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“The Walking Dead” temporada 8: De cómo Negan salvó toda una temporada

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Con él conocemos lo que sucede cuando alguien aprovecha el caos para dejar salir la peor parte del ser humano

Se ha dicho tradicionalmente que el tamaño del héroe en una narración se mide por el tamaño de su antagonista, del villano de la función. Si damos esto por sentado habría que concluir que la octava temporada de “The Walking Dead” es la mejor de las ocho que llevamos hasta ahora.

Y no hemos tenido villanos pequeños, quizá el Gobernador en la temporada anterior parecía serlo, pero no hay némesis como Negan hasta ahora en la Historia de la Televisión. Y se han tomado su tiempo para presentarlo, toda una séptima temporada en la que gradualmente hemos ido escuchando el nombre de Negan y familiarizándonos con los métodos de sus secuaces de manera que el broche de oro a la séptima temporada lo supuso el primer encuentro del grupo protagonista con este malvado que se ha convertido en el núcleo en torno al que gira la actual tanda de episodios.

Hemos tenido siete temporadas para asistir a la deconstrucción/construcción de un grupo de supervivientes y del líder que ha asumido de forma natural su protección (pues tal es en el fondo la misión de Rick Grimes, el antiguo sheriff, salvarles a todos, especialmente a sus dos hijos).

Se han ido endureciendo y por contraste con otros grupos y comunidades que han ido encontrándose por el camino sabemos a ciencia cierta que estamos ante una auténtica comunidad forjada en los innumerables y crueles avatares que les ha tocado vivir, con una hermandad fruto de incesantes sacrificios y con unos vínculos cuya solidez reside en la sangre derramada (propia y ajena) en defensa de la supervivencia del grupo.

Hasta el eslabón más débil de está cadena ha resistido momentos que habrían hecho quebrarse a cualquiera y por eso la octava temporada está resultando interesante al centrarse en un proceso que hasta ahora no habíamos conocido: el de la anulación de la capacidad de resistencia, el desmoronamiento de la capacidad de liderazgo de Rick, la disolución del carácter indómito de los miembros del grupo.

Y todo ha caído cual castillo de naipes ante la irrupción en escena de Negan, el malo definitivo, el mal absoluto envuelto en una pose chulesca, una sonrisa que hiela el corazón, un verbo florido y un bate de béisbol con la punta envuelta en alambre de espino. Y habilidad suficiente para convertirse en el general de una tropa con la voluntad anulada y sometida al imprevisible designio de tan carismático líder.

La anulación de la voluntad y de la individualidad que ocasiona Negan son inéditas. Sus acólitos llegan a entonar un “todos somos Negan” que lleva al extremo la conjunción de las doctrinas totalitaristas y colectivistas que tanto daño hicieron en el S. XX y que por desgracia aún no han desaparecido del todo.

Y hay que conceder gran parte del mérito al creador del cómic, Robert Kirkman, pero también al equipo de guionistas de la serie por haber sabido crear esa expectación sobre el mal que acecha en el porvenir. Pero por encima de todo hay que descubrirse ante Jeffrey Dean Morgan, el autor que da vida a Negan.

Con un físico menos corpulento que el de las viñetas y manteniendo quizá el cáustico gesto y la amenaza latente que el actor desarrolló al interpretar al Comediante en “Watchmen” (Zack Snyder, 2009), la cuidada puesta en escena de la atrocidad que nos dejó preparada al final de la séptima temporada y la cruda (quizá incluso excesivamente gráfica) violencia con la que deja claras sus intenciones en el primer capítulo de está octava temporada son el aviso de que estamos, dentro de una serie ya de por sí sanguinaria y cruel) ante el paradigma de lo que el mal puede hacer en el hombre cuando este ha perdido su condición de tal.

Si en una época de supervivientes ante el horror cuesta mantener la integridad, con Negan conocemos lo que sucede cuando alguien aprovecha el caos para dejar salir la peor parte del ser humano, y lo que es peor, ese alguien ha conseguido convertirse en el líder de una comunidad servil y es capaz de aterrorizar y anular a quien se ha endurecido en la adversidad sin renunciar (del todo) a su humanidad.

Se achaca a AMC (cadena productora de la serie) haber aprovechado la presencia de Negan para estancar el avance de la temporada, pero ante un villano de estas proporciones hubiera sido cruel con el espectador interesado en conocer la evolución de los protagonistas quitárselo de encima en un puñado de capítulos. Se ha dicho desde el principio que en “The Walking Dead” lo que da más miedo no son los muertos vivientes sino los propios vivos. Y Negan ya es, por derecho propio, el más terrorífico de los vivos que han pasado por está serie. Como para no dedicarle toda una temporada.

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