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Si el futuro pudiera hablar, no lo entenderíamos

Columbia Pictures
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Nos prometen imágenes novedosas o reveladoras del pasado y del futuro, cuando lo que de verdad nos ofrecen es un simple espejo del presente

Stanislaw Lem tenía claro que sólo deseamos explorar el cosmos para ampliar las fronteras de la Tierra, no porque vivamos en un planeta demasiado pequeño sino porque ya no aguantamos nuestra incapacidad para entenderlo y queremos justificar esa limitación con algo más grande.

Si aplicamos eso mismo al mundo del cine, podemos percibir cierto grado de insatisfacción en las mejores películas de época y ciencia ficción. Nos prometen imágenes novedosas o reveladoras del pasado y del futuro cuando lo que de verdad nos ofrecen es un simple espejo donde podemos observarnos pese a los disfraces para ocultar nuestra identidad actual.

Vaya por delante, casi siempre nos observan con una mezcla de crueldad, asombro y miedo, preguntándonos quiénes somos. Por eso es mejor verlas en términos psicoanalíticos que en términos científicos, o como un combinado de ambos -nosotros + el tiempo- si tenemos en cuenta el carácter especulativo que comparten el psicoanálisis y la ciencia.

Life (Vida) (2017, Daniel Espinosa) comienza en una estación espacial donde seis astronautas de diferentes países consiguen recuperar muestras extraídas de Marte, y a partir de ellas quieren probar la existencia de vida no humana en el Universo. Aunque no se especifica cuándo sucede todo esto, una referencia a la tragedia del Challenger y otra a la guerra de Siria nos sitúan o bien en el presente o en un futuro no muy lejano. Y en ese tiempo no muy alejado de nosotros encontramos a seis astronautas, cada uno con una función.

No son filósofos como en el cine de los 70, ni guerreros como en el de los 80 y los 90; ni siquiera son un producto de la renovada política de los géneros del 2000 en adelante (en un encarnizado y renovado combate con las dicotomías masculino/femenino o blanco/negro). Son más bien unos ilusos, incapaces de aislar las amenazas, alejarse de la guerra, confraternizar con formas de vida del espacio exterior, reparar los fallos de nuestros sistemas, y ser unos padres como Dios manda.

El problema -en mi opinión- es que Life (Vida) no desea caer en los estereotipos cinematográficos y al mismo tiempo no puede evitar parecerse a un monstruo de Frankenstein que toma un poco de todos ellos. Quiere compartir la intimidad cósmica de algunos clásicos del cine de ciencia ficción (Naves misteriosas, Solaris) pero enseguida se aburre y se deja seducir por sus arquitecturas para narrar a través de ellas un cuento de terror contemporáneo (Alien, La cosa), o por las fantasías bélicas que convierten una batalla en una guerra y a una película en el episodio de una serie (La guerra de las galaxias, Star Trek).

Sus problemas, por tanto, tienen más relación con la escritura que con las imágenes, algo que pone de relieve el escaso talento visual de su director para sobreponerse a las diminutas propuestas de sus guionistas, cuya reescritura del género acaba transformándose en un pastiche sin nada nuevo que contar, conforme con añadir cierta ironía (en su referencia a Reanimator cuando los astronautas consiguen revivir a la criatura de Marte o en el nombre con el que la bautiza una joven estudiante desde la Tierra: Calvin, que suena a Calvino, calvinista, y hace referencia a nuestra falta de control, a nuestra necesidad de un control supremo, al miedo pascaliano que debería ponernos firmes y convertirnos en hombres menguantes ante un cosmos creciente y una autoridad indiscutible).

Las películas de ciencia ficción ejemplifican una crisis del lenguaje pero también una crisis de las imágenes. Nos las creemos porque no le damos muchas vueltas a su absurda dialéctica y porque visualmente siempre juegan (o pretenden jugar) en la liga “yo he visto cosas”. Cuando finalmente los extraterrestres y los humanos se entienden a palos, nos encanta; cuando la sofisticación figurativa se convierte en abstracción gore, también. En el fondo, somos espectadores caníbales.

Masticamos el pasado, el presente y el futuro con la misma facilidad, poco o nada preocupados por nuestras rutinas al ver películas y por el trabajo de archivistas al que nos obliga el cine cuando lo consumimos en tiempo real, en un déjà vu constante y tras cientos de horas de visionado funcionarial por el que nadie nos paga un sueldo o en el mejor de los casos uno misérrimo si somos críticos (una palabra para describir una extraña mezcla de Jekyll y Hyde, a individuos que la mayor parte de las veces sólo intentamos traducir imágenes a un lenguaje que se ajuste a las leyes del mercado, a hablar sobre lo que la mayoría consume, compra o vende aquí y ahora).

Life (Vida) es así: actual, gris y digerible para que no moleste ni altere, tan microscópica en sus planteamientos que no ocupa lugar pese a su espectacularidad de serie B millonaria (con un presupuesto de 58 millones de dólares).

Carece de sentido del juego o de profundidad, su superficie siempre pretende destruir los tópicos del género apropiándose de ellos temporalmente, sometiéndolos a una sesión de anatomía quizás para levantar su acta de defunción aunque sin seguir nunca un camino propio, como deja muy claro ese falso final con el que hoy en día las películas mainstream parecen dibujar su posible futuro (con una segunda parte si las cosas van bien en taquilla), recordándonos -en palabras de Jean-Luc Godard- que no aspiran a crear imágenes únicas sino únicamente imágenes.

Ficha Técnica

Título original: Life (2017).

País: Estados Unidos.

Director: Daniel Espinosa.

Guión: Rhett Reese, Paul Wernick.

Reparto: Jake Gyllenhaal, Rebecca Ferguson, Ryan Reynolds, Hiroyuki Sanada,Ariyon Bakare, Olga Dihovichnaya, Alexandre Nguyen.

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