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Descubriendo a Forrester: ¡las mónadas tienen ventanas!

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Imprescindible y conmovedora película del variopinto Gus Van Sant en contra la invisibilidad del yo

¿Conocen al escritor J.D. Salinger? ¿Ese escritor encerrado en su casa escopeta-en-mano por si alguien le molestaba en su privacidad y en sus horas de escritura? ¿Ese, el esquivo autor de El guardián entre el centeno, la gran novela americana? ¿Esa, única novela del autor, en la que un pobre adolescente vaga por Nueva York a la caza de un sentido existencial? ¿Esa obra maestra en la que un joven invisible a los adultos busca a un mentor que le ayude a saber si la vida vale la pena?

Pues Descubriendo a Forrester va más o menos de lo mismo y se inspira en la obra y el autor. Si no han visto la cinta, tienen que verla; y si no han leído el libro, ya van tarde.

El inconformista Van Sant regresa al éxito de El indomable Will Hunting (1999), esa cinta que rodó el excepcional guión de Matt Damon y Ben Affleck, y que los catapultó a la fama.

Como en aquella entrega, el director se aleja del cine indie para narrar la historia de un joven excepcional con una inteligencia privilegiada pero marginado por la sociedad del bienestar. Es fácil aquí caer en dos críticas facilonas: que la peli narra el cumplimiento del sueño americano, y su éxito; que Van Sant se ha vuelto ñoño y filma otro pastelón. Ni lo uno ni lo otro más lejos de la realidad.

Como haría más tarde también con Elephant, el director plantea la necesidad de romper los muros que nos separan del otro. Aquello de Leibniz de «las mónadas no tienen ventanas» es mentira; no somos seres autárquicos, somos humanos con ventanas abiertas. Y ojo, porque Van Sant a partir de una ventana hace cambiar a dos seres invisibles y solitarios.

Jamal Wallace es un chico de 16 años que vive en un barrio pobre de Nueva York. Aparentemente es un joven normal, aficionado al básquet. No le gusta destacar y esconde su gran pasión: la escritura. Una rara avis. Una noche, y tras una apuesta con los amigos, se cuela por la ventana de un enigmático vecino, un personaje huraño de quien corren terribles leyendas urbanas, y conocido como El Ventana.

Poco a poco Jamal abrirá su corazón al extraño personaje, que resultará ser William Forrester, el escritor de la mejor novela norte-americana (una suerte de J.D. Salinger). El genial autor no ha vuelto a publicar nada, y vive encerrado en la soledad y el miedo al fracaso. La relación entre ambos sacará lo mejor de cada uno. A partir de una misma pasión, valorarán la amistad, se abrirán al mundo, cambiarán sus vidas, y descubrirán su vocación: ser felices.

Como en El indomable Will Hunting (1999) y en Elephant (2003), Van Sant apuesta por la educación. Es posible recuperar al ser humano. Nuestro mundo se deshace y nada en ese nihilismo light, conformista y desesperado. Pero no es todo lo que se ve. Detrás de la niebla hay sol. ¿Cómo se recupera el yo? Pues como dice el director, y como repetirá Eastwood en Gran Torino, a partir del encuentro con un adulto que despierta lo verdadero de tu corazón. Una persona así es autoridad en nuestra vida, alguien que nos hace crecer. Encuentro y relación. Hay que colarse por la ventana, ir a la caza del imprevisto, tener el coraje de desear. Es una aventura para intrépidos. Y la relación es mínimo de dos: ganan todos.

Cinta fornida en símbolos y potente fotográficamente, con un guión genial de Mike Rich, con una presencia imponente de Sean Connery, con un maléfico Murray Abraham y la candidez de un Rob Brown novato. Una cinta imprescindible en contra de la invisibilidad del otro, y a favor del ser humano y su necesidad de sentido. Véanla y lean a Salinger. Necesitamos asomarnos a las ventanas de los maestros.

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