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¿Es verdad que las católicas somos sacerdotisas y reinas?

© El Observador
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Respuesta a la pregunta de una lectora

Si con por el bautismo somos sacerdotes, profetas y reyes, ¿es correcto -hablando en términos femeninos- que como mujeres somos sacerdotisas y reinas?


Hay, en la Iglesia, dos sacerdocios distintos, que vienen conferidos por los sacramentos del bautismo y del orden sacerdotal.

El primero es conocido como sacerdocio de los fieles; es un término mejor que “sacerdocio de los laicos”, porque en realidad lo reciben todos los que han recibido el bautismo, sean laicos, religiosos o sacerdotes.

El segundo da lugar a lo que se conoce como sacerdocio ministerial, y solo lo tienen quienes reciben el sacramento del Orden. Como es sabido, solo unos pocos fieles reciben el sacerdocio ministerial, y éstos, entre otros requisitos, tienen que ser varones.

El sacerdocio, todo sacerdocio, es una participación del sacerdocio de Jesucristo, en sus tres facetas: sacerdotal, profética y real (o regia).

En lo que respecta al sacerdocio de los fieles o sacerdocio común, no hay distinción entre éstos: todos lo reciben por igual. Por tanto no hay distinción entre varón y mujer. Si ha entendido otra cosa, es por no tener en cuenta que el plural genérico –el que sirve para todos- suele decirse con la terminación masculina (suele; no siempre es así: por ejemplo, cuando hablamos de futbolistas no estamos excluyendo a los “futbolistos”); es lo que sucede con “sacerdotes” o “reyes” (pero fíjese en el tercer término: “profetas” también incluye a los “profetos”, si cabe hablar así).

¿Qué significan esas tres dimensiones en el sacerdocio de los fieles? Empecemos por “sacerdote”. Por definición, el sacerdote es un mediador entre Dios y los hombres, y su más específica tarea es ofrecer sacrificios a Dios por los hombres.

Esto no habilita a los laicos para celebrar el sacrificio cristiano, la misa, pero sí a participar del mismo (fíjese en las palabras de la misa: orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro…), de modo que están llamados a ofrecer sus propias vidas y las realidades terrenas que procuran encaminar a Dios.

Lo resume muy bien el nº 901 del Catecismo de la Iglesia Católica, que concluye con estas palabras: De esta manera, también los laicos (…) consagran el mundo mismo a Dios.

El profeta, por definición, es el que habla a los hombres de parte de Dios (no tanto el que predice el futuro: eso, cuando ocurre, es para garantizar su autenticidad). En el caso de los laicos, eso supone una llamada al apostolado en el lugar donde están, testimoniando con su vida y anunciando con su palabra a Jesucristo.

En cuanto a la función real –o regia-, hay que tener en cuenta que, en la Iglesia, el gobierno es fundamentalmente guía, conducir a los hombres por el camino que desemboca en el cielo. Y, si bien es cierto que los laicos pueden desempeñar algún oficio eclesiástico, esta dimensión se refiere sobre todo, en los laicos, a la guía que pueden desempeñar en la vida, conduciendo a las personas hacia la plena comunión con Cristo.

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