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Kong – La Isla Calavera: La batalla del simio gigante

Tonio L. Alarcón - publicado el 10/03/17

Jordan Vogt-Roberts recupera al icónico personaje, ambientando la acción en los años 70, y en un refrescante tono de aventuras selváticas

Si hay algo que ha impedido que se haya generado una franquicia más o menos estable a partir del King Kong de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack es, precisamente, el estatus mítico de dicho largometraje. Salvo los acercamientos nipones dirigidos por Ishiro Honda, King Kong contra Godzilla y King Kong escapa –más marcados por las estructuras del kaiju eiga que por los hallazgos del original–, cada vez que se ha intentado reinterpretar al personaje, ha sido con el lastre de intentar estar a la altura de la película de 1933.

De hecho, si la versión de John Guillermin de 1976, pese a reiterar también imágenes y momentos icónicos, al menos intentaba llevarse la historia a su propia época –actualizándola no sólo mediante los efectos de Carlo Rambaldi y Rick Baker, sino también a través de las inquietudes sociopolíticas de los 70–, en cambio la que firmó Peter Jackson en 2005 era una pieza de puro fetichismo cinematográfico, una ambiciosa reproducción digital del mundo creado por Cooper y Schoedsack.

De ahí la decisión de Legendary Pictures de, en la línea de su Godzilla, distanciarse del original para –manteniendo, eso sí, el respeto por las líneas básicas del mito– reinterpretar al gorila gigante desde el concepto del relato de aventuras contemporáneo.

Que Kong: La Isla Calavera esté ambientada a principios de los 70, justo tras la retirada del ejército estadounidense de la Guerra de Vietnam, o que la mayor parte del metraje transcurra en el hogar del monstruo, sin posterior retorno a la civilización, le permite a su director, Jordan Vogt-Roberts –apoyándose en cuatro guionistas diferentes, Dan Gilroy, John Gatis, Max Borenstein y Derek Connolly–, hablar en segundo plano sobre el intervencionismo militar estadounidense y la propia pesadilla vietnamita, así como de la desconexión de nuestra sociedad del orden natural del mundo que habitamos, y la necesidad de reconectar con el mismo simplemente para sobrevivir –en lo que se aprecia la influencia, reconocida por el realizador, del cine de Hayao Miyazaki–.

Lo cierto es que Vogt-Roberts, que hasta ahora sólo había dirigido una comedia independiente, Los reyes del verano, se revela en su estreno en las películas de gran presupuesto como un estupendo narrador, capaz de sostener el interés del relato a base de ritmo y de talento visual, incluso cuando el guión empieza a flaquear.

Y es que, tras un primer acto brillante, que presenta a los personajes de forma dinámica y atractiva, y que logra generar una cierta aura mítica en torno a la Isla Calavera –es estupenda la idea, por cierto inspirada en Perdidos, de que esté situada detrás de una tormenta perpetua que la convierte en una especie de espacio onírico–, la película cae en la repetición y en la mera acumulación de situaciones abracadabrantes hasta llegar a un clímax que, sin llegar a ser completamente satisfactorio, al menos remonta en cuanto a interés y, sobre todo, respecto a la recuperación de toda la mítica del personaje.

Y es que si hay algo que Kong: La Isla Calavera hace bien es dotar al gorila gigante de un estatus legendario, más allá del bien y del mal –un poco como hizo Gareth Edwards en Godzilla, en la cual recuperaba su naturaleza de kami, de dios japonés de la destrucción–, que además hace innecesario volver a reiterar la tensión sexual con la protagonista femenina en cuestión, en esta ocasión una desaprovechadísima Brie Larson.

El mayor tamaño del personaje, así como la pose melancólica, orgullosa, de la que le dota el actor Terry Notary a través de la captura de movimientos, le da una majestuosidad que hace justicia, sin imitarlos, a los inigualables efectos de Willis O’Brien para el King Kong original.

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