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Encontrándome con Jesús en el mar

chica solitaria

Ayank

Carlos Padilla Esteban - publicado el 15/02/17

Me gusta la calma de las olas...

Pienso en los pasos tranquilos de Jesús sobre las aguas. Oigo su voz calmando el mar en la tormenta. En ese mar de Galilea. Su voz profunda como el sonido de las aguas. Su mano firme sosteniendo el remo, el timón, la vela. Su mano acariciando el agua al compás de los remos.

Navegando mar adentro. Conteniendo el aliento. Esperando una pesca milagrosa en medio del silencio de un día que amanece lentamente. Sobre el mar en calma. La vida se juega en decisiones simples. Posibles. En márgenes cotidianos. Es extraordinario lo ordinario.

Oigo una voz sobre las aguas. Mi vida puede cambiar al ver un simple gesto. O al escuchar una palabra importante. Jesús no sabe de pesca. Pero sí conoce mi alma. Y mi sed. Y mi llanto.

Y me abraza sobre las aguas sin necesidad de muchas palabras. Como abrazó un día a Juan, a Andrés, a Pedro. Me abraza a mí mismo esta tarde de invierno. Las olas muertas a mis pies. No han hecho casi ruido. Muertas en una humedad que se me escapa.

Un simple gesto del mar. Un simple gesto de Jesús mirándome con misericordia. Como a esos hombres en la orilla. Yo también como ellos quiero dejar mis redes viejas en esta orilla tranquila. Me pesan tanto mis viejas redes… Necesito otras redes más nuevas. Quizás también otra barca.

Me gusta la calma de las olas. Me gusta ver a Jesús navegando hondo y haciéndose pequeño al remar con fuerzas. Mecido por las aguas. Por mis aguas. En este mismo mar que me calma por dentro. Quiero dejarlo todo y seguir su voz sobre las aguas.

Su pasión, su fuerza, sus brazos firmes, sus piernas rápidas. Son gestos. Son palabras. Como la primera vez que vino a mi vida. Como tantas veces cuando ha vuelto y se ha quedado. Con sus ojos que miraron este mismo mar tantas veces. El mismo mar de mi alma. Jesús oyó las mismas olas. Pescó los mismos peces vivos bajo el agua.

Me gustan sus gestos tranquilos. Era un hombre lleno de paz, y de luz, y de misterio. Un hombre apasionado por la vida, inquieto. Había tanto que hacer en este mundo. Buscaba la paz y el silencio de este mar tranquilo. Sin voces extrañas. ¡Cuánto silencio!

Pero no podía permanecer escondido. Era tanta el hambre… Yo también lo veo. Y me duele. Como a Jesús tantas veces. Es necesario salir a predicar. Quiero romper las barreras y salir a curar enfermos. A expulsar demonios. A abrazar heridos. Hay tanta muerte. Tanta soledad.

Me voy a otra orilla. A su orilla. A descansar con Él en su playa. En su silencio. Y la gente lo busca. Saben que son sus gestos los que devuelven la vida. Me conmueve la fuerza de sus manos. Yo soy pobre ante Él.

Me quedo mirando callado su mar con las manos vacías. Su barca tan cerca de mi orilla. Yo tan lejos en mi propia barca. Tengo tantos miedos cerca de esta orilla. Escucho su voz y algo se conmueve muy dentro del pozo de mi alma. Mar adentro. Nítida su voz sobre las aguas. Vence el miedo esa voz llena de verdades.

Quiero ir con Él hasta donde Él vaya. Sé que hay un hueco en su barca, eso seguro. Navega hondo. Cojo sus redes con mis torpes manos. Dejé ya mis viejas redes en la orilla. Jesús permanece callado en mi barca. En mi orilla. Su silencio me da tanta paz…

Me acompaña mientras navego en sus manos. Con el suave balanceo de las olas. Me calmo por dentro. Y me inquieto. Hay tanto que hacer delante de mis ojos. Los peces nadan en lo hondo y yo los veo. Escucho en silencio.

No tengo miedo a la vida que florece en mis manos. En su orilla el mar llega despacio y se retira lentamente. Sin hacer ruido. Se calma todo al llegar. Como mi vida.

Me gustan más los gestos de Jesús que sus palabras, eso lo tengo claro. La pasión de su mirada. La fuerza de sus manos. La intensidad de sus pasos. La presión de su abrazo. La paz de su descanso.

Cuando reza en silencio se eleva la sutil presencia de Dios que todo lo transforma. Ojalá pudiera navegar siempre sin miedo por sus mares, en su barca. Venciendo el miedo que me impide dejar tantas cosas. El miedo que no me deja romper todos mis límites.

Las olas suavizan mis torpezas, como las piedras lisas. Me llama Jesús con su voz suave. Se acerca hasta mi orilla. Pronuncia mi nombre. Y yo lo espero. Este mar se mete dentro del alma. Muy dentro. Una música que añoro toda mi vida. La voz de sus silencios.

Vuelvo hasta su mar para que me hable en sus olas. Para que me grite en su viento. Es la certeza que decide mi vida. Él va conmigo. Yo voy con Él. En su barca. No se apaga el miedo, lo sé, pero se calma.

Y sigo sus pasos sobre las olas. Sus pies en mis pies. Amo sus gestos. Me dejo abrazar por Él. Sostener sobre las aguas. Pierdo el miedo.

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