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Cómo orar con el cuerpo

© Corinne SIMON/CIRIC
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De pie, de rodillas, sentados,... nuestras posturas expresan nuestra oración

La oración se expresa en el tiempo, con o sin palabras. El acto de rezar tiene un elemento central: el cuerpo.

Las principales posturas que sostienen la elevación del alma a Dios son rezar sentados, de rodillas y de pie. Si se hacen bien, estas posturas favorecen el recogimiento y la atención a Dios. Expresan las disposiciones del alma y la verdad de nuestros sentimientos por Dios.

El lenguaje del cuerpo

El cuerpo humano habla en la oración, podemos confiar en él. Posee su propio vocabulario: suspiro, silencio, grito, lágrimas, gestos, actitudes, súplicas, bendición, canto, danza,… ¿Quién podría dudar de su inteligencia y de su sabiduría?

Ciertamente no esos hindúes parados a orillas del río Ganges inmóviles hasta el amanecer, ni esos judíos vueltos a Jerusalén, ni los musulmanes postrados en dirección a La Meca, ni esos monjes que se inclinan al rezar “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”.

Hay posturas en la oración que se encuentran en todas las religiones, aunque difieran en las representaciones de lo divino: estar de pie para alabar y acoger, arrodillarse y postrarse para adorar y pedir perdón, sentarse para escuchar y meditar.

La oración inspira una actitud física que ayuda a rezar, tanto al cuerpo como al alma, que están estrechamente ligadas, como el aliento lo está a la vida, o el árbol a la tierra.

El cuerpo nos hace tocar el cielo. Expresa la oración a través de gestos sencillos: manos elevadas para interceder y ofrecer, manos abiertas para pedir y recibir, manos juntas para suplicar y recogerse, manos cruzadas sobre el pecho para interiorizar y escuchar.

“Cada día te he invocado, he extendido mis manos hacia ti” (Salmo 88,9).

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