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Oiga, su hijo no es Messi

Shutterstock- A_Lesik
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Absurdas y ridículas peleas entre padres de equipos infantiles y juveniles para ganar el partido

Cada fin de semana se descubre en España y otros países en que padres -e incluso madres- de jugadores de fútbol juveniles e infantiles se enzarzan en peleas absurdas y ridículas durante el partido de sus hijos, por una jugada, por una entrada equivocada, por una decisión del árbitro.

Las imágenes, captadas siempre por celular, indican la alta agresividad de algunos padres durante el partido de sus hijos, y que sin reparo alguno se lían a puñetazos delante de sus hijos adolescentes o niños, propinando a veces auténticas palizas. Estos hechos ocurren desde hace bastante tiempo, pero ahora con los celulares las imágenes saltan a la televisión y a las redes sociales, para vergüenza de todos.

A veces, los hijos adolescentes son más sensatos que sus padres. Algunos padres creen que su hijo será un jugador del FC Barcelona o del Real Madrid o del Valencia, y creen que de ese modo tendría garantizado su futuro y sería el orgullo de sus padres.

Ocurrió hace unos días, que harto de esta situación (peleas entre padres), Juan Junquera, de 16 años, portero del equipo Llanos 2000 de Gijón (Asturias) (desconocido para el público) escribió una carta al diario regional “La Nueva España” que tituló “Su hijo no es Messi”. La carta iba dirigida a un padre que en cada partido gritaba más de la cuenta en la liga juvenil.

“Su hijo no es Messi –dice la carta- Entre otras cosas porque si su hijo fuera Messi, ahora mismo estaría en el Barcelona, y no lo está. Usted, frustrado porque su joyita ni es ni será jugador de la Selección, cree que su hijo es Messi. Y hay algo peor: le ha hecho pensar que lo es”.

Junquera afirma que ellos, los chicos, se divierten jugando al fútbol y aprenden en ese deporte a vivir unos valores que les transmiten los entrenadores, pero no es así cuando los padres se entremeten en el juego. Y da una lección al padre: “Su hijo va a crecer aprendiendo que se puede insultar al árbitro, a un compañero o a un rival, que se puede pegar a cualquier persona afín al equipo contrario o que incluso se puede faltar el respeto de un entrenador. Y llegará a categorías superiores cometiendo las mismas barbaries que usted cometió en su día”.  

El portero Junquera termina su carta pidiendo al padre de su amigo que “no vuelva a pisar el campo jamás, que enseñe a su hijo a disfrutar del deporte y que se entere por fin de que el fútbol no va a convertir a su hijo en futbolista, sino en persona, que es mucho más que eso”.

La carta ha sido acogida con grandes elogios por parte de la prensa deportiva donde se pone en claro que un chico de 16 años ve el deporte como una diversión frente a los padres que defienden a muerte a sus hijos, creyendo que tienen un Messi en la familia.

Son padres faltos de sentido común, mezclan a sus hijos de modo egoísta con el deporte pensando que será una primera figura, cuando solo hay una primera figura (un jugador de Primera División) de cada diez mil o veinte mil más que lo intentan. Al final, el padre acaba frustrando al hijo y frustrado él mismo, con toda la familia, simplemente por haber hecho el cálculo del cuento de La Lechera.

Este padre no enseña valores a sus hijos, los valores del compañerismo, el esfuerzo, la disciplina, la obediencia al entrenador, de mejorar físicamente el cuerpo, el fair play en el juego.

No. Este padre enseña precisamente lo contrario: el fin justifica los medios, y si conviene juego sucio va bien si al final se gana, no hay compañerismo, los árbitros son unos memos y unos cretinos, igual que los entrenadores, si no consiguen  que triunfe su hijo, si el árbitro no valida sus goles, si el entrenador no lo pone en el equipo o lo sustituye por otro jugador “ahora que mi hijo había entrado de lleno en el partido”. Además provoca peleas entre los padres del otro equipo… Es un pésimo ejemplo de padre.

Ante esta situación cabe preguntarse: ¿Realmente el padre busca el bien de su hijo, o se busca a sí mismo a través del triunfo de su hijo? ¿No se da cuenta que con esta actitud este padre no solo mal educa a su hijo, sino también los hijos de los demás del equipo?

Y para terminar, ¿hasta cuándo habrá violencia verbal y/o física en los campeonatos de infantiles y de juveniles? Al padre marrullero habrá que decir: “Oiga, señor, ¡su hijo no es Messi!”

Por Salvador Aragonés. Periodista y profesor emérito de la UIC

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