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¿Estás sufriendo? Reza esta oración de santa Bernadette

Abbey P. Bernadoul | Wikimedia

Kathleen Hattrup - Patricia Navas - publicado el 07/04/17

"Deja que mi corazón crucificado se hunda para siempre en el tuyo..."

La pastorcita que vio a la Virgen en Lourdes, santa Bernadette, encontró consuelo en su sufrimiento volviendo sus ojos a Cristo:

«Oh, Jesús, Jesús«, rezaba, «ya no siento mi cruz cuando pienso en la tuya«.

Si tú estás sufriendo hoy, reza este fragmento de una de sus oraciones:

«Deja que el crucifijo no esté sólo en mis ojos y en mi pecho, sino en mi corazón.

¡Oh, Jesús! Libera todos mis afectos y elévalos a lo alto.

Deja que mi corazón crucificado se hunda para siempre en el tuyo y se entierre en la herida misteriosa causada por la entrada de la lanza«.

Santa Bernardita

Santa Bernardita es la jovencita a la que la Virgen se le apareció en Lourdes (Francia).

La Inmaculada Concepción le mostró un milagroso manantial de agua que hoy continúa suscitando fe y salud en miles de personas que lo visitan.




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Muchos en todo el mundo le rezan, le confían sus necesidades y le agradecen su ayuda e incluso milagros.

Es inspiradora su gran humildad, plasmada en su vida, sus pensamientos y sus oraciones. Como esta, conocida como su testamento espiritual:

Te doy gracias

Por la pobreza en la que vivieron papá y mamá, por los fracasos que tuvimos, porque se arruinó el molino, por haber tenido que cuidar niños, vigilar huertos frutales y ovejas; y por mi constante cansancio… te doy gracias, Jesús.

Te doy las gracias, Dios mío, por el fiscal y por el comisario, por los gendarmes y por las duras palabras del padre Peyremale…

No sabré cómo agradecerte, si no es en el paraíso, por los días en que viniste, María, y también por aquellos en los que no viniste. Por la bofetada recibida, y por las burlas y ofensas sufridas; por aquellos que me tenían por loca, y por aquellos que veían en mí a una impostora; por alguien que trataba de hacer un negocio…, te doy las gracias, Madre.

Por la ortografía que jamás aprendí, por la mala memoria que siempre tuve, por mi ignorancia y por mi estupidez, te doy las gracias.

Te doy las gracias

porque, si hubiese existido en la tierra un niño más ignorante y estúpido, tú lo hubieses elegido…

Porque mi madre haya muerto lejos. Por el dolor que sentí cuando mi padre, en vez de abrazar a su pequeña Bernardita, me llamó “hermana María Bernarda”…, te doy las gracias.

Te doy las gracias por el corazón que me has dado, tan delicado y sensible, y que me colmaste de amargura…

Porque la madre Josefa anunciase que no sirvo para nada, te doy las gracias. Por el sarcasmo de la madre maestra, por su dura voz, por sus injusticias, por su ironía y por el pan de la humillación… te doy gracias.

Gracias por haber sido como soy,

porque la madre Teresa pudiese decir de mí: “Jamás le cedáis lo suficiente”…

Doy las gracias por haber sido una privilegiada en la indicación de mis defectos, y que otras hermanas pudieran decir: “Qué suerte que no soy Bernardita”…

Agradezco haber sido la Bernardita a la que amenazaron con llevarla a la cárcel porque te vi a ti, Madre… Agradezco que fui una Bernardita tan pobre y tan miserable que, cuando me veían, la gente decía: “¿Esa cosa es ella?” la Bernardita que la gente miraba como si fuese el animal más exótico…

Por el cuerpo que me diste, digno de compasión y putrefacto… por mi enfermedad, que arde como el fuego y quema como el humo, por mis huesos podridos, por mis sudores y fiebre, por los dolores agudos y sordos que siento… te doy las gracias, Dios mío.

Y por el alma que me diste, por el desierto de mi sequedad interior, por tus noches y por tus relámpagos, por tus rayos… por todo. Por ti mismo, cuando estuviste presente y cuando faltaste… te doy las gracias, Jesús.




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