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Cuando Jesús lloró

©Pixabay
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¿No sería mejor no amar para evitar sufrir?

Hoy de nuevo quiero cuidar esa amistad que sueño con Jesús. Me conmueve escuchar hoy: “Señor, tu amigo está enfermo”. Su amigo Lázaro está enfermo. Yo, que soy su amigo también estoy enfermo. En ese amigo pongo mi propio nombre, escribo mi nombre sagrado. Jesús sabe que estoy enfermo. Yo, su amigo.

Me conmueve esa amistad profunda de Jesús con Lázaro, con sus hermanas. Jesús era capaz de amar. Con su cuerpo y con su alma: “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro”. No suele aparecer una expresión así en el evangelio. Nombres concretos.

Jesús amaba a la familia de Betania. Allí solía ir a descansar, a compartir la vida. Con Lázaro, con Marta, con María. ¡Qué humano es Jesús que ama tanto!

Me conmueven sus lágrimas cuando ve muerto a Lázaro. Llora cuando ve llorar a María: “Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y, muy conmovido, preguntó: -¿Dónde lo habéis enterrado?”.

María llora. En sus palabras no hay reproche. Sólo hay cariño. Un amor muy hondo. Y la certeza firme de que bastaba con la presencia del más amado para salvar la vida de su hermano.

Me conmueve. Jesús llora. ¡Cuánto amaba a Lázaro! Se emociona. Por el dolor de María. Por su propio dolor. Jesús me quiere tanto a mí como a ellos. También llora cuando yo muero, cuando lloro, cuando estoy enfermo.

Jesús me enseña cómo se quiere a los amigos. Yo no sé querer así. Su dolor es tan hondo, tan humano, tan de Dios… Llora porque ha perdido un amigo tan querido. Sufre por la pena de María, de Marta, su propia pena.

Jesús tenía amigos. Tenía amistades hondas, verdaderas, eternas. No quiero pasar por la vida sin emocionarme por el dolor de los hombres, sin conmoverme al perder a quienes quiero. No quiero vivir sin ahondar en mis vínculos.

El otro día una persona me decía: “¿Vosotros también tenéis personas a las que queréis de forma especial?”. Me llamó la atención la pregunta. Los sacerdotes claro que amamos. Queremos. Echamos raíces en corazones humanos. Porque el amor humano me lleva al corazón de Dios. Porque ese amor que recibo y doy es un reflejo pálido de ese amor incondicional que Dios me tiene.

Jesús amaba con lágrimas, con risas, con hondura. El otro día leía: “Jesús se sienta a la mesa con los pecadores no como juez severo, sino como amigo acogedor. El reino de Dios es gracia antes que juicio. Dios es una buena noticia, no una amenaza. Los pecadores y las prostitutas pueden alegrarse, beber vino y cantar junto a Jesús. Estas comidas son un auténtico ‘milagro’ que los va curando por dentro. Empiezan a intuir que Dios no es un juez siniestro que les espera airado; es un amigo que se les acerca ofreciendo su amistad”[1].

La amistad con Jesús sana por dentro al que se sabe amado. Igual que mi amor sana a otros. Un amor de carne y alma. No un amor etéreo. Quiero cuidar el amor humano que doy y recibo. Igual que quiero cuidar mi amistad con Jesús.

Los amigos se eligen, no nos vienen impuestos. La amistad no se puede exigir, se da o no se da. Es un don gratuito. No quiero mendigar amigos, amores humanos. Pero quiero cuidar a los que Dios ha puesto en mi camino. La amistad vive de la gratuidad. No de las obligaciones y compromisos.

Jesús se sentaba con los pecadores, con aquellos que estaban enfermos. No era obligatorio perder su tiempo con ellos. Tampoco era una obligación ir a Betania a descansar con sus amigos. Era gratuito. Jesús se hacía amigo de los más necesitados. Me mira a mí.

A veces no me valoro y no creo que pueda ser mi amigo. También me pasa a veces con ciertas personas. Las veo muy lejos de mí, muy perfectas, muy sabias. Y no creo que pueda llegar a ser amado por ellas.

Seguramente es lo que sentían esas prostitutas y publicanos al comer con Jesús. No se sentían dignos. Pero la amistad es un don sagrado, no un premio. Es una gracia, no una obligación.

Jesús viene a mi mesa a compartir mi vida conmigo. Viene a mi vida a decirme que le interesa todo lo que hago, todo lo que sufro. Y pone como prenda su corazón. Me dice que me quiere. Que me acepta como soy.

No quiero temer amar. El otro día una persona me decía que asociaba el vínculo afectivo a alguien con el dolor. Y por eso lo rehuía. Tenía una coraza que lo protegía.

Pensé que hoy tantas personas viven con dolor sus vínculos profundos. Sufren en sus relaciones humanas. No se saben amados de forma incondicional por nadie. Con sus padres, con sus hijos, con su cónyuge, con sus amigos. ¡Cuántas relaciones rotas! ¡Cuántas relaciones en las que uno o los dos sufren!

¡Qué difícil tener vínculos sanos! Cuesta mucho aprender a amar bien. El amor me compromete. Saca lo mejor de mí. Y también puede sacar lo peor. Estoy llamado a vincularme. No quiero pasar por la vida de puntillas, sin raíces. Sin dejarme el alma anclada en los corazones. La huida al desierto, a la soledad, puede ser una excusa para no amar más, para no involucrarme demasiado.

Hoy Jesús me pide que ame hasta el fondo. Que llore por los que amo. Que sufra sin miedo por ellos. El amor conlleva una cierta cuota de sufrimiento. Pero no quiero hacer sufrir a quien amo. Eso no es justo.

El sufrimiento bueno no tiene que provocarlo mi pecado. Amar siempre me hará sufrir, me exigirá dar hasta que duela y sacará de mí fuerzas que desconocía. Me llevará a renunciar a muchas cosas por la persona amada.

Pero es verdad que el sufrimiento viene a menudo por culpa de mi pecado. Porque no sé amar. Es lo que más deseo: Amar y ser amado. Pero, ¡cuánto me cuesta amar bien, con libertad, con verdad!

Confundo lo que siento a veces y no soy capaz de expresarlo: “Si no sabemos explicar lo que sentimos, si no estamos seguros de cómo explicar nuestros sentimientos, no llegaremos a conocerlos realmente. Y si no conocemos nuestros sentimientos, no nos podremos conocer realmente. No podremos tampoco hacernos entender ni hacer que nos comprendan. Por eso es importante saber expresar cuanto sentimos y nos sucede. Con la mayor exactitud posible”[2].

Necesito conocer mi corazón que se turba y sufre. Mi corazón que desea amar para siempre, con todo el alma y el cuerpo.

Hoy Jesús me muestra cuánto sufre el que ama. Me muestra que Él no pasó por la vida sin amar, sino dejándose el alma en las personas. Jesús amaba a Lázaro, a Marta, a María. Eso es bonito. Con nombre propio.

Hoy Jesús se acerca a mí en medio de mi enfermedad, de mi muerte, para decirme que me ama con locura. Que no quiere que sufra. Quiere ser mi amigo. Yo también quiero ser su amigo. Cuidar esa intimidad con Él.

 

[1] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

[2] Fernando Alberca de Castro, Todo lo que sucede importa, 163

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