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¿Un hijo mío, sacerdote?

© Quinn Dombrowski
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Cuando Dios llama para una misión, encuentras un entusiasmo indescriptible

Durante un tiempo solía acompañar a mi abuela a la misa dominical en la capilla del colegio Don Bosco de mi ciudad. A la misa asistían dos o tres monaguillos de unos 8 años más o menos, los de siempre, sin nada que llamase mi atención de manera especial. Pero un día mi abuela me apuntó a uno de ellos que desempeñaba su labor con mayor entusiasmo que el resto de los niños.

Me contaba que este niño desde muy pequeño deseaba ser sacerdote y que la mamá se oponía, por lo tanto, la que lo llevaba a la misa era una buena amiga de la madre que tuvo la tarea de convencer a la madre de que dejara al niño ser monaguillo.

No siempre acompañaba a mi abuela a esa misa en particular, pero cuando iba miraba con atención al monaguillo que además iba creciendo y ahora tenía labores más importantes en el altar. Llamaba la atención su presencia, todo él estaba presente de una manera distinta durante la hora que duraba la misa. Y así, pensaba yo, nace un sacerdote.

No hay nada más bonito en la vida y que me deje con un sentimiento de gran satisfacción que toparme con algún profesional que haga su labor de vocación. Todos habrán conocido algún médico que atienda a sus enfermos con entusiasmo y alegría, que los haga sonreír a pesar de su enfermedad; o un profesor que, aunque haya sido estricto y te haya sacado de clases en varias ocasiones, haya sido en tu opinión, “el mejor profesor de tu vida” y además pensar en él te deja un sentimiento de admiración.

Cuando las personas aman lo que hacen y lo hacen con pasión se nota, no solamente en su arte, sino también en su vida, y quienes que se topan con ellos quedan contagiados de su entusiasmo y alegría. Entonces el profesional que ama su profesión, se vuelve eso: un artista.

Muchos padres deseamos que nuestros hijos elijan la misma carrera que nosotros, quizás abogados, médicos o arquitectos, sea por razones económicas, porque consideramos que nuestras carreras son nobles o porque son las que mayores oportunidades de trabajo les darán.

Sin embargo, es bueno que dejemos que ellos descubran cuál es su pasión en la vida, porque eso es lo que harán por muchos años y más vale hacerlo disfrutándolo. Además, los profesionales de vocación son altamente eficientes.

Yo creo que las vocaciones religiosas difieren en algo del llamado que siente cada uno hacia cualquier profesión. El llamado de un sacerdote o de una persona que se consagra a Dios, es decir que entrega su vida al servicio exclusivo del Señor, tiene un sentido sobrenatural, no puedes “desoírlo”.

Cuando Dios llama, todas las fibras de tu cuerpo lo escuchan, el alma se alegra, aunque a veces nuestra humanidad dude. Finalmente se decanta por el mensaje y se entiende perfectamente que Dios te ha llamado para una misión especial. Dios te quiere para Él, para llevar su mensaje, para mirar de manera distinta a la humanidad que tanto ama Dios.

Contrariamente a lo que uno puede pensar, los sacerdotes y las religiosas no viven deprimidos y solos condenados a una vida de sacrificio. Conozco sacerdotes que desempeñan su labor con una entrega absoluta y con una alegría que entusiasma.

Pablo Domínguez, teólogo, filósofo y sacerdote español, decía: “Yo tengo la profesión de sacerdote, no tengo un compromiso con una persona, más bien tengo la libertad de comprometerme con la vida de muchos”. Y su vida la vivió sin desperdicio alguno, al servicio de todos, dejando una huella difícil de borrar en aquellos que lo conocieron (*).

El llamado al matrimonio para el sacerdote de vocación es poco, comprometerse con una persona no les suele llamar tanto la atención, pues tienen de frente una tarea mucho más grande, la de encaminar a toda una comunidad hacia Dios.

Cuando el sacerdote es de vocación y lleva su tarea con pasión, la comunidad lo siente y crece y el sacerdote encarna lo que está llamado a ser desde el principio: un nuevo Jesús.

Conozco otra anécdota muy bonita contrastando la del principio. Un sacerdote en la Argentina, amigo mío, contaba que cuando salió del seminario y pasó a ser párroco la madre salió de su casa y se fue a vivir junto con él y allí, junto a su hijo, murió feliz.

La labor del sacerdote es entrañable, y para un católico tener un hijo que tenga deseos de ser sacerdote y servir a Dios poniéndose frente a una comunidad debe ser un motivo de orgullo y no de angustia. ¡Cuántas vocaciones necesitamos para que el hombre pueda encontrar a Dios, su fin último!

Por eso te sugiero que si tienes un hijo o hija que quiera consagrar su vida a Dios apoyes esta decisión y ojalá puedas orientarlo de modo que encuentre el camino y la formación que necesita para desempeñar el lugar en la Iglesia según su vocación.

Cuando Dios llama para una misión, encuentras un gozo y un entusiasmo indescriptible en tu trabajo, lo he sentido como catequista y lo he visto en muchos jóvenes que se enlistan en los diferentes grupos de trabajo de las parroquias.

Todos estamos llamados al servicio desde el bautismo cuando somos ungidos como: sacerdotes (guías), profetas (testigos) y reyes (servidores). Y en el servicio a los otros, uno encuentra la plenitud. Alégrate de tener un hijo sacerdote, pues su tarea abrirá las puertas del cielo para muchos.

 

*La Ultima Cima, documental del español Juan Manuel Cotelo.

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