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¿Cuál es el centro de tu vida?

Carlos Padilla Esteban - publicado el 26/02/17

Es tan fácil confundirme y servir al poder, a la fama, al prestigio, a mi ego...

¿A qué amo estoy sirviendo? “Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero”. Dios o el dinero. Dios o el poder. Dios o la fama. Dios o los éxitos. ¿A quién sirvo?

No es una respuesta sencilla. No vivo escondido del mundo. No vivo olvidado de los hombres. Solo ante Dios. En sus manos. Muchas veces me turba el mundo y todo lo que me ofrece. Quiero pensar sólo en Dios. Vivir sólo en su presencia. Pero no lo logro.

El mundo me seduce con sus cantos, con sus atractivos. Ese mundo creado por Dios. Ese mundo bello, lleno de su presencia.

Jesús me pide hoy que le sirva sólo a Él. Que viva para Él allí donde estoy. Que me entregue por sus intereses, en esa misión que me confía. Pero no sé si lo logro.

Una persona rezaba: “Codicia y poder. Ansia de renombre y veneración. Regalar, servir, venerar. La entrega, el servicio y la alabanza. No mi reino, sino que tu reino se manifieste. Hágase tu voluntad y no la mía. No mi nombre sino tu nombre sea santificado. Renuncio a mi honor. Tuyo es el reino, y el poder, y la gloria”.

Así quiero vivir. No mi reino, sino su reino. Ese reino de Dios que comienza cuando comienzo a servir. Cuando me descentro y comienzo a amar al otro. A servir a Dios en el otro. A dar la vida por Dios en el amor al hombre.

Sólo tengo un corazón. Y no puedo dividirlo en parcelas estancas. Si no me amo a mí mismo no puedo amar al prójimo. Si no amo de verdad al hombre no puedo amar a Dios.

¿A quién sirvo de verdad? Muchas veces me descubro buscándome en todo lo que hago. Dejo de pensar en los demás y pienso sólo en mí. Dejo de buscar el amor desinteresado y sólo surge del corazón un amor interesado. Mi amor egoísta y esclavo.

Quiero servir. Me arrodillo suplicando a Dios que me dé más oportunidades para servir. Pero luego me veo sirviendo a mis intereses. A mis deseos. Incluso cuando hago un bien a los demás, creo percibir el ansia de ser reconocido.

Y cuando rezo mi oración en lo más hondo de mi alma, es como si intuyera una búsqueda egoísta de mi paz interior. Estar en paz conmigo mismo y con los hombres.

¿Cómo distingo cuándo estoy sirviendo a otros señores al servir a Dios? No es tan sencillo. Tengo que detenerme cada noche a observar mi corazón, la pureza de mis sentimientos. Mi vida a la luz de Dios.

Hoy lo escucho: “Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. No juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá la alabanza de Dios”.

No me juzgo en mis intenciones últimas, en mis inclinaciones. Todo se confunde. No hay intenciones totalmente puras. Tal vez en el cielo. Aquí dejo que Dios me mire. Mire mi verdad más escondida en los pliegues de mi corazón.

Quiero ser sólo un servidor fiel. Un hombre al servicio de los hombres. Al servicio de Dios. Es tan fácil confundirme y servir a otros. Servir al poder, a la fama, al prestigio. Servir a mi ego que necesita amor y reconocimiento continuo.

Tal vez me haga falta más profundidad y no vivir en la periferia de mi vida: “El Espíritu Santo es el alma del Cuerpo místico de Cristo. Si descuidamos esa alma, si no nos abrimos y entregamos sin reservas a ella, nos quedaremos en la superficie de la vida espiritual, arañando y rozando sólo lo periférico”[1].

Necesito entregarme de nuevo cada día a Dios, al Espíritu Santo. Poner mi vida en sus manos y dejarme hacer. Sólo así ese amo, Jesús, será el centro de mi vida. Sólo entonces todo en mi corazón girará en torno a Él.

Quiero servir con un corazón humilde. El que sirve reina. El que sirve de verdad y no se sirve de su servicio. Es difícil servir sin ponerme en el centro. Muchas veces caigo en esa tentación tan de hombre. Sirvo pero me estoy sirviendo.

Es útil mi servicio. Me coloca en una situación de poder, de vanidad, de vanagloria. Me busco cuando sirvo. Me alegra cuando reconocen mi entrega. Cuando me agradecen por mi generosidad.

Pero no estoy siendo generoso. Estoy buscando mi propio bien. Estoy deseando un lugar especial en el que todos me vean. No es un servicio oculto a los ojos de los hombres. Y cuando no lo ven, cuando los otros no reconocen mi valían, grito y me desespero. Quiero brillar. Que me valoren.

Y entonces recuerdo la frase que me dijo una persona: “Tienes que dar luz, no lucirte”. Tal vez me interesa menos dar luz que lucirme, que brillar, que ser reconocido por mi valía.

Jesús sólo vino a dar luz. No vino a lucirse. Y murió en la oscuridad de la cruz. Abandonado. Pero encendiendo una luz eterna. Los suyos dejaron de servirle. Porque el que está en la cruz se suele quedar solo. El que ha sufrido el desprecio y el olvido pierde hasta a sus amigos.

El que sirve de verdad a Dios deja de brillar ante los hombres. Es luz ante Dios. Brilla para Dios. Aunque los hombres no vean en la noche esa luz que ilumina. Quiero ser un servidor fiel. Servir en lo pequeño a Dios sin buscar ser reconocido y valorado.

Quiero servir y no servirme de mi autoridad, de mi posición, de mi tarea. Servir con desinterés la vida ajena. Poner mi vida al servicio de los que menos tienen. De aquellos que pueden darme menos. De aquellos que no me pueden devolver lo que yo entrego. Ese servicio es grande. Es el de Jesús en su vida, en su cruz.

[1] J. Kentenich, Envía tu Espíritu

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