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Del desierto a la montaña: Cuando Jesús se llenó de luz

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 12/03/17

En la vida hay momentos de luz que son faros que nos sostienen en etapas más oscuras del camino

Jesús llama hoy a tres de los discípulos para subir con Él a una montaña. Seguramente eran los más cercanos. Con ellos tiene una intimidad especial. En ellos descansa: “En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta”.

El camino va desde el desierto a la montaña. El Tabor es un monte alto en Galilea. El resto de montañas son más suaves. Jesús deja el valle, el desierto, el mar y se lleva a los que Él quiso a una montaña alta.

El domingo pasado Jesús fue al desierto. Hoy a la montaña.Tras el Tabor Jesús se pondrá en camino a Jerusalén donde va a morir y resucitar. Tras el Tabor comienza el camino, dejando la paz del monte.

En el Tabor Jesús coge fuerzas, descansa y se encuentra con el amor de su Padre. Y comparte ese momento con sus amigos: “Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”.

Quiere estar con ellos y regalarles también ese momento de luz para que lo guarden dentro. Para que lo atesoren. Para que les dé fuerzas en el camino, en la cruz. En el huerto, en la duda. Para que no duden en la noche lo que vieron claro durante el día.

Poco antes han escuchado que la muerte de Jesús está ya próxima. Tienen miedo de la muerte. En el Tabor, lugar de luz en medio de la vida, encuentran la paz. Hacen silencio.

Creo que en la vida tengo momentos de luz que son faros que me sostienen en etapas más oscuras del camino. Momentos de montaña que guardo muy dentro para sacar de ellos agua cuando estoy perdido.

En el Tabor me siento pleno, feliz, amado. Delante de Dios comprendo un poco más mi vida. Creo que en la vida tengo que aprovechar estos momentos de cielo para que me den fuerzas en los momentos de barro. De cruz. De Gólgota.

¡Cuánto quería Jesús a sus amigos! ¡Cuánto los necesitaba! Me gusta ver así a Jesús, tan humano. Quiere estar con su Padre. Quiere estar con Pedro, Juan y Santiago. Quiere estar conmigo.

El Tabor tiene algo de pausa en medio de la vida cotidiana, de reposo, de coger fuerzas para el camino. Y tiene algo de previvir lo que serán la resurrección y el cielo.

Es bonito pensar que los momentos de Dios más intensos de mi vida serán así. Reposar en medio de mi vida y previvir lo que será mi vida en plenitud. Coger fuerzas para el día a día. Encontrarme con Él, estar a solas con Él. Reposar en su regazo mis inquietudes y mi vida diaria. Es el lugar donde yo soy más yo.

Jesús se muestra tal como es en el Tabor. En medio de la luz. Los momentos de luz de mi vida me muestran en pequeño lo que será, lo que vendrá, y me llenan de esperanza. Estoy hecho para la luz, para la vida, para la plenitud y esto es lo que intuyo en el Tabor en medio del camino.

Veo con más limpieza mi vida, más nítida. Veo a Dios cara a cara. Veo quién soy y quién es Dios para mí. El monte me da un tiempo para mirar con perspectiva mi vida. Allí los problemas son más pequeños. Miro lejos. Miro hondo. Miro desde Dios.

Jesús vivía en medio de los hombres. Pero buscaba momentos y lugares donde vivir en intimidad con su Padre. Allí reposa en sus manos. Habla y está con Él. ¿Cuál es mi lugar de reposo? ¿El lugar del mundo donde me encuentro con el Dios de mi vida?

La montaña, el monte Tabor, irrumpe en medio de la vida diaria. Se quiebran el paisaje y el ritmo. Desde la montaña el cielo está más cerca. Desde la montaña, lo he vivido, el paisaje se hace más pequeño y puedo mirar lejos.

Pienso que el cielo tiene que ver con llegar al monte y descansar, después de subir la montaña, ya cansado. Tiene que ver con llegar y tumbarme. Con mirar el paisaje con más profundidad y con más altura.

Y la oración es subir al monte por un momento. Subir al cielo. Por eso comprendo tan bien a Jesús. Decía el P. Kentenich: “Por el camino de las virtudes sólo alcanzamos ciertos niveles medios en la vida espiritual. Para subir más alto es necesario recibir los dones del Espíritu. Es necesario que operen en nosotros los dones del Espíritu Santo”[1].

Necesito la fuerza de Dios en mi alma para soñar con las cumbres, para vivir en las cumbres. La conversión sólo sucede en mí si Dios obra el milagro. La fuerza de su Espíritu que me cambia por dentro. Y me hace más capaz de amar, de perdonar, de mirar.

Subir al Tabor significa dejar que Dios con su fuego cambie mi corazón para siempre. Me regale una mirada pura sobre mi vida, sobre las personas. Llene mi corazón de esperanza y me haga capaz de lo que ahora me parece imposible.

Jesús me lleva al Tabor para poder vivir luego con pasión mi vida. Me da esperanza. Jesús no se queda arriba. Yo tampoco. Bajo con Él y eso me da paz. Baja conmigo, hasta mi día a día, para seguir caminando a mi lado. Para recordarme el tiempo de Tabor.

[1] J. Kentenich, Envía tu Espíritu

Tags:
luz
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