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“Las migraciones no son un peligro, sino un desafío para crecer”

Vatican Insider - publicado el 17/02/17

Hoy por la mañana, Papa Francisco fue recibido con entusiasmo por profesores y estudiantes de la Universidad Roma Tre, la tercera y más reciente estructura universitaria pública de la capital italiana. Abandonando el discurso que había preparado para la ocasión, el Pontífice argentino respondió a cuatro preguntas de cuatro estudiantes, entre los que estaba Nour Essa, refugiada siria que llegó a Roma desde Lesbos a bordo del avión papal en abril de 2016, cuando Bergoglio visitó uno de los campos para refugiados de la isla griega. Las migraciones, dijo Jorge Mario Bergoglio después de escuchar la pregunta de la refugiada, no son un peligro para Europa, sino un desafío para crecer. El desempleo puede llevar al suicidio y por ello hay que contrarrestar «la economía líquida» con «la concreción». La tercera guerra mundial en la que estamos sumergidos, continuó el Papa, nace de la ausencia de la capacidad para escuchar, del lenguaje violento que utiliza la política, de la falta de diálogo. Y la universidad debe justamente promover el diálogo entre las diferencias. 

«El lenguaje y el tono del lenguaje han aumentado mucho», dijo el Papa respondiendo a una estudiante de Economía del Ambiente y Desarrollo que le preguntó cuál era la «medicina» para combatir la violencia. «Hoy se habla por la calle, en casa se grita, hasta se insulta con normalidad: también está la violencia al expresarse, al hablar. Esta es una realidad que todos vemos. Su hay algo por la calle o algún problema, antes de preguntar cortésmente qué sucedió, un insulto y luego se pregunta por qué. Es cierto, hay un aire de violencia en nuestras ciudades, también la prisa, la velocidad de la vida nos vuelve violentos en casa y muchas veces nos olvidamos de decir buenos días en casa, “Hola, hola” y te vas, saludos anónimos. La violencia es un proceso que nos vuelve cada vez más anónimos, te quita el nombre, anónimo uno con los demás. Te quita el nombre y nuestras relaciones son un poco sin nombre, una persona es esa que tengo delante, pero te saludo como si tú fueras una cosa. Pero esto que nosotros vemos aquí crece, crece y se convierte en la violencia mundial. Nadie, hoy, puede negar que estamos en guerra. Y esta –dijo el Papa– es una tercera guerra mundial, en pedacitos, pero existe. Hay que bajarle un poco al tono y hay que hablar menos y escuchar más. Hay muchas medicinas contra la violencia, pero antes que nada está el corazón, el corazón que sabe recibir lo que piensa el otro. Y antes de discutir, dialogar. Si tú piensas diferente, dialoguemos. EL diálogo acerca, no solo acerca a las personas, acerca los corazones, con el diálogo se hace amistad. Y se hace la amistad social. Cuando leo el periódico y veo que este insulta a aquel, que aquel habla del otro… en una sociedad en la que la política se ha abajado a tanto –insistió el Papa–, y estoy hablando de sociedades mundiales, no de aquí, se pierde el sentido de la construcción social, de la convivencia social, y la convivencia social se hace con el diálogo, y, para dialogar primero hay que escuchar. Esto se ve mucho cuando hay campañas electorales, discusiones en la tele, que antes que el otro acabe de hablar ya está la respuesta: pero, ¡espera, escucha bien; luego piensa y respondes! Escuchar bien y, si no entiendo lo que quieres decir, preguntar: “¿Qué quieres decir? No entendí bien”. La paciencia del diálogo. Y en donde no hay diálogo, hay violencia. He hablado de guerra: es cierto, estamos en guerra. Pero las guerras no comienzan allá, comienzan en tu corazón, en nuestro corazón. Cuando yo no soy capaz de abrirme a los demás, de respetar a los demás, de hablar con los demás, de dialogar con los demás, allí comienza la guerra. Cuando no hay diálogo en casa, por ejemplo, cuando en lugar de hablar se grita o cuando estamos a la mesa en lugar de hablar cada uno está con su teléfono, está hablando, sí, pero con otra persona. Ese es el germen, es el inicio de la guerra porque no hay diálogo». La universidad, dijo Francisco, es justamente «el lugar en donde se puede dialogar». 

Francisco criticó, entre los aplausos de los presentes, esas universidades «ideológicas», presentes por ejemplo en América Latina, «a la que tú vas, te enseñan solo esta línea de pensamiento, esta línea ideológica, y te preparan para ser un agente de esta ideología. Esta no es una universidad: en donde no hay diálogo, en donde no hay confrontación, en donde no hay respeto por cómo piensa el otro, en donde no hay amistad, en donde no existe la alegría del juego, del deporte, no hay universidad». 

Otro estudiante, de Jurisprudencia, en su pregunta al Papa se refirió a Roma como la «communis patria», y Francisco dijo que «debemos tomar las cosas como vienen», porque «la vida se parece un poco al portero que toma el balón de donde le llega»: hoy «no es “Tiempos modernos” de Charlie Chaplin, sino una época diferente, y hay que tomarla, sin miedo». Nosotros, prosiguió entre los aplausos del público, «debemos tratar siempre la unidad, la unidad que no es ese periódico (dijo refiriéndose al periódico italiano, “L’Unità”, ndr.), sino que es algo completamente diferente de la uniformidad. La unidad requiere las diferencias, unidad en la diversidad». En este sentido, en el contexto de globalización, la «uniformidad corre el peligro de destruir la unidad», dijo el Papa, volviendo a poner como ejemplo una metáfora que le gusta mucho: el modelo geométrico del poliedro frente a la esfera. 

«En la comunicación hay velocidad, los holandeses hace 40 años se inventaron una palabra, la rapidización», dijo Francisco al responder a otro estudiante, pero de Ingeniería de Tecnologías de la Comunicación y de la Información. «Es importante acostumbrarse a esta comunicación sin que esta rapidización, esta velocidad me quite la libertad de decir que no». El Papa después se refirió a toda la sociedad, subrayando que, como indicó el sociólogo Zygmunt Baumann, vivimos en una sociedad líquida. «La economía líquida crea falta de trabajo, desempleo», dijo. «Yo les hago una pregunta: nuestra querida madre Europa, la identidad de Europa: ¿cómo se puede pensar que países desarrollados tengan un desempleo juvenil tan fuerte? Yo no digo los países, sino las cifras: jóvenes de 25 años para abajo en un país, 40% sin trabajo, en otro, 47%, en otro, 50% y en otro casi 60%. Esta liquidez de la economía hace que el trabajo no sea concreto y cancela la cultura del trabajo porque no se puede trabajar, los jóvenes no saben qué hacer. Y yo, joven sin trabajo, porque no lo encuentro, doy vueltas y vueltas, los explotan dos o tres días por aquí, dos o tres días por allà, y al final, ¿la amargura a dónde lleva? A las adicciones, que tienen una raíz, o me lleva al suicidio. Dicen –insistió Francisco–, que saben, yo no estoy seguro, que las verdaderas estadísticas de los suicidios juveniles no son publicadas. Esta falta de trabajo me lleva a enrolarme en un ejército terrorista y así tengo algo que hacer y doy sentido a mi vida: es horrible. ¿Esta es economía de mercado? No sé técnicamente, yo diría economía líquida. Debe ser concreta y para resolver problemas sociales, económicos y culturales se necesita concreción». 

Al final, la siria Nour Essa hizo una pregunta sobre «el miedo europeo» hacia los que provienen de Siria o Irak. «¿Estas personas, según usted, no amenazan la cultura cristiana de Europa?». «Pero yo –respondió Francisco– me pregunto: ¿cuántas invasiones ha tenido Europa? Europa fue hecha de invasiones, inmigraciones: los normandos… se fue haciendo artesanalmente, así, las migraciones –recordó Bergoglio– no son un peligro, son un desafío para crecer. Y lo dice uno que viene de un país en el cual más del 80% son inmigrantes. Es cierto, no tenemos una bella identidad, pero esto es porque no sabemos ocuparnos de las cosas, es un pecado nuestro, no es algo malo de la inmigración. El miedo: yo recuerdo bien ese día en Lesbos, sufrí mucho ese día», dijo recordando que después de que se subieron al avión papal los prófugos y refugiados no querían bajar a saludar a las autoridades porque «tenían miedo». Según Francisco, «hay que pensar bien en la cuestión de las migraciones hoy, son muchas, no es hacer política, sino estas personas huyen de la guerra o del hambre. La solución ideal sería que no hubiera ni guerra ni hambre, es decir hacer la paz o invertir en aquellos lugares para que tengan los recursos para vivir allí. En algunos países tienen una cultura de la explotación, pero nosotros vamos allá para explotarlos. No explotar. Tienen hambre porque no tienen trabajo y no tienen trabajo porque han sido explotados; huyen, pero para llegar a Europa en donde creen que van a encontrar un estatus mejor, allí también son explotados, los explotadores de las pateras y todo lo que conocemos, lo que ha convertido al Mediterráneo en un cementerio, no lo olvidemos, nuestro mar, el “mare nostrum”, hoy es un cementerio. Pensemos cuando estemos solos, como si fuera una oración… y estos migrantes llegan, son acogidos. Cuando hace cuatro años fui a Lampedusa porque sentí que tenía que ir en mi primer viaje, comenzaba el fenómeno, ahora es de todos los días. Pero, ¿cómo hay que recibir a los migrantes? ¿Cómo hay que acoger a los migrantes? Antes que nada –respondió el Papa– como hermanos y hermanas humanos, son hombres y mujeres como nosotros. Segundo, cada país debe ver cuál es el número que es capaz de acoger, es cierto, no se puede acoger si no hay posibilidades, pero todos pueden hacerlo. Y luego, no solo acoger, integrar, es decir recibir a esta gente y tratar de integrarla, antes que aprendan la lengua, buscar un trabajo, una vivienda, que haya organizaciones para integrar. La experiencia que tuve cuando vino Nour: creo que tres días después los niños empezaron a ir a la escuela y cuando volvieron los 25, todos juntos, para almorzar conmigo después de tres meses, los niños hablaban italiano, los grandes más o menos, pero los niños sí, habían ido a la escuela. Los niños aprenden inmediatamente; la mayor parte de ellos tenía trabajo, tenía a una persona que la acompañaba en la integración, las puertas abiertas. Ellos traen una cultura que es riqueza para nosotros, pero también ellos deben recibir nuestra cultura, y hacer un intercambio de culturas. Respeto: y esto quita el miedo. Hay miedo, sí, pero el miedo no es solo de los migrantes, los delincuentes que vemos en los periódicos son nativos aquí o migrantes, hay de todo. Pero integrar es importante. Recuerdo un ejemplo triste: los chicos que hicieron esa masacre en Zaventem (el aeropuerto de Bruselas, ndr.) eran belgas, nacidos en Bélgica, hijos de migrantes, pero guetizados, no integrados». 

El Papa concluyó citando el ejemplo positivo de Suecia, en donde 890 mil de los 9 millones de personas son inmigrantes o hijos de inmigrantes bien integrados: «Y cuando existe este acoger, acompañar, integrar, no hay peligro con la inmigración, se recibe una cultura y se ofrece otra cultura, esta es mi respuesta al miedo». Y la universidad, recordó, «es diálogo en las diferencias». 

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