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Guerrillera a los 13; “Todos merecemos otra oportunidad”

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Catalina es su nombre de fantasía. El verdadero, quién sabe. Su historia es una entre miles, pero eriza la piel. A los 13 entró voluntariamente en la guerrilla colombiana. Una semana más tarde ya había empuñado un arma y poco después comenzó a disparar. En tres años vio morir a 22 compañeros de lucha, incluido su pareja. Harta de oler la muerte decidió escapar. Desafiando una condena brutal caminó 16 horas hasta la libertad. Hoy tiene una segunda chance, gracias a los Salesianos de Don Bosco. Su historia y la de otros “niños soldado” quedó plasmada en el documental “Alto el fuego”, apenas presentado en Roma. 

A sus casi 20 años Catalina se sabe víctima, pero oculta que ella misma decidió sumarse a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia en 2011. Estaba en quinto grado y su vida era un desastre. “Tenía problemas en la casa, conflictos, peleaba mucho con mi padrastro y la economía no era muy buena. Éramos pobres y mi mamá no me entendía. Todo eso me llevó a irme allá, fue una decisión que tomé yo”, precisó, en entrevista con el Vatican Insider. 

Al principio todo era fascinación. El “ideal” y la lucha. Pero pronto la realidad precipitó sobre sus hombros. El primer bombardeo le dejó en claro que aquello no era un juego, era algo más que cargar la mochila y dormir en el suelo. “Sólo hay que pensar en uno y en salvarse la vida”, añadió. 

No se percibe un dejo de autocomplacencia en su voz. Lejos parece estar de considerarse una heroína. Incluso cuando se ve a si misma mientras cuenta su historia en una pantalla donde se proyecta el documental, producción de Raúl de la Fuente y que será presentado en diversas ciudades de Europa en las próximas semanas. El calendario incluye actividades en Madrid, Ginebra y Bonn.  

“¿Qué se siente convivir todos los días con la muerte?”, le preguntamos. “Yo lloraba, ahí si era cobarde, era sentir que hasta ahí llegaba tu vida, como que tu libro se iba a acabar en ese momento. Me sentía horrible, era atroz”. 

Catalina es transparente. No oculta que pasó “buenos momentos” en la guerrilla. Como si hubiese estado fuera del mundo. Le gustaban “los bailes” y “compartir historias”. Pero aquello fue sólo un espejismo. Cuando quiso escaparse la primera vez, “para rumbear”, la recapturaron unos milicianos y la regresaron al campamento. Se salvó de un consejo de guerra, en cambio recibió un “castigo drástico”. “Cuando vino acá usted tomó una decisión y esa decisión es infinita”, le replicaron. 

Mientras tanto veía a los comandantes tener privilegios, “dormir en tablas” con sus mujeres y se indignaba. “Me fui llenando de esa inconformidad, si ellos están en un ideal ¿por qué viven así? No me gustó”, graficó. 

Cuando superó su límite decidió escapar. Mientras uno de los jefes estaba ausente pudo hablar con su madre por celular y está le dio el ánimo definitivo. Dejó todo y emprendió una marcha de 16 horas seguidas: de las 10 de la mañana hasta las cuatro de la madrugada del día siguiente. Hasta que alcanzó una casa y la recibió una señora. “No mija, ¿en qué se metió usted?”, exclamó aquella mujer al escuchar su relato. Un sobrino la condujo en moto hasta un pueblo cercano y así hizo perder sus huellas. 

Gracias a la intervención del gobierno ingresó a una Casa de Atención Especializada (CAE), un centro de reinserción en la sociedad para “desvinculados”. Así se les llama, legalmente, a los jóvenes que abandonan las armas. Su nuevo hogar estuvo en la Ciudad Don Bosco de Medellín, una de las dos CAE que la orden de los Salesianos administran en Colombia. La otra se encuentra en Cali. Desde hace 16 años, por la primera estructura han pasado mil 300 jóvenes, por la segunda unos dos mil 300.  

Ahí Catalina se graduó y ya piensa en estudiar enfermería. Pero aún carga con el peso de un conflicto activo, no obstante los acuerdos de paz. No puede volver a su pueblo rural y si quiere ver a su familia debe concertar un encuentro en otra latitud, lejos de la amenaza de los guerrilleros. La comunicación cotidiana es telefónica. 

“Cuando se estaba discutiendo lo del acuerdo de paz (entre el gobierno del presidente Santos y las FARC) estábamos muy contentos porque pensamos que los niños ya no iban a estar en la guerrilla, que iba a ser diferente y que íbamos a poder regresar a nuestras casas. Fue un momento de alegría. Cuando supimos que ganó el ‘no’ (en el referéndum) fue muy triste en ese momento. Pero aún seguimos con el ánimo de que sí se va a poder”, señaló.  

Se mostró comprensiva con quienes decidieron votar “no” a los acuerdos de paz. “Yo se que muchos perdieron familia, hubo matanzas de la guerrilla y del gobierno hacia ellos”, reconoció. Pero apeló a la reconciliación profunda. “Yo se que hubo mucho dolor, lo sigue habiendo. Somos seres humanos y todos cometemos errores pero existe posibilidad de tener un remiendo. Nosotros primero deberíamos tener paz interior y después darla, eso si nos falta un poquito. Pensar muy bien, no sólo en uno mismo sino en los demás”, añadió.  

La historia de Catalina deja al descubierto uno de los aspectos más álgidos de los acuerdos con las FARC. Según el documental, que incluye su historia, entre seis y siete mil menores de edad estarían en manos de los guerrilleros. Pero las Fuerzas Armadas sólo reconocen 75, de los cuales han entregado poco más de una decena.  

Así lo explicó Rafael Bejarano, director de la Ciudad de Don Bosco: “Yo no puedo decir si son esos (varios miles) o no. Ellos han entregado 11 en los últimos cinco meses. Pero según las cifras de los menores que hemos atendido en los últimos años, las estadísticas no coinciden con esos datos”. 

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