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El imperio de las sombras: Espionaje en la vieja Corea

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Inspirándose en los thrillers de espías de la Guerra Fría, Kim Ji-woon narra el proceso de redención de un policía moralmente derrotado

No es casual que el de El imperio de las sombras sea el primer guión que Kim Ji-woon firma en solitario desde la que quizá fuera su gran obra, A Bittersweet Life, hace la friolera de doce años. En cierta manera, la película es una celebración de su retorno a la industria de Corea del Sur, y a un entorno de producción en el que se siente a gusto –y no tan atado como en su única experiencia hollywoodiense, El último desafío–.

Pero al mismo tiempo, también es un reencuentro del director con su propio universo creativo, y por su interés hacia los procesos de toma de conciencia de unos hombres aparentemente amorales –o al menos, tan desconectados del mundo como el protagonista de The Foul King– que, sin embargo, acaban encontrándose a sí mismos, y su postura frente al mundo, a través de una catarsis violenta.

De ahí que, pese a que pululen por la trama personajes más positivos, y sobre todo de comportamiento más heroico, la película se centre en el capitán de policía –a sueldo del gobierno japonés durante la invasión de Corea– que interpreta Song Kang-ho.

El director lo retrata como alguien cansado, derrotado por una situación de desventaja que parece no tener fin –de ahí el dolor que siente, en la primera secuencia, por la muerte de su compañero de clase Kim Ja-ok (Park Hee-son)–, y que, a base de renuncias y de traiciones, se ha convertido en apenas un fantasma de lo que alguna vez fue.

Así que el despertar moral que supone para él contactar con la resistencia coreana, más que una cuestión de orgullo nacionalista –que es lo que la ha convertido en un éxito taquillero en su país de origen–, es una especie de última oportunidad para alguien que vive al filo de la obsolescencia.

Lo interesante de El imperio de las sombras es que, en realidad, todas las relaciones entre los personajes están teñidas, como resulta lógico en una historia de espías ambientada en una época tan turbulenta de la historia de Corea del Sur, por la sospecha y por el interés personal.

Todos ellos tienen dobles, e incluso triples intenciones, así que sus interacciones están teñidas de pequeños guiños y de aseveraciones que intentan mantener al espectador en un estado de tensión constante –en lo que es uno de los aspectos más brillantes de la narración–, incluso cuando el protagonista y uno de los líderes de la resistencia, Kim Woo-jin (Gong Yoo), establecen una relación de amistad de una solidez, eso sí, siempre puesta en cuestión.

El director, Kim, se muestra aquí, por lo tanto, más hitchcockiano que nunca, si bien eso no es óbice para que, en los momentos adecuados, se marque algunas set pieces de antología: quizás el momento más esplendoroso, por lo sostenido en el tiempo, y por lo catárquico que acaba resultando dentro de la evolución del relato, es el viaje en tren de Shanghái a Seúl –atención al tiroteo en la cafetería, casi un enfrentamiento de western acotado a una sola estancia, y de una contundencia y una brutalidad sorprendentes–.

Una exhibición de músculo narrativo que, sin embargo, no desmerece ese retrato de personajes y de tensiones personales cincelado escena a escena, y que dibuja una visión muy amarga, muy deprimente –y con no pocos paralelismos con la actualidad–, sobre un conflicto político que, a día de hoy, sigue doliéndole profundamente a ambas partes.

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