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Cómo evitar que el deseo de venganza te domine

© Federica Orlati / Flickr/ CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 19/02/17

Sólo hay una manera de detenerlo

La venganza es una actitud muy propia del hombre: “Habéis oído que se dijo: – Ojo por ojo, diente por diente”. Evoca la ley de talión. Una ley moral que trata de establecer la proporcionalidad en la reacción. No devolver más daño que el recibido.

Esa ley la llevo grabada en el alma. Muchas veces he sentido la necesidad de vengarme ante el mal recibido. He buscado servir mi venganza en plato frío. No inmediatamente, sino algo más tarde. Si me hacen daño no lo olvido. Guardo la ofensa.

Y yo entonces también lo hago. Si me gritan yo grito. No más fuerte, lo mismo. Si me hieren yo hiero. No con más dureza, con la misma. Si me insultan yo insulto.

Pero a veces actúo de forma desproporcionada al mal recibido. Hago más. Grito más. Me sorprendo a mí mismo ideando venganzas más crueles. Mi corazón me sorprende. No tolero la injusticia. No aguanto la mentira. Me lleno de rencor.

En la película The Little boy el sacerdote le decía al niño: La fe no funciona si hay algo de rencor en tu corazón. Si tengo rencor en el corazón me vuelvo vengativo. Dejo de mirar a Dios. Brotan el odio y el desprecio.

Tan malo como el tabaco para los pulmones es el rencor para el alma; una sola bocanada ya es nociva[1]. Me vuelvo mezquino. Me pongo a la defensiva. Ataco antes de que me ataquen. Siento que la vida es injusta y yo deseo una vida más justa.

Siento que no me toman en cuenta después de todos mis méritos. Se despierta la envidia al comparar mi vida con otras. Me comparo con los que más tienen, con los que más pueden, con los que valen más que yo. Envidio otros templos, al comparar mi templo con otros. Deseo otras vidas.

Y la envidia me lleva a guardar rencor en el alma. Me siento poco valorado por los míos. Poco respetado por los que dicen amarme. Poco amado por Dios y por los hombres. Guardo rencores no olvidados. No perdono y quiero la venganza. Ese ojo por ojo que tanto daño me hace. La medida que han usado conmigo quiero yo usarla con otros.

El otro día leí algo muy cierto: Es más fácil criar niños fuertes que reparar adultos rotos”. Un vaso roto. Una vida rota. Es más difícil reparar que fortalecer. Hacer que el corazón sea más fuerte desde niño es el camino ideal. Para que los rencores no acaben pesando demasiado en el alma.

Decía el papa Francisco: Si yo te golpeo y tú me golpeas, y te devuelvo el golpe y tú me lo devuelves, y así sucesivamente, es evidente que se llega hasta el infinito. Simplemente nunca termina. En algún lugar, alguien debe tener un poco de sentido, y esa es la persona fuerte. La persona fuerte es la persona que puede romper la cadena del odio, la cadena del mal”.

Quiero formar personalidades fuertes. Quiero ser yo más fuerte en las manos de Dios. Ese templo en el que Dios se hace fuerte. Herido y fuerte al mismo tiempo. Quiero ser fuerte desde mi herida.

Que mi pequeñez no sea una barrera en mí sino un puente. Que no por ser débil me cierre al amor a los hombres. El odio engendra más odio. La venganza más venganza en un círculo vicioso que nunca termina. Más odio, más rencor, más violencia, más venganza. No hay punto final.

¿Quién puede poner un punto final a esa espiral de venganzas? Sólo el hombre libre. Aquel que no teme por su vida. Ese hombre arraigado en Dios que le ha entregado todo.

Decía el padre José Kentenich: “También nosotros anhelamos una nueva conversión. Es cierto que ya nos convertimos una vez y que pertenecemos al mundo donde reinan los valores sobrenaturales. Pero aún no nos hemos arraigado suficientemente en Él. El puerto hacia el cual nos dirigimos está siempre delante de nosotros: echar raíces en la eternidad. La senda a recorrer ahora es la de abandonarse al Espíritu Santo”[2].

Una roca asentada en el corazón de Dios. Sólo entonces es posible detener ese deseo de venganza. Ese ojo por ojo. No me importa más que el amor sea asimétrico. Yo no reacciono al odio con odio. No quiero ser reactivo. Quiero actuar con misericordia.

Me gustó esta descripción de los discípulos de Jesús: Su conducta ha de estar marcada por una dedicación misericordiosa a las personas. Si son misericordiosos, también ellos experimentarán a su vez misericordia[3].

Necesito saberme amado por Dios en lo más hondo de mi ser. Me quiere como soy. Con mis debilidades, en mi pequeñez. Eso me sostiene. Hace más fuerte mi alma herida. Puedo detener esa cadena del odio. Puedo evitar devolver mal por mal. El amor es asimétrico.

Puedo responder con amor cuando recibo odio. Puedo responder con una sonrisa cuando me gritan. Me parece tan difícil… Pero es posible si me dejo. Si me arraigo en Dios. Si no vivo a la defensiva cuidando mi parcela. Mi mundo. Mis tierras. Mis derechos. Mi justicia. Mi verdad.

No quiero vivir así. Esperando que los demás actúen correctamente. Muchas veces no lo van a hacer. Pero yo no quiero caer en lo mismo. No quiero reaccionar. Quiero aprender a actuar con sabiduría. Que mi amor sea asimétrico. Eso me da alegría. Amo sin que me amen. Trato con delicadeza aun cuando no lo hagan conmigo.

[1] Elizabeth Gilbert, Come, reza y ama

[2] J. Kentenich, Envía tu Espíritu

[3] Anselm Grün, La mitad de la vida como tarea espiritual, 90

Tags:
amormisericordiaodiosentimientos
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