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Cómo rezarle a san José según las carmelitas

© Marko Vombergar-ALETEIA

Esteban Pittaro - publicado el 17/03/17 - actualizado el 19/03/18

"Te pido que escuches las oraciones de todos cuantos me han pedido que rece por ellos..."

Asistir un domingo a un Carmelo para compartir una Eucaristía con unas hermanas carmelitas es una experiencia que todo cristiano tendría que vivir.

En el altar confluyen tanto el espacio reservado para las religiosas como la nave central a la que asisten el resto de los fieles. No suele haber contacto visual durante la Misa, pero hay unidad entre los dos grandes grupos.

No sólo por los cantos y por el clima de oración que las hermanas instauran, sino también por la bellísima y espontánea comunicación que pueden establecer con tan solo una sonrisa cuando alguien se acerca a comulgar y acaso espíe de reojo a las contemplativas.

Es habitual en muchos Carmelos que tras la Misa las hermanas reciban el saludo y sobre todo pedidos de oraciones de quienes fueron hasta allí.

Ocurrió en el Carmelo de San Carlos de Bariloche, ubicado sobre la avenida Rafael Bustillo. A un lado de esta troncal avenida, el imponente lago Nahuel Huapi. Al otro, el Carmelo. Es zona tradicionalmente salesiana, y de hecho la Obra de Don Bosco posee allí una gran casa que durante las temporadas aloja a familias que desean descansar al pie de los Andes en esta bella ciudad.

Las hermanas habían estado charlando, acariciando niños a través de la reja, sonriendo a familias, a señoras mayores. Al final de cada contacto cerraban los ojos y decían: “A ver, tu nombre es Ester, y vamos a rezar por la salud de tu hija Justina”. “Exacto hermana”, se le respondía del otro lado.

Cuando llegaron a esta familia y conversaron, e identificaron el pedido especial por trabajo, las dos hermanas que estaban escuchando inmediatamente se irguieron, como en los dibujos animados cuando se prende la lamparita, y dijeron al matrimonio: “para el trabajo, san José”, y fueron corriendo (literalmente) a buscar un pequeño ejemplar de una oración de 30 días al padre adoptivo de Jesús.

Si bien la lista de oración que se llevaron las hermanas fue amplia, como siempre, la familia sintió que era todo un honor que estas religiosas compartieran y se comprometan a pedir por esta intención particular a san José, de quien santa Teresa decía: “No me acuerdo hasta hoy de haberle suplicado nada que no me lo haya concedido”.

En un extracto de la bellísima oración, se pide la intercesión del santo de la siguiente manera:

Durante treinta años cuidaste, celosa y amorosamente al Hijo de Dios, por eso ahora, por treinta días, te pediré que ese mismo cuidado lo tengas por mí.

  • Te lo pido por la infinita bondad del Padre, que quiso que su Hijo naciera y creciera de familia humana.
  • Te lo pido por el dolor que sentiste cuando, tentado en la esperanza, quisiste abandonar a María, nuestra Madre del Cielo.
  • Te lo pido por la angustia que sentiste al llevar a tu Esposa, Sagrario de Dios en la Tierra, a dar a luz en un pesebre.
  • Te lo pido por el temor confiado que pasó por tu corazón cuando el Niño Jesús fue sentenciado a muerte.
  • Te lo pido por la preocupación y perplejidad con que fuiste amorosamente buscando, durante tres días, a Jesús que estaba enseñando en el Templo.
  • Te lo pido por la confianza desasida en el Padre, cuando mirabas las manos que trabajaban la madera y un día serían atravesadas por el clavo.
  • Te lo pido por esos momentos dulces e imborrables, en los que tu Hijo adoptivo te abrazaba buscando tu cariño paternal.
  • Te lo pido por tu sereno caminar hacia el Cielo, donde esperaste la llegada de María y Jesús.
  • Te lo pido por tu alegría infinita al ver a tu Hijo adoptivo sentado en la Gloria de Dios.

“Querido padre san José: Seguro de ser escuchado por tu amor por nosotros, dejo en tu corazón, lleno de esperanza para que presentes a tu Hijo esta Gracia que necesito. Te pido que escuches las oraciones de todos cuantos me han pedido que rece por ellos y dales todo lo que necesitan y les conviene. Querido padre san José, ruega para que cada uno de nosotros seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.”

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