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La molesta debilidad… podría ser tu tesoro

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No quiero ser blando, pero tantas veces experimento mi fragilidad

Me duele mi debilidad cuando la miro. A veces me conmueve la debilidad cuando la veo en otros, o en mí mismo. Otras veces me desprecio al verme débil. Me da vergüenza reconocerlo.

Me atrae más la fortaleza del hombre fiel, del santo heroico, del que nunca dudó ni tuvo miedo. Del hombre con poderes que no se turbó en la prueba. La solidez del que no tuvo dudas. Pero sé que no es real, aunque me atraiga.

Es verdad que conmigo soy más indulgente que con los otros. Me excuso con facilidad cuando caigo y soy débil. Me resulta difícil aceptar la debilidad que me molesta. Me cuesta mirar la infidelidad de otros. También la mía.

Me cuestan las caídas repetidas. Las súplicas de perdón constantes. Me duele el error continuo. Como ese árbol frágil que cae una y mil veces. Sin raíces. Sin solidez.

Kichijiro en la película Silencio representa la debilidad de Judas. La fragilidad del mismo Pedro. Mi propia debilidad. Decía de sí mismo: “Yo sólo tengo la fuerza de un arbolito recién plantado. Y si el retoño es raquítico, jamás dará un árbol por más que se le abone”[1].

Tal vez el débil espeja mi propia debilidad. Y me frustro. El pecado resalta mi propio pecado. En la debilidad me veo reflejado sin yo quererlo. Me duele ser débil.

El jesuita misionero Sebastián reflexionaba: “No se puede exigir a todos los hombres que sean santos y héroes. Cuántos de nuestros cristianos, de no haberles tocado nacer en una época de persecución, sin la alternativa de apostatar o perder la vida, hubieran continuado fieles a su fe, sin desfallecer”[2].

En la persecución, en los momentos duros, ¿cómo puedo resistir? No lo sé. Ya en tiempos tranquilos es difícil una fidelidad probada. En tiempos de prueba es todavía más complicado.

Y añadía pensando sobre sí mismo: “Los hombres nacen ya en dos categorías. Los fuertes y los débiles. Los santos y los mediocres. Los héroes y los cobardes. En tiempos de persecución, los fuertes se dejarán quemar a fuego lento, se dejarán tirar al mar por amor a su fe. Pero los débiles se ven obligados a vagar por los montes, como este Kichijiro. Y tú, ¿a qué categoría perteneces?”[3].

Creo que no es tan así. Pienso que hay una sola categoría, la humana. Yo puedo caer y levantarme siempre de nuevo. Soy débil, soy fuerte. Pero me sigue doliendo cuando soy débil, cuando otros son débiles.

La debilidad huele a traición, a fracaso. Negar a Jesús una y otra vez y seguir caminando suplicando perdón. El sentimiento de culpa por no haber estado a la altura esperada, por no haber pasado la prueba difícil.

Pienso en el padre José Kentenich que el 20 de enero de 1942 entregó su vida en las manos de Dios. Vio claro una noche oscura que Dios le pedía no poner medios humanos y dejarle a Él actuar. Algo vio esa noche en su interior.

Dio su sí a lo que pudiera venir. Confiando en esa mano de María que de forma extraordinaria podría liberarlo en el último momento de ir al campo de concentración de Dachau. Esa noche en silencio entregó su vida. Se abandonó en manos de Dios. Me parece heroico.

¿Y si hubiera aceptado el informe del médico que lo liberaba de una muerte segura? Nadie se lo hubiera recriminado. No era un signo de debilidad. Hubiera sido ver en lo humano la voluntad de Dios.

El Padre Kentenich sólo quería buscar la voluntad de Dios y adherirse a ella. Acogerla en su debilidad. Ponerse en manos de Dios sin atarse a sus planes y deseos. Fue un salto de confianza audaz.

El Padre Kentenich no era un hombre perfecto. Era un hombre débil que se puso en manos de María. Y se dejó hacer: “La cera líquida es capaz de correr dentro del molde al que fue destinada. El alma, como cera blanda, recibe la impronta de Jesús crucificado”[4]. Su vida como cera líquida. El calor del Espíritu.

Se hizo manso a los planes de Dios. Manso como paso para ser reflejo de Jesús: No confundamos blandura con mansedumbre. Ser mansos significa también ser valientes y asumir responsabilidades[5].

Yo no quiero ser blando, ni débil. Pero tantas veces experimento mi fragilidad. Mi blandura. Me veo ante la vida y sus desafíos y caigo roto. Todo me desborda. No me creo héroe. Tropiezo tantas veces con mi debilidad manifiesta.

Brota en mis labios el no en lugar del sí. Como un susurro. Y caigo. Me levanto de nuevo como Kichijiro pidiendo perdón. Volviendo a traicionar. Volviendo a suplicar misericordia. Así me veo en mi pecado. ¿Será mi debilidad camino de salvación?

Escribe Juan Manuel de la Prada: “Sólo el hombre que se reconoce débil, que se sabe herido por las flaquezas propias de la naturaleza humana, puede aspirar a vencerlas. Pues sólo quien humildemente se reconoce hecho de barro puede aspirar a alzarse de su abyección, con ayuda de sus semejantes y con el auxilio de la gracia divina”.

Creo que es así. Sólo en mi debilidad. Sólo cuando soy débil y necesito la misericordia de Dios. El Padre Kentenich lo vivió en su vida: “El hombre que ante Dios se reconozca pequeño y confiese su miseria, será en cierto sentido omnipotenteante Dios y Dios omnipotente será a su vez impotenteante él”[6].

Mi debilidad reconocida. Mi miseria aceptada. Quiero aceptar que solo no puedo. No creerme por encima de nadie en su pecado. Reconocer que mi culpa es mía. Porque soy débil. Porque caigo y reniego tantas veces.

Porque vivo en tiempos de paz donde no soy perseguido. Y tantas veces cobarde no expongo mi visión de la vida en ambientes hostiles. Y me escondo y protejo mi fama. Y me guardo para no ser herido, ni rechazado, ni criticado.

Detesto la debilidad en el hombre. En mí mismo. La escondo. Y me atrae el hombre que se sabe débil y sigue luchando y dando la vida. Me atrae el converso que lo ha dejado todo y ha vuelto a empezar. Como si pensara que siempre hay una oportunidad más para aquel que no ha sido fiel alguna vez en el camino.

La traición no es para siempre. Como Pedro que negó a Jesús tres veces. Escupió en su rostro esa misma noche. Y lloró cobarde. Y yo mismo lo niego en mis silencios culpables. En mis cobardías cotidianas. En mis juicios miserables.

Yo mismo soy torpe al andar y caigo tropezando torpemente con mi cuerpo herido. Y añoro una fidelidad perfecta. Una ausencia de miedo. Una lealtad a prueba de todo. Y al no tenerla me conmuevo. Y deseo una misericordia que no se detenga en mi culpa y no se recree en mi pecado.

 

[1] Shusaku Endo, Jaime Fernández, José Fernández, Silencio (Narrativas Históricas)

[2] Shusaku Endo, Jaime Fernández, José Fernández, Silencio (Narrativas Históricas)

[3] Shusaku Endo, Jaime Fernández, José Fernández, Silencio (Narrativas Históricas)

[4] J. Kentenich, Envía tu Espíritu

[5] J. Kentenich, Envía tu Espíritu

[6] J. Kentenich, Niños ante Dios

Tags:
debilidad
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