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¿Por qué es tan importante aprender a «estar sin hacer nada»?

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Miguel Pastorino - publicado el 05/02/17

Los griegos decían sabiamente que el tiempo del ocio era el tiempo de la creatividad

La relación con el tiempo va cambiando a lo largo de toda la vida. Los niños ven la vida como un futuro interminable, esperando con impaciencia su cumpleaños, el fin de las clases, o fiestas como la Navidad. Toda espera se les hace muy larga. Aunque vivan intensamente su presente, están siempre orientados hacia un futuro inmenso. Los ancianos en cambio, tienen su anclaje mental en el pasado y esto hace que el presente les pase más rápido, porque esperan menos del futuro.

Aunque es cierto que el modo de vivir el tiempo en la vida adulta, depende en gran parte de la filosofía de vida de cada uno y en el modo de percibir su temporalidad. Están los que pasan el tiempo sentados tranquilamente esperando que otros vengan a romper su rutina con novedades, como también los que llenan su presente con recuerdos de su pasado que les lleva a admirarse de lo ya acontecido. Pero también hay adultos y ancianos que viven en el presente, centrados en el día a día, viviendo el «ahora» de la mejor manera posible.

Los griegos usaban dos palabras para referirse al tiempo, que nos revelan dos dimensiones de nuestra vivencia humana del tiempo. Por un lado está el kronos, entendido como tiempo cronológico, medible. Es el tiempo del reloj y la agenda, y es idéntico para todos. Pero también existe el kairós o tiempo oportuno, refiere al tiempo vivencial a una vivencia especial de un lapso de tiempo. No tenemos la misma experiencia del tiempo. Si estamos esperando algo, cinco minutos nos parecen horas, y si estamos disfrutando lo que hacemos, las horas nos parecen minutos. Como expresara Borges: «¡Qué importa el tiempo sucesivo, si en él hubo una plenitud, un éxtasis, una tarde».

Muchos jóvenes tienden a confundir el aprovechamiento del tiempo con sumar vivencias y por ello, el afán de acumular experiencias de toda índole. Pero también su orientación al futuro les hace vivir el presente con gran intensidad.

Los adultos que trabajan viven su tiempo fuertemente estructurado y organizado a partir de los horarios del trabajo. Su vivencia del tiempo suele dividirse entre tiempo de trabajo y tiempo libre, como si el tiempo se determinase desde fuera. En cambio el que no marca ninguna estructura o ritmo a sus días, suele vivirlos con un gran aburrimiento y sentimiento de vacío.

Por eso, sin importar la edad, es importante encontrar un ritmo a cada día, que permita llenarlo de sentido. Definitivamente la experiencia del tiempo no depende únicamente de la etapa de la vida en la que nos encontremos, sino especialmente de nuestro modo de entender y vivir la vida.

¿Cómo vives tu tiempo?

Los cambios culturales también inciden decisivamente en nuestro modo de vivir la temporalidad. De hecho, la vivencia actual del tiempo es muy diferente de lo que se vivía hasta hace no muchos años. En una cultura que valora la productividad, configurada por las nuevas tecnologías, no es extraño que se nos arrastre a poner el valor en lo instantáneo y lo inmediato. Nadie espera demasiado y la ansiedad es ya una pandemia global. Hay pocas cosas estables y sólidas, los proyectos no son duraderos, lo común es que todo sea provisorio y cambiante.

La mentalidad productiva nos lleva a ver en el tiempo libre un problema a resolver: ¿qué hacemos con el tiempo de ocio? ¿hay que agendarse el gimnasio, el cine, o las salidas con amigos? Mientras que los antiguos griegos veían el ocio como fuente de sabiduría y creatividad, hoy es algo que debe ser productivo de alguna manera.

El mandato cultural de aprovechar «al máximo» la vida, como forma «positiva» de vivir, lleva a excesos y desgastes insospechados. Se valora lo que procede con mayor rapidez y nos da resultados inmediatos, pero no debemos someternos a estos criterios externos. Seamos niños, jóvenes, adultos o ancianos, necesitamos siempre tiempo para pensar, para reflexionar, para esperar, para disfrutar, para crecer, etc. Aun en la vida profesional, cuando sentimos que si vamos más lento podemos perder oportunidades, es preciso aprender a compensar esta velocidad con la gratuidad del tiempo en familia y con los amigos.

Muchas veces llevamos al hogar todo el estrés del trabajo y los que nos esperan, no suelen entender la «locura» con la que aparecemos, ni les cae en gracia nuestro mal humor que no tiene nada que ver con ellos. Quienes nos esperan anhelan nuestra presencia y que les dediquemos nuestro tiempo, sin presiones ni apuros. El tiempo inútil es el tiempo más preciado. Aprender a «no hacer nada» y simplemente «estar» con los otros, por amor, es todo un aprendizaje.

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