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¿Cansado o cansada del exceso de ruido y gritos en casa?

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Nuestros consejos para recuperar la calma

¿Sois tolerantes a más no poder durante todo el día, hasta el preciso momento en que explotáis como una olla a presión cuando vuestro hijo deja caer ─sin querer─ el tenedor sobre el plato durante la cena? ¿Gritáis sin parar y cada vez más fuerte para haceros entender? ¿Tenéis hipersensibilidad al ruido y huís en cuanto los decibelios llegan al límite de vuestra resistencia? ¿O bien tratáis de tomar medidas consecuentes? Los casos varían, pero en todos hay una aspiración común: ¡la calma!

¿De qué ruido me hablas?

Hay ruidos que no nos disgustan: el parloteo de los bebés, las risas entre hermanos y hermanas, los monólogos y diálogos imaginarios que crean mientras juegan los niños con sus muñecos, las primeras lecturas que descifran en voz alta…

Y hay ruidos que nos enervan, que nos enfadan, casi que nos ponen histéricos: los aullidos de un bebé con un berrinche, las peleas entre hermanos y hermanas, los juguetes con repetitivos sonidos molestos, los gritos estridentes que te llaman desde la planta de arriba, a veces todos los hermanos a la vez:

“¡¡¡¿¿¿Mamáááááááááááááááááááááááááááá???!!!”. En fin, me explico, ¿no?

¿Qué hacer para bajar el volumen de vez en cuando?

No abogo en absoluto por un ambiente silencioso y austero en nuestras casas. Sería algo triste. Los ruidos de nuestros hijos son signos de su presencia y de su vitalidad. Pero de vez en cuando, por nuestro bienestar y el de nuestra familia, un poco de calma se agradece. ¿Cómo conseguirlo?

Los juegos: si quieren jugar a algo ruidoso, mejor mandarles a jugar a su cuarto (¡y que cierren las puertas!), o mejor, en el jardín. Y enseñarles que el salón está reservado para juegos más tranquilos.

Las comidas: ¿hasta la coronilla de ese concierto incesante de cubiertos golpeando los platos, de los zapatos que dan pataditas a las sillas, de las sillas arrastradas por el suelo? Preparad una comida silenciosa: susurrad, apagad algunas luces, poned una vela en la mesa, escuchad una historia o música tranquila, hablad de uno en uno.

Parad los excesos de ruidos desagradables. Dejad de gritar “A comeeeer” por el hueco de la escalera, de lo contrario podéis estar seguros de que los niños reproducirán la misma intensidad sonora en alguna otra situación. Buscad una pequeña campanilla como indicación, o sube las escaleras aunque sea algunos peldaños… Es muy bueno para hacer ejercicio… y también para los tímpanos de todos.

Inaugurad unos “momentos de calma”, por ejemplo después de desayunar o de cenar, algunos ratos durante los cuales cada niño se vaya a su habitación y vosotros podáis respirar tranquilos.

Inaugurad también los “momentos de liberación”, durante los cuales todo (o casi todo) está permitido. Música, baile, el mini bombo (o la mini bomba, como dice mi abuelo)… Un rato que represente bien la idea de que una vez haya terminado el estallido, se vuelve a la calma.

Caso aparte son los trayectos en coche, en los que la calma, para algunos conductores, es absolutamente necesaria. Invertid en un CD de canciones infantiles o de historias narradas, ¡hacen maravillas!


“¡Grande suerte que tuvo, comadre!
sermonean dos voces a un tiempo.
Los chiquillos están ya dormidos
y los campos en hondo silencio”.

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