequeño un acto de amor que lleve y traiga felicidad. Por ejemplo, hoy sonríe al cajero del supermercado. Con estos detalles que parecen insignificantes se llena el alma.
  • Elige agradecer, tanto lo que te gusta como lo que no porque todo es lección de vida. Además, es una gozada estar en compañía de personas agradecidas, amables. Con esta actitud de gratitud harás más sencillo que los demás te amen. No hay más alegría y felicidad que el sentirnos amados.
  • Elige solo pensamientos positivos. El tener buenos pensamientos es un hábito en el que hay que trabajar a diario. Si estás habituado a tener más pensamientos negativos que positivos, vuelve a tomar control de ellos porque tú eres el dueño de ti y de todo lo que salga de tu cabeza. Solo di: «¡Sí puedo!» Y hazlo. Suelta cualquier pensamiento negativo sobre todo aquellos que atenten directamente contra tu persona. Deja en ti únicamente pensamientos que te edifiquen, que te sumen, que levanten el espíritu. Muchas veces nuestro estado de ánimo comienza por un pensamiento. Así es, detrás de cada sentimiento hay un pensamiento. Si amaneces de mal humor, tu día se tornará gris por muy luminoso que esté. En cambio, si despiertas dando gracias a la vida y con una actitud positiva, por muy lluvioso que esté afuera, la sonrisa no se borrará de tu cara. Por lo tanto, cambiando tu forma de pensar cambiarás tu forma de sentir.
  • Elige solo conocer y vivir en la verdad. Decía Platón que la forma más baja del conocimiento es la opinión. No formes tu conciencia de acuerdo a opiniones, busca siempre la verdad. No lo inmanente sino lo trascendente. Busca estar cerca de personas que tengan esa misma inquietud, vivir en la verdad. Recuerda que la verdad no es algo sino alguien. Sin la verdad, no hay alegría real.
  • Elige ver, leer, escuchar y hablar solo «lo mejor». La Ley de Gravedad dice que todo lo que sube baja. Lo mismo sucede con nuestra persona, todo lo que entra sale. Nosotros alimentamos nuestra persona y espíritu de todo aquello que vemos, leemos, escuchamos y decimos. Todo esto lo proyectamos por medio de nuestro actuar, del trato hacia los demás, con nuestra forma de vivir, con nuestro estado de ánimo. Por eso, hazte amante de lecturas que enaltezcan tu espíritu. Platica sólo de aquello que te dignifique, tanto a ti como a quien te escucha. Mira solo programas que te motiven a ser una mejor persona. Escucha solo aquello que te ayude a crecer. Se selectivo en los programas y en las películas que ves. No metas basura en tu ser. Date cuenta que estás invirtiendo mínimo una hora de tu valiosísimo tiempo en alimentar tu espíritu con cosas que muchas veces dejan mucho que desear y que te alejan de tu dignidad como persona.
  • Elige hábitos buenos y vivir una vida de virtudes y de orden. Pareciera que no, pero los vicios y una vida desordenada cobran una factura muy alta, aunque de momento parezca que nos dan “alegría”. Todos, creyentes o no creyentes, traemos en el alma impresa la ley moral natural y cuando vamos en contra de ella, nuestro espíritu lo resiente. Así mismo, el hacer ejercicio, el dormir bien, comer adecuadamente es parte de nuestro bien estar. Nuestro cuerpo es el vehículo temporal de nuestro espíritu así que tratémosle con la dignidad que merece. Si no tienes el hábito de hacer ejercicio, comienza por 10 minutos al día. Recuerda que un hábito se logra con la repetición consecutiva de 21 días. Si no tienes ganas, ¡encuéntralas!
  • Elige rodearte de personas positivas. Las actitudes tanto las positivas como las negativas son como las enfermedades contagiosas que se pueden hacer virales. Rodéate de personas que a pesar de sus circunstancias tengan en ellas esa alegría de vivir, de salir adelante. Que te infecten con su buen humor y su alegría.
  • Elige estar en ambientes que favorezcan tu crecimiento humano, espiritual y emocional. Evita esos donde tu persona, tu alma y tu familia estén en riesgo.
  • Elige soltar aquello que no te permite avanzar. Llámale como quieras, bienes materiales, amistades, comodidades, etc. Suelta pasiones en forma de vicios, tentaciones en forma de amistades, comodidades en forma de avaricia. La felicidad no está en el tener, en aferrarnos a nuestras propias fuerzas sino en confiar aún más en nuestro poder interior. Para los creyentes, confiar plenamente en Dios. Las seguridades humanas son pasajeras y sin raíz, las sobrenaturales son eternas y nunca fallan.

Decía Aristóteles que la felicidad sí es fruto de nuestro esfuerzo, que es feliz el virtuoso. Es decir, no es que tengamos derecho a ser felices, sino que tenemos la obligación de serlo. Recuerda que la felicidad no es algo sino alguien y que siempre será más feliz quien menos necesite.

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