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Si no tuvieras defectos, serías… ¡insoportable!

© Pixabay

Elizabeth Scalia - publicado el 26/01/17

Deja de odiarte y aprovéchate de las cosas buenas de tus debilidades

Vas a la librería y ves estanterías repletas de libros sobre crecimiento personal escritos por personas a las que nunca les faltan ideas sobre cómo mejorar nuestras vidas y estimular nuestro ánimo.

Como los libros de dietas, a cada estación del año le corresponde un lote de títulos que prometen que el amor propio nos colmará de felicidad. Pero los consejos son siempre los mismos:

“¡Sé tú mismo!”

“¡Haz lo que creas correcto!”

“¡Vive tu vida como tú quieras!”

“¡Haz aquello que te haga feliz!”

“¡Vive, ríe, ama!”

La conclusión también es siempre la misma: “lo más importante es creer en ti mismo, ¡porque eres increíble tal y como eres!”.

Todos somos únicos

Por supuesto, si este fuera el caso, la industria del autoperfeccionamiento, valorada hoy día en un millón de dólares, se derrumbaría. Si todos fuéramos conscientes de ser absolutamente fabulosos, estos libros nos resultarían bastante inútiles. El comercio de la autosuperación tiene todo el interés de hacernos creer que no nos gustamos.

Nuestra credulidad ciega conforma su nicho de comercio. Pero existe una razón por la que se siguen viendo obligados a reelaborar la misma fórmula: no hay cincuenta maneras de decir “sois especiales”.

Sí, sabemos que todos somos únicos; hace años que Carl Rogers nos expuso su concepción de la individualidad. Todos tenemos nuestras propias cualidades.

Reconocer nuestros puntos débiles

¿Entonces qué? Pues que igualmente tenemos nuestros propios miedos y debilidades. Así que ¿por qué no celebrarlos también? ¿Acaso no forman parte de nuestra individualidad? ¿No es igual de importante reconocer nuestros puntos débiles que nuestros puntos fuertes? Después de todo, es el conjunto de los dos lo que nos define como individuo único.

Hay algunas cosas que hago muy bien y otras que hago muy mal; soy una persona generosa, pero no soy muy ordenada. Animo fácilmente a los demás, pero me irrito con igual facilidad. Soy feliz de poder ayudar a quien lo necesite, pero puedo ser también egoísta cuando se trata de mi tiempo. Así soy yo; lo bueno y lo malo cohabitan en mí.

Si no tuviera fallos, sería insoportable. ¿Sabes qué es lo que nos hace buenas personas y lo que nos permite estar satisfechos con nosotros mismos?

Hacer algo por algún otro, ya sea un pequeño gesto o algo más elaborado. Involucrarse en hacer cualquier cosa que no se centre en ti mismo tiene muchas ventajas:

  • Alguien se beneficiará de tu ayuda inmediatamente. Es algo de lo que podrás estar orgulloso con toda legitimidad.
  • Tu acción te ayudará a conocer mejor qué hay de excelente en ti y qué hay que no lo es tanto.

Seamos humildes

Tomar consciencia de tus cualidades ayudando a los demás, admitiendo tus límites, te permite ponderar tu autoestima con humildad. Y así precisamente queremos que sea nuestro amor propio: equilibrado.

Si la idea que tienes de ti mismo es equilibrada, si te conoces realmente bien, con tus límites y tus flaquezas, todo aquello que no domines demasiado bien lo dirigirás hacia la fe. Porque al tomar consciencia de aquello que te supera, percibes dónde se encuentra el auténtico poder, y esto te incita por lo general a rezar. La oración es poderosa y extrae su fuerza de la misma fuente del poder.

Y cuanto más bebamos de lo que brota de esta fuente, más resplandeceremos. Y cuando más resplandezcamos, más confianza tendremos. Ahora sabemos que todo no gira en torno a nuestra persona.

Para resumir

  1. Deshazte de tu libro de desarrollo personal. Luego, haz alguna cosa por alguien, un gesto grande o pequeño. “He ayudado” son palabras que nos aportan alegría. Estar satisfecho con uno mismo es lo que buscamos todos.
  2. A continuación has de reconocer tus límites, para no estar demasiado orgulloso de ti mismo y evitar así caer en la presuntuosidad.
  3. Por último, saca fuerzas de la fuente de auxilio más grande del mundo y sigue avanzando.
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