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Reconocerse pobre ante Dios

palidachan/Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 30/03/17

Tapo mi alma con cosas para no indagar más adentro

Mi felicidad y plenitud no puede depender de la felicidad de otro, de su salud, de su suerte. No puede depender de circunstancias que no controlo. ¿Dónde se sujeta con fuerza el péndulo de mi vida?Quiero ser pobre de Dios para vivir atado a Él, dependiendo de su presencia.

Decía el padre José Kentenich: “¿Dónde se halla el punto de apoyo del péndulo? Sólo arriba, en algún lugar o sitio de donde cuelga. ¿Dónde hallará su punto de reposo este hombre de hoy que experimenta tan hondamente su condición humana? Si el hombre es un ser pendular y oscilante, su apoyo y seguridad connaturales estará allá arriba, en la mano de Dios Padre. Sólo en lo alto hay descanso, sólo hacia lo alto debe aspirar el hombre[1].

Quiero dejar de lado tantas cosas que me enriquecen sólo en apariencia, pero me desgastan por dentro el alma. No quiero buscar mi estabilidad en la rigidez del suelo.

Quiero reconocerme pobre delante de Dios. Quiero ser pobre de Dios. Con mi alma anclada en su corazón. Cobijado en Dios como ese niño pequeño que confía sólo en su padre.

Quiero mirar el agua que llevo dentro y pensar que mi pobreza consiste en esa sensación de sentirme necesitado, vacío y roto.

Tantas veces me preocupo de las riquezas que el mundo me entrega. Busco el reconocimiento. El éxito. Los bienes que parecen llenar mi alma, pero que son caducos. Me siento tan a gusto en los lugares donde soy reconocido.

Dejo de lado a aquellas personas que no parecen valorarme. No las veo. Como comenta el papa Francisco: “Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor”.Digo que soy pobre pero sólo busco a los ricos. A aquellos que me pueden darme algo a cambio, algo parecido a lo que yo entrego.

Busco a los que me hacen feliz. Porque tienen luz, porque no me quitan la paz. Porque no demandan ni exigen. Porque no son personas tóxicas. Y dejo de lado a los heridos. A los que no me cuidan a mí. A los que están rotos.

Busco sólo a los que me reconocen y consideran importantes mis palabras. Digo con la boca pequeña que quiero ser pobre y vivo pendiente de aquellas cosas que calman mis deseos. Tratando de satisfacer lo que mi alma anhela.

Busco siempre corazones donde sentirme en casa. Mendigo cariño allí donde me encuentro. Un descanso para el péndulo. Busco agradar a todos y caer bien a cualquier persona. Deseo satisfacer todos los anhelos de aquellos que llegan a mí insatisfechos.

Muchas veces veo personas que sólo buscan agradar. Dicen lo que yo deseo. Halagan buscando halagos. Temen el rechazo más que yo mismo. No quiero mendigar sonrisas.

Quiero aprender a ser un niño pobre y confiado. Pero luego digo que soy pobre y no sufro la necesidad del que nada tiene. Tapo mi alma con cosas para no indagar más adentro. No quiero conocer de verdad la sed de mi alma. Sólo quiero llenar por fuera mi pozo seco. Me lleno de riquezas que no colman mi anhelo más profundo.

Quiero aprender a ser más pobre, más niño, más de Dios. Quiero aprender a vivir más vacío de mis pretensiones. De esos deseos esclavos de triunfar en todo lo que hago. Tratando de sanar la herida de amor que llevo grabada en el alma.

Es la Cuaresma un tiempo que Dios me da para ser más pobre, más feliz, más pleno. Para ser mendigo de su amor más grande. Para hacerme esclavo de su presencia sanadora.

Quiero valorar las cosas que tengo. Agradecer por todo lo que Dios me regala. Desprenderme de lo que no necesito. Dios no quiere de mí simplemente que viva vacío. Creo que vivir vacío no es lo que Dios desea.

No desea que no tenga amigos, que no tenga vínculos profundos, ni ataduras. No quiere sólo que no posea seguridades. Sabe que mi corazón se apega siempre, desea, llama, suplica, reclama. Sabe que mi corazón quiere lo que no tiene y teme perder lo que posee. Mi corazón vacío está demasiado expuesto si Él no lo llena.

Jesús conoce hasta el fondo de mi alma cuáles son mis más profundos deseos. Conoce la herida de mi corazón. Sabe de mis miedos y sufrimientos. Me quiere vacío para llenarme. Desea que me entregue por entero.

Quiere que sea libre para hacer lo que me pide, lo que anhela de mí. Quiere estar conmigo donde yo estoy y que yo descanse en Él y viva con paz mi vida, anclado en Él mi péndulo.

Sólo así será posible rezar con santa Teresa de Jesús: “Si queréis que esté holgando, quiero por amor holgar. Si me mandáis trabajar, morir quiero trabajando. Decid, ¿dónde, cómo y cuándo? Decid, dulce Amor, decid: ¿qué mandáis hacer de mí? Dadme Calvario o Tabor, desierto o tierra abundosa; sea Job en el dolor, o Juan que al pecho reposa; sea viña fructuosa o estéril, si cumple así: ¿qué mandáis hacer de mí? Esté callando o hablando, haga fruto o no le haga; esté penando o gozando, sólo vos en mí vivid: ¿qué mandáis hacer de mí?”.

Dejo espacio en mi alma para que Él pueda vivir conmigo. Para que Él cambie mi corazón de piedra por uno de carne. Sólo así podré hacer lo que Él me mande.

[1] J. Kentenich, Niños ante Dios

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