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Busca tu verdad, ¡coraje!

Carlos Padilla Esteban - publicado el 11/04/17

A veces me cuesta distinguir bien la verdad bajo el caparazón de la apariencia

Muchas veces la verdad queda oculta bajo la apariencia. Así suele ser en la vida. Así fue ese día en Jerusalén cuando un rey entró en Jerusalén montado en un pollino. Un hombre aclamado por otros hombres. Oculto y desvelado a un mismo tiempo. ¿En qué se parece ese hombre aclamado por las multitudes al entrar en Jerusalén, a ese otro hombre al que todos quieren matar el Viernes Santo?

¿No hay un punto intermedio entre la gloria y la muerte? ¿Cómo escribir la verdad de esa misma carne que un día despierta el seguimiento y poco después provoca la huida?

Tal vez sea así de voluble mi corazón, mi amor que se tambalea y cae. ¿Dónde está la verdad de las cosas? Jesús es el mismo en el Domingo de Ramos que en el Viernes Santo. El mismo hombre muerto en la cruz y el mismo hombre resucitado. ¿Dónde está su verdad? Es la misma verdad. La de hombre, la de Dios.

A veces me cuesta distinguir bien la verdad de las personas bajo el caparazón de la apariencia. Bajo esa imagen que yo mismo me he formado de la realidad. A veces mis propios prejuicios no me dejan hacerme un juicio verdadero. Condeno el pecado de aquel que está ante mí. Veo con facilidad su impureza, su falta de valor. Pero no veo su verdad.

Creo que influye mucho el ruido en mi corazón. Me aturden las opiniones de los hombres. Tengo otros juicios aprendidos.

“¿Qué es la verdad?”. Esa pregunta de Pilato permanece suspendida en el aire sin una respuesta. Sostenida por la fuerza de un amor imposible. Jesús es la verdad, el camino, la vida. Jesús quiere que yo viva en la verdad, pero eso a veces no es tan fácil.

La obra de teatro El Pato salvaje de H. Ibsen se centra en la verdad y en la mentira. Parte del símil de lo que es la caza del pato salvaje. Si el pato recibe un disparo y no muere, queda herido. Entonces, para salvar su vida, se sumerge en el agua agarrándose con el pico a las algas evitando así emerger. El perro se lanza al agua y lo saca a la superficie. Hubiera muerto igualmente ahogado bajo el agua. Ahora morirá en manos del cazador.

Una pregunta se nos plantea. ¿Es mejor vivir agarrado a las algas huyendo del perro y al final morir en la oscuridad? ¿O es mejor que te salve el perro de morir ahogado para luego dejarte a los pies del cazador?

¿Es mejor vivir, sobrevivir hasta la muerte con la luz de una mentira que llena de color la vida? ¿O enfrentarme a la verdad de mi alma y morir así?

Es el dilema. ¿Es necesario enfrentarme siempre con mi verdad? ¿Tengo capacidad para besar mi propia verdad y aceptarla? ¿Cómo hago para ayudar a otros a llevar su verdad?

A veces quiero saber toda la verdad de las personas. O me empeño en que ellos enfrenten su verdad. Olvido que todos tienen derecho a guardar la intimidad de su vida sagrada. Y yo no tengo derecho a saber todo lo que otros hacen.

Además no todos están preparados para vivir su propia verdad. No sé cómo mostrarle a alguien la mentira en la que vive. Tal vez no sea capaz de vivir en la verdad. Y yo no lo sé.

Sólo sé que yo sí quiero vivir en la verdad. Quiero aprender a ver mi verdad y besarla. Aunque me duela y pese. Aunque no tenga tanto brillo. Aunque me toque cargar con una cruz anodina. No me importa. Prefiero la verdad fuera del lago a la mentira bajo el agua.

Pero no sé si siempre es posible dar ese paso. Creo en el poder de Dios que tiene la sutileza para sacarme de mis mentiras. Su delicadeza es fruto de su amor. Esa forma suya de tratarme es la que me hace más capaz para besar mi verdad.

Hoy pocos ven la verdad de Jesús. Pocos la conocen. También pocos son los que al pie de la cruz podrán decir como el centurión que Jesús era verdaderamente el hijo de Dios.

No es fácil ver la propia verdad. Y no es fácil ver la verdad de los hombres. Necesito un corazón más puro, más inocente, más de Dios.

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