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¿Sabías que los abogados imitaron la sotana para hacer su toga?

© CHRISTOPHE ARCHAMBAULT / AFP
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Los abogados... ¿Discípulos de Cristo sin saberlo?

La profesión de abogado a veces tiene mala prensa. Hay quien regala a los abogados el calificativo de “canallas”, algo no demasiado cortés, y consideran su profesión como “no muy católica”. Sin embargo, etimológicamente hablando, el abogado, del latín advocatus, es aquel a quien llamamos para que nos ayude, el intercesor, el defensor. Está investido de una noble misión de apoyo y defensa.

La toga como símbolo de igualdad de trato para todos

Los abogados están ahí para garantizar que todo el mundo tenga una defensa, tanto el pecador como la víctima tienen el derecho fundamental de ser defendidos durante un proceso.

André Damien, eminente abogado, político y escritor francés, consagra un capítulo de su libro Règles de la profession d’avocat [Reglas de la profesión de abogado] a la indumentaria profesional, donde explica que la toga simboliza la igualdad de trato de todos ante la justicia. También es reflejo de la neutralidad e imparcialidad de la justicia.

En este sentido, el código deontológico del Colegio de abogados de París establece de forma expresa que “el abogado no puede llevar en la toga ningún signo que manifieste de forma ostensible una afinidad religiosa, comunitaria o política”.

Imitación de la sotana de los sacerdotes

La dimensión noble de la misión del abogado –por cierto, también en la abogacía se habla de ministerio, del latín ministerium, ‘servicio’, y a su vez de minus, ‘inferior’– no termina ahí.

La toga de los abogados tiene desde su origen una connotación religiosa: imita la sotana de los sacerdotes. Ha ido cambiando con el paso del tiempo, pero antaño estaba cerrada por 33 botones, un eco de la edad de Cristo en su muerte y resurrección.

Por tanto, llevar la toga era un signo de distinción para los hombres de ley desde el siglo XIII, una época en la que la justicia era de derecho divino y el colegio de abogados se componía esencialmente por miembros del clero. Así que los abogados ejercen su defensa con esta sotana.

Una proximidad que perdura

Esta proximidad entre sacerdotes y abogados perdura hoy día a través de la vestimenta con la toga.

También hay que señalar que han sido los mismos abogados los más perseverantes en la defensa de este símbolo: nunca abandonaron la toga, cuando muchos sacerdotes dejaron sus sotanas (a excepción tal vez del periodo revolucionario francés, que supuso la supresión de la profesión de la abogacía en nombre del derecho individual de defenderse por sí mismo).

Vestir la toga se elevó al nivel de obligación legal en Francia por la ley del 31 de diciembre de 1971. Ironías de la historia, la República laica impone esta vestimenta que evoca sin duda alguna la sotana de los sacerdotes.

El secreto profesional como homólogo del secreto de confesión

Además de la vestimenta, el origen clerical de la profesión de abogado se manifiesta a través de la primera de sus obligaciones deontológicas: el respeto del secreto profesional. Permite, mediante la protección de la confidencialidad de sus intercambios, la confianza necesaria del cliente en su defensor. De la misma forma, el sigilo sacramental “prohíbe al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo” (canon 983 del Código de Derecho Canónico de 1983).

Tal y como escriben Bernard Beignier y Jean Villacèque en su obra Droit et déontologie de la profession d’avocat [Derecho y deontología de la profesión de abogado], si los abogados y los médicos heredaron, desde el Antiguo Régimen, este deber, es en gran parte debido al “origen clerical de la justicia y de la medicina, a través de la universidad, entonces bajo la autoridad de la Iglesia”.

Esta proximidad histórica entre el sacerdote y el abogado está lejos de carecer de fundamentos. De hecho, se encuentra en la primera epístola de san Juan una comparación directa entre el Señor Jesucristo en persona y la figura del abogado. Él es nuestro abogado ante el Padre. En efecto, podemos leer en el capítulo 2: “Hijos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis. Pero si alguno ha pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo, el justo. Él es la propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”.

María la abogada

La Virgen María también recibe el nombre de “abogada nuestra” en una de las antífonas más célebres del repertorio de canto gregoriano, el Salve Regina. Así pues, Ella parece haber precedido por mucho a la primera abogada francesa en ejercer ante un tribunal, Jeanne Chauvin, que prestó juramento en el 1900. En ese canto tan célebre escuchamos: “Eia ergo, Advocata nostra, illos tuos misericordes oculos ad nos converte”, es decir: “Ea, pues, Señora abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”.

Aunque sin duda existen abogados que no están a la altura de este ideal, se puede decir que con Cristo y con la Virgen María como modelos, así como con una toga que recuerda el compromiso de los sacerdotes al servicio de la Iglesia y de los fieles, es difícil considerar esta profesión como “no muy católica”.

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