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Pedir ayuda puede abrir la puerta al amor

© Marina del Castell / Flickr / CC

Manos pidiendo ayuda

Carlos Padilla Esteban - publicado el 21/03/17

¡Qué gran fuerza sentir que otro te necesita!

Cuando uno se muestra en su verdad está en las manos del otro. Puede recibir la aceptación o el rechazo. Se siente vulnerable. Me duele el alma cuando no soy aceptado como soy. Cuando me muestro desnudo frente a otros y no recibo el aplauso, ni la sonrisa. Tantas veces lo he vivido. Ante la pobreza del otro puedo mostrarme misericordioso o puedo quedarme en mi orgullo. Protegido y seguro.

Jesús no me mira nunca desde arriba. Cuando alguien me dice que me necesita me desarma. Me hace sentirme importante. Creo que puedo hacer algo por él y eso siempre me da fuerzas.

Jesús me pide a mí. No viene a darme nada. Decía Jean Vanier: Jesús quiere aparecerse en nuestro corazón como alguien pequeño. Está cansado y sentado (···). Todo lo que Él quiere es encontrarse contigo que eres diferente”.

Me gusta ese valor de Jesús para entrar en mi vida sin nada que ofrecer. Jesús no me da lo que yo necesito, lo que le pido. Él me pide lo que yo tengo. No un agua como la suya. Sino mi agua sucia. Mi pobreza. Mi fragilidad. Mi cubo.

Y yo me siento útil ante Él. Parece mentira que pueda resultarle útil con mis torpezas. Es increíble. Me gusta pensar en ese Jesús. No en un Dios todopoderoso al que no le complementa mi debilidad. Comenta el padre José Kentenich que “la bondad paternal de Dios no podía oponer resistencia a la debilidad reconocida y aceptada de su hijo”[1].

Eso lo vivo en mi propia carne. Me desarma la impotencia del que me pide ayuda. Y me provoca desprecio el que no me necesita. Me gusta ayudar y sentirme útil.

Jesús me muestra cómo es la actitud del hijo que confía. “Dame de beber”. Jesús me pide a mí que le dé de beber. Y yo no tengo nada. Soy pobre. Pero Él me pide ayuda y levanta mi ánimo. Me hace creer y confiar en que al final mi vida tiene un sentido.

Tengo una misión dibujada en mi alma. Puedo ser un héroe si me dejo hacer en sus manos. Puedo dar agua. A Él. A tantos con sed. Basta con que me lo pidan como Él. Sentado. Humilde. Pequeño. Frágil.

Me violenta la soberbia de los hombres. Me revuelvo contra la prepotencia. Me desarma la petición humilde del pequeño que sólo suplica mi ayuda. Sin exigir nada. Sólo quiere beber. Me impresiona.

Muchas veces yo no soy capaz de pedir a nadie que me dé su agua. Me siento capaz de hacerlo todo yo solo. Voy por los caminos seguro de mí mismo. No tengo sed. Eso creo.

Y si la tengo la acallo, la calmo con otras aguas, pero no pido nada. Es mi orgullo el que no me deja presentarme vulnerable ante los hombres. Necesito aprender a ser pequeño, uno más, pobre.

La imagen del agua es propia de este tiempo de Cuaresma. Tengo un hondo deseo de saciar mi sed: “En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: – ¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?”. El pueblo de Dios tiene sed en el desierto. No tienen agua.

El otro día leía la carta del P. Christopher desde Etiopía: “En Gode y en la región somalí de Etiopía, hace ya un año y medio que no ha caído ni una gota de lluvia. Aquí todo se está muriendo”. Me impresionó su testimonio. Estamos acostumbrados al agua y no lo valoramos. Tenemos sed y bebemos. Es terrible la escasez de agua. Todo muere cuando no hay agua. Hay tanta sed en tantos lugares…

Jesús también tiene sed junto al pozo. Como ese pueblo que estalla contra Moisés. Habían imaginado otra liberación y estaban allí atrapados en el desierto sin agua. Como tanta gente que muere enferma en Etiopía y en tantos otros lugares por falta de agua.

También Jesús tiene sed y está solo. Sus discípulos se han ido. Llega la mujer a buscar agua, también sola. También con sed.. Eso siempre me impresiona. Ve a la mujer y la conoce. Conoce su sed más honda.

Pero lo primero que yo tengo es una sed superficial. Tengo sed de amor, de éxito, de logros. Quiero emprender un camino y llegar a buen puerto. Quiero levantarme tranquilo, con la sed saciada. Y por eso la calmo en tantas partes durante el día. En charcos poco profundos.

¿Cuál es mi sed hoy al mirar a Jesús? Tengo sed. Miro a Jesús y lo reconozco. Tengo sed. Sed de un amor hondo y verdadero. Y tantas veces no sé amar con madurez y vivo con sed continua.

Decía el padre José Kentenich: “Se brinda cariño para recibir algo a cambio. Queremos a una persona porque nos enriquece interiormente o bien nos hace más maduros. En este caso, amamos a Dios y nos entregamos a Él porque, de esa manera, satisfacemos nuestra sed de felicidad y canalizamos la autoafirmación. Uno mismo se convierte en una personalidad plena y madura gracias al abandono en Dios, pero, en esta entrega y amor a Dios, nos estamos buscando, por último, a nosotros mismos”[2].

Me busco a mí mismo cuando amo. Doy para recibir. Me entrego porque quiero tener. Esa sed más honda no es saciada en mi amor que se busca a sí mismo. Me gustaría amar mejor. Con más libertad. Dando un agua que sacie la sed más honda que tiene el hombre. Sin buscar siempre egoístamente recibir cada vez que doy algo.

Jesús tiene sed, me pide agua y me da el agua de su Espíritu. A veces miro a Jesús y le hablo de mi sed humana. Le pido un agua que me sacie. Busco su pozo, su fuente. Pero no recibo lo que busco. Y Jesús me habla de un agua nueva. Me habla de cambiar la mirada.

Y yo no le entiendo. Pero sé que en el silencio de mi alma puede suceder el milagro. Si yo me dejo. El corazón cambia al recibir un agua verdadera. ¿Cuál es mi sed más profunda? ¿La conozco? ¿Conozco mi herida? Muchas veces no lo sé. Sacio una sed pasajera. Tengo que volver al pozo una y otra vez.

Pero Jesús me asegura que su agua calma mi sed para siempre. Su agua, su mirada, su amor. Cambia mi mirada, cambia mi amor. Me llena por dentro. Necesito creer en esa promesa.

[1] J. Kentenich, Niños ante Dios

[2] J. Kentenich, Envía tu Espíritu

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