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Cuando las mujeres que protestaban contra Trump se encontraron con los dominicos…

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Todo comenzó con un pequeño acto de misericordia: los frailes invitaron a las manifestantes a usar los baños de su convento

“Jesucristo fue incautamente caritativo”, me dijo un sabio fraile después de que cientos de personas de pusieran en fila para usar el baño de un convento dominico.

No se habían preparado baños higiénicos para la Marcha de las mujeres que tuvo lugar en Washington el día después de la inauguración de la Administración Trump. Estaba en el convento dominico que se encuentra en la calle National Mall, y he visto que muchos manifestantes buscaban un baño. Notando su desesperación, algunos frailes dejaron amablemente que una decena de manifestantes utilizasen los baños públicos del convento. Pero, inesperadamente, en poco tiempo se creó una fila de cientos de personas en busca de alivio.

Aunque quería ayudar a los que lo necesitaban, este pequeño acto de misericordia me hizo entrar en ansiedad. No sólo una gran muchedumbre se congregaba en el convento, sino que en ella había muchas camisetas y gorros con desagradables mensajes anti católicos: pro-aborto, vulgares, algunos incluso pornográficos. Aunque los que llevaban estas cosas tuvieron la cortesía de cubrirlas. El fervor que empujaba a estas personas a bajar a la plaza no estaba tan arraigado como para hacer a estas personas maleducadas contra seres de carne y hueso.

Además, me di cuenta de que no todos los manifestantes estaban movidos por las mismas ideas. Algunos de ellos simplemente no querían que sus hijas crecieran en un mundo que las maltrataba y las consideraba objetos.

Y, hablando con muchos de ellos durante un par de horas, encontré otros puntos de reflexión muy interesantes. Ciertamente, en materia de aborto, varios de ellos tenían una opinión radicalmente opuesta a la doctrina de la Iglesia; pero logré entablar con ellos un debate sobre las enseñanzas de la Iglesia sobre la dignidad de la mujer, de los trabajadores y de los pobres, así como la importancia del medio ambiente.

Me sorprendió el ver a algunos manifestantes que, por su propia espontánea voluntad, empezaron a recoger dinero para la iglesia. Se pasaron una gorra (me pidieron que no leyera las palabras cosidas en la parte frontal, y no lo hice). En un par de horas, sin pedirlo los frailes en ningún momento, fueron donados a la iglesia cientos de dólares.

Muchos incluso quedaron fascinados por la vida religiosa y por los hábitos que llevamos. Hubo una situación particular: algunas personas llevaban las camisetas con el lema “Quitad vuestros rosarios de mis ovarios”… ¡y estaban justo junto a hombres que llevaban rosarios colgados de los cinturones! Pero esto no les impidió mostrar curiosidad sobre qué nos había llevado a vivir una vida dedicada a Cristo.

Tratándose de un público difícil, pensé que podría hablarles de la santa del día, que era (de forma increíblemente oportuno), santa Inés. Santa Inés era una chica de 12 años que murió mártir tras haber rechazado casarse con un hombre romano, porque espiritualmente estaba ya casada con Jesucristo. La historia de una joven muchacha que se resistía a las autoridades romanas pareció cautivar el corazón de algunos (una mujer dijo que “sintió escalofríos” escuchando la historia de santa Inés). Quizás no todos apreciaron en seguida la centralidad de la gracia de Jesucristo, pero quizás algunos hayan empezado a considerar el Evangelio de forma más profunda.

Esta experiencia, aunque ciertamente muy rara y a veces embarazosa, me dejó con la impresión de que, a pesar de las diferencias, muchas personas tienen un sentido de la cortesía y de la generosidad que va más alla de lo que las noticias nos muestran. A menudo es posible encontrar un terreno común en muchas cuestiones, si nos tomamos el tiempo de hablar con los demás.

Quizás soy demasiado optimista, pues todo esto sucedió sólo porque estas personas necesitaban usar el baño. Pero la fuerza del Evangelio y de los santos puede llegar en verdad lejos…

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