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El veneno de culpar a la inmigración de todos los males

AFP PHOTO / ANDREJ ISAKOVIC

Migrants eat hot meals received from volunteers, outside of derelict warehouses which they use as a makeshift shelter, in Belgrade on January 15, 2017, with temperatures just bellow zero Celsius overnight. According to the latest figures, around 7000 migrants are stranded in Serbia. / AFP PHOTO / ANDREJ ISAKOVIC

César Nebot - publicado el 25/01/17

Brexit, la Europa desdibujada y Donald Trump

Hace unos meses escribía un artículo en este medio sobre el Brexit. En él ponía el acento más allá de las consecuencias económicas que en el corto plazo iban a suceder. Estas consecuencias económicas suelen ser como el oleaje que golpea una embarcación cuando otra se aleja de ella. Zozobran de forma inmediata pero al cabo de un tiempo esos impactos se mitigan.

No obstante en el largo plazo hay un efecto que resulta grave y preocupante. El Reino Unido, que siempre ha hecho gala de su soberanía y de gobernar su propio destino, ha abandonado el barco de la Unión Europea convencido por una corriente política populista que aseguraba mejor sortear la crisis por su lado cerrando el espacio de libre circulación de personas, el espacio Schengen.

Si bien la crisis que arrancó en el 2008 fue eminentemente económica, el discurso del Brexit se ha sustentado en argumentos de orden social y político: culpar a la inmigración y recuperar soberanía cedida a la Unión Europea.

El mensaje de culpar a la inmigración de todos los males económicos contiene un veneno en medio de una crisis social que puede poner en jaque la conciencia europea. Se están alimentando los populismos que persiguen situaciones políticas de confrontación y ya se vuelven a alzar voces, que antaño parecían marginales y apagadas, de partidos ultra conservadores que culpan a los inmigrantes de todos los males.

En la fundación de la Unión Europea reside la conciencia de evitar el tipo de confrontación que dio lugar a la Segunda Guerra Mundial.

El movimiento nazi en Alemania instrumentalizó la crisis política y social del periodo de entreguerras para hacerse con el poder, culpando a todo aquel extranjero, extraño o de raza diferente y convirtiéndolos en objetivo de toda la ira.

Tras aquel horror, se planificó para Europa la instauración de una especie de Estados Unidos de Europa como garante de un espacio de libertad y desarrollo humano. En consecuencia, una Europa que a día de hoy se pueda contagiar del populismo demonizador de la inmigración dejaría de ser la Europa con la que se soñó para caer en la pesadilla fraticida.

Tras el Brexit, Donald Trump se ha alzado con la presidencia de los Estados Unidos de América con otro discurso populista contra la inmigración. Aquello que pensábamos que del siglo XX ya estaba superado vuelve en una reedición grotesca de sí mismo. Lo que hace unos años parecía impensable está aconteciendo y eso da alas a aquellos partidos europeos continentales que ven en este tipo de mensajes una posibilidad para conquistar espacios de poder político e influencia social.

Por otra parte, en los medios de comunicación, hace un sólo un año, copaban sus espacios con noticias sensibilizadoras que ponían de manifiesto las pésimas condiciones que sufrían familias enteras de asilados sirios huyendo de la guerra. Hoy las noticias miran a otro lado en plena ola de frío que congela los sueños de supervivencia de estas familias abandonadas en campamentos de refugiados.

Europa no sólo se ha anestesiado frente al dolor humano; Europa está dejando de ser el espacio de desarrollo humano al que aspiraba tras la segunda Guerra Mundial.

No somos lo que decimos si no que nos define lo que hacemos y en el tema de la inmigración estamos quedando tristemente retratados. Como proyecto nuestra Europa se está desdibujando. A este paso, dentro de unos años corremos el peligro de que se repita la Historia y acabemos extrañados ante la pregunta de cómo ha sido posible. Simplemente no ha sido posible, es que lo hemos hecho posible.

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