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¿Quieres calidad de vida? ¡Aprende a vivir en el tiempo!

Claudia K

Miguel Pastorino - publicado el 06/02/17

La verdadera vitalidad la tiene quien vive a tono con su edad, comprendiendo que la mejor edad para vivir es la que uno tiene

A medida que se avanza en la vida, se adquiere un mayor instinto sobre el tiempo presente y su misterio, tomando conciencia de que no se necesitan vivencias que vengan de fuera para sentir que se vive de verdad.

Quien vive el momento presente se siente a sí mismo y toma conciencia de su entorno con mayor profundidad. Por eso es capaz de dar un simple paseo y disfrutarlo, o le basta una charla sincera con un amigo para olvidarse de su teléfono móvil.

Nadie es adulto por querer parecerlo, ni se es más joven por ir al gimnasio y cuidarse la piel, o por vestirse como los adolescentes. La verdadera vitalidad la tiene quien vive a tono con su edad, comprendiendo que la mejor edad para vivir es la que uno tiene, porque es su presente, su vida.

El anciano que sabe con mayor realismo que la vida tiene un fin y experimenta crecientemente sus limitaciones, acepta con naturalidad vivir activamente cada día de su vida, porque sabe que es protagonista de su presente y permanece siempre abierto a las oportunidades que le brinda cada día. Puede ser como un niño que se deja asombrar por lo cotidiano y descubre lo extraordinario en las cosas pequeñas y ordinarias de la vida, porque adquiere profundidad en la mirada.

Esto solo lo da la capacidad contemplativa de quien aprende a ver más lejos, más hondo, de quien aprende a ver lo que no todos ven.

El coraje de vivir el presente

Cuantas veces se nos ofrece «matar el tiempo», como si tuviéramos la obligación de llenar un espacio vacío con algo, aunque no tenga mucho sentido, o simplemente nos divierta para escapar de quien sabe qué. En lugar de vivir, se nos invita a escapar de la vida. Lo cierto es que si no tomamos en serio la condición limitada de la vida, corremos el riesgo de vivir una vida inauténtica (Heidegger) y superficial.

Recuerdo al papa Francisco en la JMJ del 2013, en Río de Janeiro cuando decía a los jóvenes: «¡No balconeen la vida, Jesús no se quedó en el balcón, se metió! ¡Métanse en ella como hizo Jesús!». Atreverse a ser protagonistas y no pasivos espectadores de la vida y de la historia, atreverse a vivir es adueñarse del presente y no dejarse arrastrar por las olas de la ansiedad y la productividad, por las olas de banalidades y cómodo relativismo.

El Papa ha exhortado una y otra vez a salir de la «parálisis», a no conformarse con encontrar la felicidad en un «sofá», «vegetando de adormecimiento», «embobados», «atontados», sino a defender nuestra dignidad y no dejar que otros decidan por nosotros cómo debemos vivir.

Para ello es necesario no dejarse devorar por el consumo y la lógica del rendimiento y la productividad, recuperar el tiempo de silencio y meditación, de pensar y reflexionar en profundidad, de hacer un esfuerzo por ver más allá de mis propios intereses inmediatos. El valor del tiempo gratuito es condición indispensable para el amor y para la oración.

La profundidad de nuestros vínculos y de nuestra vida espiritual dependerá en gran medida de nuestra forma de vivir el presente con plena conciencia de quiénes somos y para qué vivimos. Los grandes filósofos de la antigüedad y del mundo moderno, aunque vivían en medio de los demás, sabían tomar distancia de la frivolidad de las masas, para poder ver más lejos, para no vivir en una falsa realidad.

El filósofo alemán Josef Pieper en su libro «el ocio, fundamento de la cultura» (1958), denunció con claridad el autoengaño en que vivimos:

«Aquí hablamos de una realidad aparente, que sin embargo los muchos tienen por la realidad. Nos referimos a esa pseudorrealidad de los estímulos vacíos, que se origina en la incapacidad para la reflexión, para el silencio, la meditación y el ocio; a la pseudorrealidad que esta incapacidad exige y expande cada vez más, y a los estímulos que sirven a la efímera satisfacción del aburrimiento público y reciben el aplauso y la simpatía de los muchos. No se requiere ningún esfuerzo especial para hacerse una idea de cómo es esto: son las sensaciones de juegos circenses, las últimas novedades de la industria de la diversión, las formas epidémicas del simple matar el tiempo» (p. 44).

El secreto no es simplemente disponer de algunas horas en la semana para meditar o salir a pasear, sino de operar un cambio en el centro de nuestra vida, de una verdadera conversión, para vivir cada instante de nuestra vida con plena conciencia del presente, de quienes somos y de quienes nos aman. La calidad de vida depende en gran medida de nuestro modo de vivir en el tiempo, depende sobre todo de aquello -o mejor dicho de Aquel- que da sentido a la vida.

La calidad de nuestras relaciones también depende de la profundidad de nuestros diálogos, de nuestra capacidad para estar con los que amamos.

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