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¿El liberalismo económico es compatible con la fe cristiana? Sí, pero...

© GAUD/Centre Inter.Vitrail/CIRIC

Père Étienne Perrot - publicado el 28/03/17

El capitalismo liberal, dominado hoy día por la esfera financiera, llama a un discernimiento crítico

El liberalismo es a la vez un movimiento histórico y una ideología basada en el principio de la autonomía individual. La clave está en la relación entre, por un lado, la verdad del ser humano en su libertad y, por otro, la justicia social.

Como para el marxismo, la Iglesia ha diferenciado el liberalismo como “ideología condenable” del liberalismo como “movimiento histórico” con el que se puede, en la práctica, encontrar un equilibrio.

Juan Pablo II, en 1981, en Laborem exercens (LE 14, 3-4), recuerda además la primacía del trabajo sobre el capital y promueve la participación, no solamente del beneficio, sino también del poder de la empresa. Disminuye con ello el derecho exclusivo de los accionistas.

Hacer triunfar la justicia

A partir de la encíclica inaugural del 15 de mayo de 1891 Rerum novarum (RN), León XIII toma nota de la desaparición de la antigua organización del trabajo que integraba a los obreros en la solidaridad corporativa y profesional. La encíclica afirma que las dos clases sociales (patronos y obreros) no son antagonistas (RN 15, 1) sino que deben coordinarse para hacer triunfar la justicia.

La originalidad más destacable de esta primera gran encíclica social es que se sitúa en una perspectiva de reforma de la sociedad. Va más allá en una llamada a la conversión de las costumbres y no se contenta con promover la sensibilidad social que habían demostrado tantos cristianos de los siglos pasados.

Es cierto que los católicos sociales, del siglo XIX en particular, fueron por lo general antimodernos y poco liberales.

Un dilema que discernir

Desde la perspectiva de un movimiento histórico en el que el catolicismo no pone en duda las dos premisas institucionales, propiedad privada y trabajo asalariado, los efectos sociales del capitalismo liberal, sin embargo, provocaron un discurso de discernimiento crítico: por un lado la eficacia de la producción favorecida por la competencia; por otro lado, los excesos demasiado reales del sistema de mercado abandonado a sí mismo sin otra regla que la de las preferencias individuales.

El mercado liberal tiene efectos sociales injustificables, denunciados desde Rerum novarum. Juan Pablo II en la encíclica Centesimus annus (1991) subrayaba el dilema: “Da la impresión de que, tanto a nivel de naciones, como de relaciones internacionales, el libre mercado es el instrumento más eficaz para colocar los recursos [productivos, se sobreentiende] y responder eficazmente a las necesidades. Sin embargo, esto vale sólo para aquellas necesidades que son “solventables” con poder adquisitivo”. (CA 34).

Las deficiencias institucionales y políticas del capitalismo liberal

Benedicto XVI en Caritas in veritate (2009) recuerda los efectos deletéreos del capitalismo liberal. El cuerpo, la sociedad, la comunidad humana, ninguna dimensión de la vida escapa a la lógica de mercado: además del hambre en el mundo, exacerbada por la especulación financiera sobre los productos agrícolas, y del acceso a agua potable que se anuncia como un reto estratégico mayor en los años venideros, la contaminación se convierte en una preocupación inmediata.

Ampliando significativamente la vía abierta por Pablo VI en Populorum progressioen 1967 (que ya había ido mucho más allá de una visión puramente económica del desarrollo), Benedicto XVI destaca las deficiencias institucionales y políticas del capitalismo liberal que induce una cultura individualista para detrimento del ser humano “que es quien debe asumirse en primer lugar el deber del desarrollo”. (CV 47)

No separar las cuestiones económicas, políticas y sociales

La urgencia de la cuestión ecológica plantea un problema nuevo –no resuelto por el pensamiento liberal, que lo descarta con facilidad– sobre la interpretación del sistema económico, social y político.

La encíclica Laudato Si’ (LS) del papa Francisco, en 2015, integra en un humanismo ecológico las cuestiones económicas, políticas y sociales que fueron separadas por el liberalismo: “Así se manifiesta que la degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas” (LS 56).

Una vía auténticamente humana no puede eximirse del cuidado de la creación y de las criaturas, y la preocupación por “nuestra casa común” no se dejaría a los simples juegos del mercado que externaliza y no toma en consideración los costes ecológicos y sociales (LS 195).

El mercado puede ser, en ciertas condiciones, el medio de administrar la transición hacia una ecología integral, pero sigue expuesto a los descarríos especulativos.

Francisco articula lo que el pensamiento liberal ha desunido

Por último, al situar el desarrollo humano no solamente en el espacio sociopolítico sino también en el largo plazo, donde la sociedad actual está en deuda ecológica con las generaciones futuras, el papa Francisco articula lo que el pensamiento liberal ha desunido: lo social, lo económico y lo político. Enriquece la panoplia de derechos humanos y pone la racionalidad instrumental moderna al servicio de una relación inclusiva con el mundo.

La economía del conocimiento en peligro de incertidumbre

En el campo del liberalismo económico, el vacío más grande afecta, según lo percibió Juan Pablo II en Centesimus annus en 1991, a la laguna de la economía del conocimiento (de donde procede la esfera financiera): “Si en otros tiempos el factor decisivo de la producción era la tierra y luego lo fue el capital, entendido como conjunto masivo de maquinaria y de bienes instrumentales, hoy día el factor decisivo es cada vez más el hombre mismo, es decir, su capacidad de conocimiento, que se pone de manifiesto mediante el saber científico, y su capacidad de organización solidaria, así como la de intuir y satisfacer las necesidades de los demás” (CA 32).

Hoy en día son bien identificables los efectos de la economía del conocimiento sobre las dificultades sociales, en especial los efectos de las finanzas que se alimentan de la incertidumbre.

Se evidencia entre otros fenómenos la forma en que los mercados financieros valoran las empresas. El valor del capital fijo difiere del capital intangible (más allá de las patentes, del know-how, la organización, la cultura de empresa, la imagen de marca).

Esta diferencia (que los financieros llaman Good Will, buena voluntad) representa a menudo la parte esencial de una valoración fundada en las expectativas, siempre arriesgadas, ya que están envueltas de incertidumbre.

Están los que pueden protegerse y los que no

La economía del conocimiento es el corolario de la especialización y, por tanto, del incremento de los riesgos, reforzando el poder de las finanzas y sus consecuencias: la divergencia entre los que pueden protegerse contra los riesgos económicos y los que no tienen cobertura contra los vaivenes del mercado.

El papa Francisco lo recuerda en la encíclica Laudato Si’ retomando el principio de precaución, corolario paradójico pero necesario de la modernidad liberal: “Este principio precautorio permite la protección de los más débiles, que disponen de pocos medios para defenderse y para aportar pruebas irrefutables” (LS 186).

El desafío está en una solidaridad que nace no de los sentimientos, sino de los riesgos afrontados y soportados en común. Se trata de algo muy diferente a la igualdad de oportunidades de la que se jactan algunos liberales.




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