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“No dejemos que el mal nos robe la esperanza”

Vatican Insider - publicado el 09/02/17

El mundo en este inicio de 2017 se nos presenta sacudido por conflictos, violencia, odio, terrorismo, ataques armados imprevisibles. La incapacidad de buscar soluciones negociadas y no violentas, los intereses económicos a menudo inconfesables, el tráfico de armas incrementado incluso por los que proclaman la paz solo con palabras, el control de las fuentes de energía, la pobreza y el subdesarrollo son algunas de las causas de esta compleja guerra. Una guerra que provoca cada día innumerables víctimas inocentes, que le roba la vida a muchos niños, que contribuye a mover grandes masas de personas que huyen de las bombas y de la destrucción. 

Al mismo tiempo, vemos a nuestro alrededor también las consecuencias de la crisis económica, y si tenemos la valentía para extender un poco la mirada, también las consecuencias tremendas de la pobreza, del hambre, del subdesarrollo. Así como tampoco podemos cerrar los ojos ante el abismo hacia el que corremos devastando el ambiente, depredando nuestra tierra, explotándola sin pensar en lo más mínimo en las generaciones futuras. 

Frente a todo esto no podemos dejarnos robar la esperanza. Porque si el mal nos parece amenazador e invadente, hay un bien, un océano de bien, que actúa en el mundo. Tiene el rostro de los que socorren a las víctimas de los bombardeos en Siria. Tiene la mirada de los que acogen a los migrantes sin caer en la tentación de la cerrazón, de los que no se resignan a ver en el otro, en el diferente de sí, un «enemigo». Tiene las manos de los que se comprometen para garantizar un mañana a tantos niños y jóvenes sin futuro en los países pobres. Tiene la sonrisa de los voluntarios que se encuentran en los corredores de nuestros hospitales, de los que comparten un poco de su tiempo con los ancianos solos en nuestras ciudades. 

El primero de los desafíos que veo ante nosotros tiene que ver con cada uno de nosotros. Es el desafío de vencer la globalización de la indiferencia. Esa enfermedad corrosiva que nos petrifica el corazón, que nos vuelve narcisistas y capaces de vernos solo a nosotros mismos y nuestros intereses, que nos hace incapaces de llorar, de sentir compasión, de dejarnos herir por el sufrimiento ajeno. Es la petrificación del corazón la que nos acostumbra a los coches-bomba terroristas, exploten donde exploten con su brutal saldo de muerte, a los migrantes que se ahogan en el Mediterráneo en embarcaciones transformadas en ataúdes, a los sin techo que mueren de frío en nuestras calles sin casi ser noticia. Así nos degradamos poco a poco: nadie nos pertenece y no le pertenecemos a nadie. En cambio, la vida nos ha sido donada y hemos sido invitados a compartirla en esta casa común, interesándonos recíprocamente. Un segundo desafío es el que llamaría una llamada al realismo y nos interroga como personas, como sociedad, como pueblos. Ya no podemos ignorarlo: la pobreza, el subdesarrollo, las migraciones, la explotación de la tierra y la contaminación del planeta son fenómenos profundamente relacionados entre sí. Es fundamental buscar soluciones integrales para combatir la pobreza, para restituir la dignidad a los excluidos y a los descartados, y, al mismo tiempo, para cuidar a la naturaleza a partir de lo más precioso que la habita, la vida humana. 

Al nacer en Belén hace dos mil años, el Omnipotente se hizo Niño. Eligió venir al mundo en la precariedad, lejos de los reflectores, de las seducciones del poder, de los fastos de la apariencia. La revolución de la ternura del Dios que «derribó a los potentes de los tronos y elevó a los humildes» sigue interpelándonos: para encontrarlo hay que inclinarse, abajarse, hacerse pequeños. La paz, la alegría, el sentido de la vida se encuentran si nos dejamos sorprender por ese Dios Niño que aceptó sufrir y morir por amor. La paz y la justicia se construyen día a día, reconociendo la insuprimible dignidad de cada vida humana, empezando por la más pequeña e indefensa, reconociendo a cada ser humano como nuestro hermano. 

Deseo a «La Stampa», en ocasión de sus 150 años, que cuente el mundo en el que vivimos sabiendo siempre describir su complejidad, sin olvidar nunca ese océano de bien que nos hace ver hacia el futuro con esperanza. 

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