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Colonia: Las víctimas se merecían más

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Bienintencionado e insuficiente thriller sobre un oscuro episodio chileno: Colonia Dignidad

Esto no pita. El tema da de sí y los actores se esfuerzan, pero la cosa no pita. Una lástima, la verdad, porque hay suficiente material para dar con un buen filme. Tenemos la dictadura de Pinochet con sus abusos, y tenemos instalado en Chile a un sádico tirano religioso proveniente de la Alemania nazi. Tenemos historia de amor entre presos políticos con Emma Watson y Daniel Brühl dando todo lo que pueden, y con un actor de reparto que da miedo, Michael Nyqvist. Y tenemos incluso a un director oscarizado por un cortometraje, Glorian Gallenberger (Quiero ser, 2011).

Lo tenemos todo para dar con una buena historia. Pero no; la cosa no sale. Hay vacíos inexplicables de guion. Todo es previsible, tópico, y falto de tensión hasta la persecución final. Lo peor: no se entra al trapo con los nudos políticos que plantea al inicio.

Colonia nos sitúa en el Chile de 1973. Golpe de Pinochet contra Allende. Desestabilización mundial, y Chile al borde de una guerra civil. Las imágenes de archivo le dan aire de documental. La cinta parece ir en serio y prometer denuncia y justicia.

Daniel (Daniel Brühl) es un activista alemán que trabaja para la revolución de Allende. Mantiene una relación con Lena (Emma Watson), azafata en una aerolínea. Todo les va de rositas hasta que les delatan y el chico es trasladado a Colonia Dignidad. El sitio es aparentemente una misión de caridad aprobado por el gobierno.

Fundada en 1961, la sociedad benefactora está dirigida por Paul Schäfer, alias Pío, un ciudadano alemán de temperamento tiránico formado en las Juventudes Hitlerianas. Schäfer es un tarado que se cree Jesucristo, un déspota espiritual machista. Los amigos de Daniel le dejan tirado, de modo que su amante se vestirá de misionera para introducirse en Colonia Dignidad y salvarle. La cinta cuenta el más de medio año que pasará en este rincón de terror y sadismo luterano, hasta dar con Daniel y una red de túneles subterráneos y de alambres mortales.

Pronto Colonia nos aleja del drama histórico y nos brinda una historia de amor entre extranjeros. Ellos defenderán Chile, sufrirán los abusos de los tiranos chilenos y alemanes, y denunciarán la verdad. Ahí queda todo. Yo-mi-me-conmigo. Solo hay chilenos de cartón piedra, figurantes que pasan por allí. Suena todo a recurso a la americana (yo-soy-el-mejor) para convertir la historia en thriller de culto. Pero no cuela.

La fotografía de Brandt es casi lo mejor y realza la imagen fría y nocturna de Colonia Dignidad. El espacio bien lo merecía. Los datos cantan: tirano depravado, madriguera sectaria, prisión de tortura de la policía secreta de Pinochet, incontables interrogatorios y asesinatos, solo cinco miembros escapados, y cuarenta años de impunidad.

Sí, la película es angosta, oscura, fría, llena de silencios, y claustrofóbica; pero no funciona. No centra la historia ni como thriller, ni como melodrama, ni como denuncia histórica, ni como nada. La caricatura y los trucos se lo comen todo, y los deus ex machina dan soluciones que irritan al espectador (¿cómo consigue Daniel hacer fotos de los túneles y revelarlas? ¿Por qué Schäfer prefiere a Lena?).

El guion construye la historia de Orfeo a la inversa, en la que Lena se introduce en el infierno de Schäfer para rescatar a su amante de las garras de la muerte. Pero tampoco se profundiza en el amor como solución a la barbarie. En este sentido, Colonia podría haber sido una historia de caridad, de amor puro que con sus sacrificios mejora el mundo. Pero el director no ha querido apostar por ello y se dedica a plantear una única opción: escapar. Chile y las víctimas del período se merecían más: subrayar que solo el amor es capaz de liberar al hombre y al mundo entero del mal.

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