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Así desafiaba san Juan Bosco al diablo

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Gelsomino del Guercio - publicado el 31/01/17 - actualizado el 24/05/19

Desde vejaciones hasta burlas. Una dura batalla entre el santo y Satanás

San Juan Bosco y el demonio. Se cuentan innumerables episodios en los que don Bosco enfrentó a Satanás: encuentros, luchas, exorcismos.

1. Carluccio y la Virgen Auxiliadora

Carluccio, el hijo de un hombre honesto, era “alumno” de don Bosco. Al chico, 15 años, le transmitió la devoción. Cuando el joven se enfermó, el sacerdote estaba fuera de la ciudad y no pudo confesarlo. La enfermedad se agravó y Carluccio murió.

Llegó don Bosco; la familia en luto le contó cómo se había apagado su Carluccio. Don Bosco se acercó al joven fallecido y comenzó a llamarlo: “¡Carluccio! ¡Carluccio!…”.

El muerto abrió los ojos y se sentó en la cama. “¡Oh, don Bosco, lo estuve llamando mucho tiempo porque quería confesarme bien. Me confesé confusamente con otro sacerdote y no logré confesarme bien”.

Don Bosco hizo salir a todos un momento de la habitación. Le dijo a Carluccio. “Pobrecito, ¿qué te ha sucedido?”.

“Mire, -respondió el muchacho– apenas salió el alma de mi cuerpo, se encontró con Cristo Juez, pero María Auxiliadora le rogó a su Hijo suspender un poco el juicio. Yo estaba aterrorizado. Veía a un lado un abismo inmenso de fuego”.

Demonios por todas partes. “Fue entonces que María Auxiliadora, ahí presente, le dijo a los demonios: “No lo toquen, no ha sido juzgado”.




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En ese momento Carluccio recordó haber oído la voz de don Bosco y haber recuperado la conciencia.

Don Bosco, tras haber puesto al corriente a los familiares que regresaron a la habitación, le dijo finalmenete al joven: “Carluccio, prefieres estar aún en este mundo de tentaciones y peligros, o irte a los brazos de María Auxiliadora?”.

El joven respondió: “Prefiero irme a los brazos de María Auxiliadora”. Entonces –continuó el santo– vete en paz y ruega a la Virgen por nosotros”. Se dejó caer sobre la almohada y murió.

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2. Las burlas del diablo

Leemos en la vida de don Bosco que el diablo, rabioso porque el santo se robaba las almas, buscaba de todas las formas obstaculizarlo. Satanás retumbaba en el desván, parecía que cayeran piedras con estruendo infernal.

Mientras el santo extendía en la mesa la Regla de los Salesianos, ese animal le derramaba la tinta en el manuscrito. Cuando estaba abrumado por el sueño, le quitaba las mantas de la cama, burlándose. A menudo, bajo el aspecto de tigre, y otras fieras feroces, o monstruos horrendos, le levantaba la cama.




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3. La bendición

En Roma, el 3 de abril de 1880 le llevaron a don Bosco a una endemoniada, para que la bendijera.

Durante la bendición parecía que el demonio estuviera ahogando a su pobre víctima. El maligno dijo que se llamaba “Petrus” y que desde hacía dos años que habitaba en esa persona.

“¿Qué haces aquí?” – le preguntó don Bosco.

“Soy el guardián de Santa” (así llamaba a la poseída).

“¿Dónde estabas antes?”.

“En el aire. Ustedes tienen que luchar mucho contra mí”.

“¿Por qué no quieres salir? ¿No ves que aumentas tus penas, tu mal?”

“Yo quiero el mal”.

El exorcismo solemne no fue posible, pues le faltaba a don Bosco el permiso del cardenal vicario, que no estaba en Roma. Un señor que no creía en el demonio, al ver la escena y oyendo las palabras de la endemoniada, se convenció de la existencia del diablo (esorcismo.altervista.org).




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4. La marquesa víctima de una posesión

Don Bosco se había ido a celebrar misa en la casa de la marquesa de Comillas, cuando se presentó una poseída que, al verlo, se lanzó al suelo como desmayándose, sacando espuma por la boca, debatiéndose y contorsionándose como una serpiente.

Él le decía que invocara a María, ésta en cambio gritaba: “¡No, no quiero salir! ¡No quiero partir!”.

Como la desgraciada se llamaba María, don Bosco la llamaba: “María, toma esta medalla”; pero ella no daba muestras de entender.

Finalmente, don Bosco la bendijo. Se levantó la joven, tomó la medalla que don Bosco le ofreció, la besó, entró en la iglesia y oyó la misa.

Parecía curada: de hecho desayunó tranquilamente, y todo esto en presencia de muchas personas. Aquellos que la acompañaban, decían que no la habían visto así de tranquila desde hacía mucho tiempo y estaban sorprendidos. Y volvió consolada a casa.


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5. Las molestias del oso

Don Bosco sufría graves sensaciones diabólicas cada vez que estaba por emprender alguna obra importante para mayor gloria de Dios.

Una mañana uno le preguntó si por la noche había descansado, él respondió: “No mucho, porque me molestó un animalejo feo, bajo la forma de un oso, el cual se puso en mi cama, e intentó ahogarme”. Este hecho no sucedió una sola vez: y don Bosco decía claramente cómo eran las molestias infernales.

La noche en la que don Bosco terminó de escribir las primeras Reglas de la Pía Sociedad Salesiana, fruto de mucha oración, meditación y trabajo, mientras escribía la frase de conclusión “Ad maiorem Dei Gloriam”, apareció el diablo, se movió la mesa, se cayó el tintero, mientras se oían gritos tan extraños que podían infundir profundo terror.

Y finalmente se quedó todo tan sucio que el manuscrito ya no era legible, y don Bosco tuvo que empezar de nuevo su trabajo.


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6. La opresión en su estómago

El 12 de febrero de 1862 don Bosco contó:

“La noche del 6 o 7 de este mes me había apenas acostado, y ya empezaba a adormecerme, cuando siento que me agarran por los hombros y me sacuden tan fuerte que me asusté mucho. “¿Quién eres?” me puse a gritar, encendí la luz, y me vestí, miré la cama, y en todos los rincones de la habitación, para ver si estaba escondido alguien, y era la causa de esa broma. Pero no encontré a nadie. Miré la puerta de mi habitación y estaba cerrada. Miré igualmente la puerta de la biblioteca; todo estaba cerrado y tranquilo”.

Don Bosco luego recordó haber vuelto a la cama.

“Me había apenas adormecido, cuando sentí otra sacudida que me perturbó. Quería tocar el timbre y llamar. “Pero no”, me dije, “no quiero molestar a nadie”, y entonces me puse a dormir boca arriba; cuando sentí en el estómago un peso enorme que me oprimía, casi impidiéndome respirar. No pude evitar gritar: “¿Qué pasa?” y solté un puñetazo: pero no toqué nada. Me puse del otro lado, y volvió esa opresión. En ese miserable estado pasé toda esa noche”.

7. TOC.. TOC… TOC…

El 5 de febrero de 1862 don Bosco contó:

“La otra noche fui a la habitación y vi la mesita de noche bailar y golpear: toc, toc, toc… “Oh, esta es buena” me dije, y me acerqué y le pregunté: “¿Qué quieres?” y ésta continuaba: toc, toc, toc. Me pasé por la habitación y callaba; me acercaba, y ésta bailaba y golpeaba. Les aseguro que si yo hubiera escuchado esta historia que he visto, no la habría creído. ¿No les parece estar oyendo las historias de las brujas que nos contaba la abuela?”.

8. La cola del diablo

El 17 de febrero de 1862:

“Ayer por la noche me acosté, cuando sentí que me pasaba por la frente un frío pincel, manipulado ligeramente. Entonces me quité el gorro de dormir, pero esa mano misteriosa me pasaba el pincel por la nariz y la boca molestando, haciendo que no pudiera dormir y cerrar ojo ni un solo instante. Eso me sucedió otras veces, es más, en lugar de una pluma, me pareció que fuera una cola tan apestosa, que me despertaba sobresaltado”. (http://www.preghiereagesuemaria.it).

9. La mujer afligida

En 1872 en Mathi Toriense había una cierta Maria Sopetti, que sufría vejaciones diabólicas. Fue informado mons. Gastaldi, quien sugirió que la bendijera don Bosco.

La mujer fue a Turín el 30 de noviembre. Cuando llegó el momento de entrar, comenzó a gritar: “No, no …” cien veces. Finalmente entró y con muchos esfuerzos se le forzó a arrodillarse.

Don Bosco le dio la bendición. Ésta, mientras tanto, se llevó las manos a las orejas para no oír, e intentó hacer locuras y caras raras porque se sentía sofocada.

Se puso a gruñir como un cerdo y a maullar como un gato.

Con increíbles esfuerzos se logró que besara la medalla de María Auxiliadora. Terminada la bendición, se calmó enseguida.

Salió de la habitación, y se le vio tranquila. Don Bosco le aseguró que, cuando fuera a Lanzo, pasaría a verla en Mathi, o al menos preguntaría por ella.

Le dijo que besara a menudo la medalla de María Auxiliadora y rezara el Ave María, que el Señor le daba con tales vejaciones un medio para hacer muchos méritos.

Siguió de vez en cuando yendo con don Bosco y el 2 de enero de 1883 estaba casi completamente libre (www.donboscoinsieme.com).

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