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Nuevos horizontes desde el mismo barco

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Un documental que todos los jóvenes deberían ver

In the Same Boat (2016) es un documental que deberían ver todos los jóvenes de nuestro tiempo. No porque dicte ningún credo a seguir, sino porque despierta el ideal y nos pone delante del reto al que nos enfrentamos como humanidad: la posibilidad de un futuro en el que nos sigan reconociendo la dignidad y los derechos a todos, y no solo a un selecto club de escogidos en función de su cuenta bancaria.

La narración esta hilada por la voz y la presencia radiofónica del actor catalán Àlex Brendemühl, que empieza remontándose a los principios del siglo XX, cuando John Maynard Keynes visitó la emblemática Residencia de Estudiantes en Madrid, donde pronunció un mítico discurso en el que hizo lo mismo que Yuval Noah Harari ha hecho con su reciente libro Homo Deus, anticiparse al futuro y explicarnos dónde iba a desembocar este frenesí de “progreso” en el que andamos sumidos.

Este filme intenta ser una lección audiovisual en la que, partiendo de los vaticinios del teórico de nuestro Estado del Bienestar, se nos diserta sobre cuáles son los retos y las paradojas que, irrenunciablemente, se nos plantean en el presente. El relato se hace ágil, con un montaje apremiante y estéticamente atractivo, gracias a una fotografía que se detiene en los rostros, en las opiniones de la gente de la calle en diferentes latitudes del planeta, en los gráciles gestos de las personas concretas, y también gracias al obsesivo recurso del rompehielos surcando el inhóspito océano ártico.

Aborda numerosos temas de interés, como la creciente brecha económica entre clases, debida al neoliberalismo sin límites y a la progresiva introducción en el ámbito laboral de robots y de máquinas capaces de substituir a los humanos en sus tareas más repetitivas, no solo físicas sino también intelectuales. Dichas fuerzas motrices de la globalización, la económica y la tecnológica, son las responsables de la erosión de la clase media y del continuo crecimiento del desempleo, que, según los técnicos, no parece que vaya a encontrar alivio, como lo hizo en otros momentos de la Revolución Industrial, en la capacidad de crear empleo de las nuevas tecnologías.

El director, Rudy Gnutti, argumenta de la mano de ilustres intelectuales de mayor o menor prestigio: el recientemente fallecido sociólogo, Zygmunt Bauman; el expresidente de Uruguay, José Mújica; el economista francés, Serge Latouche; el inglés Anthony Barnes Atkinson; la persuasiva italo-americana Mariana Mazzucato; el catalán Daniel Raventós; etc.

Sus testimonios nos llevan, paso a paso, hacia la constatación de que el camino que transitamos va hacia la auto-destrucción, a través de la inconsciente aniquilación del propio ecosistema humano. Aunque también nos señalan una batería de soluciones a los males que se ciernen sobre nosotros. Sus medicinas son varias: la moderación de la metástasis consumista, la redistribución del trabajo, la reducción de la jornada laboral, la subida de los impuestos especialmente a las empresas y a las rentas más altas, la implementación de una renta básica universal para todos por el mero de tener un corazón latiendo en el pecho, etc.

Al final, sin embargo, tras la explicitación de esa retahíla de medidas alternativas (quizás utópicas), Bauman se pregunta: ¿quién va a cambiar ese rumbo fijo erróneo que llevamos? No hay ningún organismo político reconocido internacionalmente capaz de modificar los mecanismos globalizados que hoy nos gobiernan sin pedirnos su consentimiento.

El senador Mújica, por su parte, puntualiza que su generación creyó que todo se podía cambiar mediante la implementación de políticas públicas económicas, pero que el tiempo le ha enseñado que provocar cualquier cambio político-económico no consigue nada sin un cambio mucho más importante, lento y difícil de provocar: el cultural.

Todo queda abierto. Nos queda un apasionante rompecabezas que solucionar y cualquier creatividad va a ser poca. Está en juego la vida y la felicidad de muchos. Nos encontramos todos en el mismo barco, y no hay que quitarle ojo al horizonte por-venir.

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