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¿Sabes por qué se usa el color rosa en la liturgia?

ROSE VESTMENT

Timothy Titus | CC BY-SA 3.0

Philip Kosloski - publicado el 25/03/17 - actualizado el 08/03/24

En la liturgia, los signos son parte fundamental de la celebración por el significado que le imprimen, pero el color rosa tiene un sentido de lo más peculiar

Hay un domingo de Adviento y uno de Cuaresma en los que los sacerdotes católicos tienen la opción de vestir una casulla rosa. Este cuarto domingo de cuaresma es el domingo de Laetare, por ello, es posible que este fin de semana veas a tu sacerdote vestido de rosa durante la Misa dominical.

Aunque la elección del color y los comentarios del sacerdote podrían intrigar y divertir a algunos parroquianos, lo cierto es que las vestimentas rosadas llevan siglos en la tradición católica. De hecho, es un color precioso con un profundo significado simbólico.

Uso litúrgico del rosa

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El color rosa se usa solo dos veces en el año.

Este color, que se usa solo dos veces en todo el año litúrgico, se asocia tradicionalmente con un sentido de alegría en una estación de penitencia.

En ambos domingos (Gaudete en Adviento y Laetare en Cuaresma), se viste rosa para recordarnos que la temporada de preparación llega a su fin y la gran fiesta está a la vuelta de la esquina.

Incluso la antífona de entrada que se canta tradicionalmente al comienzo de la Misa de Domingo de Laetare (el cuarto domingo de Cuaresma) habla de la alegría que debería llenarnos:

Lætare Jerusalem: et conventum facite omnes qui diligitis eam: gaudete cum lætitia, qui in tristitia fuistis: ut exsultetis, et satiemini ab uberibus consolationis vestræ.

Psalm: Lætatus sum in his quæ dicta sunt mihi: in domum Domini ibimus.

Que en español quiere decir:

Alégrate, Jerusalén, y regocijaos con ella todos los que la amáis; regocijaos con ella, gozosos, cuantos por ella hacéis duelo; para que os saciéis del pecho de sus consuelos.

Salmo. Me alegré cuando se me dijo: Vamos a la casa del Señor.

Cuando vemos el color rosa en Misa se nos está llamando a regocijarnos; ¡la estación de penitencia llega a su fin y se acerca la celebración de la Resurrección de Cristo!

La alegría que llena el corazón

El Papa Francisco, a lo largo de su pontificado, ha puesto mucho énfasis en la alegría e incluso le ha dedicado toda una encíclica a la “Alegría del Evangelio” (Evangelii Gaudium).

En el párrafo de introducción escribió sobre qué debería colmar el corazón de todo cristiano:

La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. En esta Exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años”.

Sin embargo, la alegría no siempre es un rasgo fácil de adquirir. Incluso los cristianos fieles pueden verse tentados a vivir una vida sin una pizca de alegría.

En palabras del Papa Francisco, es como vivir siempre en Cuaresma, pero nunca experimentar la dicha de la Pascua:

“Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua. Pero reconozco que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras. Se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo.

Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias”

La llamada a vivir la alegría

En definitiva, si ves a tu sacerdote vestido de rosa, recuerda la llamada a vivir con alegría. No se supone que debamos vivir nuestras vidas en una Cuaresma perpetua, sino experimentar la gran dicha de la Pascua y extender esa alegría a todos los que conozcamos.

Que nuestra práctica del cristianismo sea un faro de alegría en este mundo tan frecuentemente abatido por los múltiples sufrimientos de nuestra vida mortal.

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