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¿De qué depende que la vida me aburra o me apasione?

Rob and Julia Campbell | Stocksy United

Carlos Padilla Esteban - publicado el 10/03/17

Vivir vegetando es lo contrario a vivir dando la vida en cada momento, salta si quieres vivir

El otro día escuché que lo opuesto al aburrimiento es la pasión. Pero un niño, al escuchar esa misma afirmación, se quedó desconcertado. Tal vez pensaba en su alma de niño que lo contrario al aburrimiento siempre es la diversión. Pero no.

El tedio, el aburrimiento, la acedia, la desidia, son opuestos a la pasión por la vida. Vivir vegetando es lo contrario a vivir dando la vida en cada momento. Vivir con toda el alma, con el todo el cuerpo. Dejándome la vida en cada esfuerzo.

Reconozco que no me suelo aburrir. No sé si de pequeño me pasaba. No lo creo. Dios puso en mi alma una capacidad muy grande de vivir despierto cada momento. De disfrutar la noche y el día. De jugar en medio de la vida. Una mirada de niño para apreciar tanto el sol como la lluvia. Una capacidad innata de entretenerme con cosas muy sencillas. Y concentrarme en la vida que Dios me pone delante.

No me da miedo aburrirme. Más bien me preocupa que las horas se me escapen entre los dedos. El tiempo se desliza sin darme cuenta. Y siempre quiero más horas en mis días porque me falta tiempo para hacer todo lo que sueño.

Tengo muchos sueños, siempre los tuve. Tal vez por eso no me da tiempo a aburrirme. Pienso que el que se aburre ha perdido la ilusión por la vida. O ha dejado de soñar con las montañas más altas. O se ha cansado de sus sueños y los ha cambiado por un realismo aburrido.

Decía la protagonista de la película La la Land: “Tú me dijiste que tenía que cambiar los sueños para madurar”. Pero luego descubre que tiene que ser fiel a sus sueños aunque eso sea una locura. Entiende que ser fiel hasta el final puede exigir renuncias: “Brindo por los que sueñan; por más tontos que parezcan; brindo por los corazones que ansían. Brindo por los corazones que se aventuran. La clave es una pizca de locura que nos da nuevos colores para ver; ¿Quién sabe a dónde nos llevará?”.

Un corazón que sueña es lo que deseo. Un corazón apasionado. El que se aburre ha puesto tal vez su corazón en pasiones fútiles, en el lugar equivocado. Y ha dejado escaparse de su alma la pasión del amor.

Definitivamente, lo contrario del aburrimiento es la pasión. Lo contrario de una vida llena de tedio es una vida apasionante, apasionada. ¿De qué depende? De mi mirada. De mi actitud. No depende tanto del lugar en el que me encuentro. Tampoco de las personas que me rodean. Depende sólo de mí.

Puedo mirar de forma diferente mi vida. Puedo cambiar mi forma de ver las cosas. Si me falta pasión por la vida, por el hombre, por el amor. Si pierdo mi capacidad de disfrutar al máximo el presente fugaz que Dios me regala. Si no me apasiono y me aburro.

Entonces no estoy viviendo la vida como Dios quiere que la viva. Por eso no quiero aburrirme. ¡Qué pena conocer personas que se aburren, jóvenes sin pasión ni fuerza que parecen jubilados, almas grises que recorren una vida llena de tedio y desidia!

Conozco algunas personas así que han dejado de soñar y no creen en las locuras. Ni en las altas montañas. Ni en los sueños imposibles. Tal vez les falta esa fe que permite creer en lo que parece inalcanzable. Y soñar con las cumbres más altas y lejanas a las cuales parece imposible que uno pueda llegar caminando.

Quiero tener un alma joven y enamorada de la vida. Apasionada de mis sueños. Recuerdo que el Papa Francisco les decía a los jóvenes en Cracovia: “Una fe auténtica implica siempre un profundo deseo de cambiar el mundo. Aquí está la pregunta que tenemos que hacernos: ¿Tenemos también nosotros grandes visiones e impulsos? ¿Somos también nosotros audaces? ¿Nuestro sueño vuela alto? ¿El celo nos devora? ¿O bien somos mediocres y nos conformamos con nuestras programaciones apostólicas de laboratorio?”.

No quiero llevar una vida mediocre, aburrida, sin pasión. María, en la alianza de amor que he sellado con Ella, me invita a cambiar el mundo. Y yo a veces miro mis días que pasan y no cambio nada. Observo el estado de mi alma. ¿Me aburro?

Quiero levantar las manos a Dios para alabarlo por mis días. Por los momentos de alegría y los de cruz. De Tabor y de Gólgota. No dejo de soñar en los fracasos y no me conformo con una vida cómoda sin entusiasmo.

Quiero perder el miedo a dar la vida. Quiero apasionarme por lo que Dios me regala. Él pone ante mis ojos el desafío de vivir amando. Jesús mismo fue un amante de la vida, de los hombres, del mundo fugaz. Porque tenía una capacidad infinita de amar el mundo finito.

Pasó por la vida dejando una huella de entrega. Ese don es el que le pido hoy al Señor. No quiero tener miedo de saltar y confiar en sus brazos que me esperan cuando caiga.

Comenta Pablo D´Ors: “Conozco bien, de primera mano, el miedo que da saltar. Pero la vida es la experiencia de ese salto. Siempre estamos – al menos yo – entre el abismo y el cielo, entre el vuelo y la caída. Estar permanentemente entre esas dos posibilidades: esa es la aventura del ser humano, y a eso, estoy seguro, es a lo que nos llama la Cuaresma. Salta si quieres vivir”.

Quiero vivir la vida como una aventura. Quiero saltar y no conformarme con una vida aburrida. Quiero saltar por encima de mis miedos y alcanzar esas cimas que nunca pensé posibles. Saltar más allá de mis barreras.

He decidido decirle que sí a Dios en los desafíos que se me presentan. No quiero ser conservador en mis actitudes. Quiero mirar hacia delante lleno de confianza. Si no miro a Dios no puedo saltar. Me faltan las fuerzas. Dudo y tiemblo. Pero si tengo fe en Él y en su poder entonces todo es posible.

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