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Let’s Lynch David!

Hilario J. Rodríguez - publicado el 28/03/17 - actualizado el 28/03/17

Una mirada a un gigante de la historia del cine: David Lynch: The Art Life

Adoramos a David Lynch porque no lo entendemos, porque él no nos entiende, porque sus películas son misteriosas y porque en el fondo, pese a tantos misterios y tantas incomprensiones, nos conectamos con él -si tenemos esa suerte- y él se conecta con nosotros, en un mundo animal donde los pajarillos cantan al mismo tiempo que las hormigas caminan nerviosas hacia el interior de una oreja humana.

¡Qué triste sería nuestro canon sin él! Su obra nos condena pero al mismo tiempo nos salva, nos condena a todo el terror que subyace bajo nuestra aparente normalidad y nos salva de ser tibios cuando disimulamos nuestras feroces contradicciones para intentar parecer normales.

Por así decirlo, nos hace fuertes ante nuestra debilidad, mostrándonos como fieras encerradas en la jaula del mundo contemporáneo, de donde -por cierto- nos solemos escapar todas las noches, mientras soñamos.

Lynch -su obra- sólo permite asociaciones con los números primos, con los solitarios, con los desplazados, con los locos, o sea que ningún documental podría hacerle nunca justicia si lo que pretende es ofrecer una lección de anatomía y luego unir las partes desmembradas para dar forma a un puzzle con pleno sentido, en el que finalmente todas las piezas «encajan». Si lo explicamos, nos lo cargamos.

Por eso David Lynch: The Art Life resulta inútil para quien busque razones y tan divertida para quien no le importe dar una vuelta más alrededor del misterioso, ingobernable, gracioso y siniestrísimo director de Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986), Twin Peaks (1990-1991), Carretera perdida (Lost Highway, 1997), Mulholland Drive (2001) e Inland Empire (2006), algunos títulos casi incuestionables del hit parade de la historia del cine.

La película comienza en una casa situada en las colinas donde Lynch tiene su estudio y desde las que Hollywood se convierte en una parte de un paisaje más amplio: el de la ciudad de Los Ángeles. Cigarrillos, cocacola y varios works in progress dan forma a un trabajo de montaje que sintetiza tres años de rodaje y 20 entrevistas en las que un viejo artista de 70 años, al lado de su jovencísima hija Lula, recuerda al artista adolescente que un día fue.

Su vida de acá para allá, siguiendo a su padre en sus diferentes traslados laborales, se reducía siempre a dos manzanas que para él resultaban tan grandes como el mundo entero. Era feliz, al menos razonablemente feliz, hasta que comenzó a tener los problemas de casi todos los jóvenes: drogas, alcohol, inseguridad, compañías peligrosas y el abismo generacional que de pronto -y sin demasiados motivos en su caso- separa a padres e hijos.

Y en esa radical soledad en la que uno se ve de la noche a la mañana, surgieron las amistades, el surrealismo y la pintura, también un matrimonio con veintipocos años y la paternidad, los problemas monetarios y la beca que le ayudó a comenzar Cabeza borradora en 1972 (Eraserhead, terminada en 1977).

Además de cómo se ve Lynch desde la distancia durante algunos de sus comentarios a cámara, las imágenes intercalan metraje extraído de películas caseras, álbumes familiares y algunos de sus primeros cuadros. Nada puede ser interpretado o tomado al pie de la letra, aun cuando escuchamos que su deseo de hacer cine surgió al ver un día los elementos de un lienzo moviéndose. La potencia de esta propuesta no reside en lo que muestra, por eso le servirá de muy poco a quienes no conozcan bien la obra de Lynch; surge de la irrupción de lo anómalo a partir de lo cotidiano.

Un cineasta muy poco articulado con las palabras y bastante torpe a la hora de relatar o explicar su vida, es sin embargo un gigante de la historia del cine que no sabe muy bien cómo llegó a convertirse en eso.

Pero su pelea con sus limitaciones, mientras recuerda imágenes que se le quedaron incrustadas en el cerebro (una mujer caminando desnuda cerca de su casa, él mismo encerrado en un armario hasta que las pilas de la radio que escucha se agotan, o su coche parado en mitad de una autopista porque él tiene un colocón de cuidado), nos obligan a preguntarnos a nosotros mismos cuándo y por qué comenzamos a adorar a Lynch, cuál fue nuestra transformación como espectadores, quizás hambrientos de películas más allá de nuestro control aunque con los elementos suficientes para sentir que en ellas latía lo que siempre hemos deseado expresar y nunca hemos sabido encontrar el lenguaje que le dé forma sin que nos confundan con monstruos.

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