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Obispo fallece y dona su cuerpo a la ciencia

Conferencia Episcopal Española - Mons. Camprodon

Vatican Insider - publicado el 23/01/17

Vincenzo Paglia: Se trata de un gesto de generosidad

«La última voluntad de nuestro obispo era que sus restos fueran donados a la investigación científica». Fue el mismo Francesc Pardo Artigas, actual pastor de Girona, ciudad que representa el alma de la cultura catalana, cerca de Barcelona, quien anunció en un comunicado a los fieles de San Esteban la muerte de monseñor Jaume Caprodon i Rovira, su predecesor de 1973 a 2001.

Durante el funeral, celebrado en la catedral, en una de las regiones más secularizadas de la península ibérica, estaba el ataúd pero no su cuerpo.

La cripta preparada en la catedral para conservar los restos de los obispos titulares no fue abierta. Por lo tanto, su cuerpo se lo regaló a los estudiantes de Anatomía. La Misa fue oficiada por Pardo Artigas, en compañía de cardenales y obispos de la región.

«Era consciente —escribió Pardo Artigas a los fieles— de que desde el primer infarto que tuvo, hace años, la medicina había hecho mucho por él y, como agradecimiento, quería hacer la donación de su cuerpo para poder ayudar a la investigación de todas las enfermedades.».

Fue la misma diócesis, «inmediatamente después de su muerte, la que cumplió su voluntad». El comunicado del obispo fue retomado el pasado martes 27 de diciembre por la Conferencia Episcopal de España, un día después de la muerte de Caprodon i Rovira. Y, por lo menos oficialmente, nadie en la Iglesia se opuso a su decisión.

Camprodon había cumplido 90 años. Era un obispo de Concilio Vaticano II; en el año 2000 pidió públicamente perdón por el comportamiento de la Iglesia durante la dictadura franquista. Provocó algún revuelo cuando invitó a los fieles a hablar en catalán; hay quienes lo comparaban con Papa Francisco. Como Bergoglio, él también renunció al aposento del obispo en el palacio episcopal. También rechazó la Cruz de Sant Jordi, prestigioso reconocimiento del gobierno catalán.

Los fieles lo recuerdan como un hombre sencillo. En su última entrevista dijo que sus mejores recuerdos de obispo eran las ordenaciones de jóvenes sacerdotes. «Simplicidad y afabilidad eran normales en el obispo Jaume —dice de él Carles Soler, otro obispo de Girona entre 2001 y 2008. Sus gestos y sus maneras de actuar nunca eran clamorosos, no quería llamar la atención, sino ser siempre eficaz».

Este último gesto póstumo fue, sin duda, clamoroso. Lo reconoce el mismo Camprodon: «Si alguno se sorprende por el destino de mis restos mortales —escribió en el testamento—, sepa que lo he decidido como contribución a la sociedad, de la cual he recibido tanto, y como gesto de comunión con el pan partido y compartido en la mesa de la Eucaristía». El funeral, como pidió, fue muy simple y «sin elogios para el difunto».

Vatican Insider habló con monseñor Vincenzo Paglia, que justamente en estos días ha comenzado su servicio, después del nombramiento de Papa Francisco del 15 de agosto de 2016, como nuevo Presidente de la Pontificia Academia para la Vida.

¿Qué fue lo primero que pensó después de haberse enterado de la decisión de Jaume Camprodon i Rovira?

Conociendo la personalidad del obispo, se trata de un gesto de generosidad, por parte suya. Su agradecimiento por la curación se transformó en la decisión de dar un aporte para nuevas investigaciones científicas, a favor de los demás.

Recibió ayuda para vencer un momento crítico de su vida. En este sentido, ese gesto, en mi opinión, tiene un valor simbólico que no hay que generalizar, sino considerar con atención. Demuestra por una parte la humanidad de este obispo y, por otra, se inscribe dentro de esta experiencia particular suya, que es la que da un valor simbólico a su decisión. No pretende dictar una regla de comportamiento generalizado. Es bueno subrayarlo.

Un fiel podría simplificar: «Entonces no podemos cremar nuestros cuerpos, pero ¿podemos donar nuestro cadáver a la ciencia?»

Repito, nos encontramos en un campo que sería el de la ejemplaridad y del simbolismo. La Congregación para la Doctrina de la Fe ha intervenido recientemente sobre el tema de la cremación, para enmarcarla en una perspectiva humanista, que me parece ha reducido mucho las contraposiciones: ahora es un tema absolutamente tratable.

Por mi parte, creo que es importante conservar una delicadeza en todo lo relacionado con la muerte y sus ritos. En una sociedad que quiere arrumbar, olvidar o exorcizar la muerte, yo no echaría todo al aire. Hay un lenguaje, hay ciertos gestos, hay una cierta corporalidad que son importantes. Para los que lloran a su ser querido. Este lenguaje nos ayuda a comprender también el sentido de la muerte del cuerpo, que debe ser rodeado de afecto y amor, como hemos hecho durante siglos.

La presencia del cuerpo de la persona difunta tiene un peso para que se vuelvan concretos los sentimientos, para que sean históricos, bellos, profundos. La muerte ha estado rodeada desde siempre por un enorme pensamiento de arte, de música, de arquitectura que expresa toda esta necesidad humana.

Entonces, no es casual que en el texto de la Congregación para la Doctrina de la Fe se considere la cremación, sí, pero con tal de que no anule la relación física, por lo tanto la belleza de la presencia de los cementerios en los lugares públicos, porque nos recuerda una común perspectiva que hay que tener bien presente. Frente a todos los muros que se construyen, a todos los alambres de púas que se extienden, yo creo que un lugar en el que no existen muros es útil para comprender cómo se vive, y no solo cómo se muere.

¿Este caso del obispo español puede mejorar la relación y el diálogo entre la fe y la ciencia? Usted, excelencia, cómo interpreta, a la luz de la decisión del obispo español, la relación (menos «filosófica» y más práctica) entre la fe y la técnica científica?

Esta decisión del obispo emérito de Girona toca un tema particularmente delicado, que es el de la relación de lo humano con la ciencia y la técnica, relación que está asumiendo nuevas facetas.

Mientras en el pasado la técnica podía ser considerada como un instrumento, hoy se está convirtiendo en una cultura extendida y omnicomprensiva: en esta perspectiva, un diálogo entre el humanismo y la técnica es indispensable, siempre y cuando no sea completamente asertivo porque se anularía en una lógica que sería solamente técnica.

La técnica, por su naturaleza, no tiene alma, no tiene sueños, no tiene ese hilo de misterio que es indispensable para la vida humana. No todo puede ser encomendado a la técnica, porque de lo contrario todo será encomendado al mercado, a quien tiene los medios para desarrollar la técnica y, al final de cuentas, a la ley del más fuerte: las ganancias y la explotación serían cada vez más riesgosos.

Es por ello que la vida y la muerte vinculadas por el misterio son indispensables. Para un progreso científico que respete siempre la centralidad del ser humano, para un progreso científico verdaderamente «humanista» y no regido por sí mismo.

El Pontífice lo eligió como Presidente de la Pontificia Academia para la Vida. ¿Qué le parece este encargo y cuáles son sus objetivos?

El 2 de enero comenzó una nueva perspectiva para la Academia de la Vida. Justamente en su institución, la Academia escribió su mandato: está llamada, con respecto a las grandes fronteras de la vida y de las potencialidades y límites que van surgiendo en transformaciones históricas, que se abren con la técnica, a recorrerlas todas.

Pero justamente para poder identificar esa indispensable perspectiva humanista a la que me refería antes. En este sentido, el término vida adquiere un horizonte amplio, se consideran todas las fronteras de lo humano, es muy vasto y se ocupa de todas las cuestiones que se relacionan con la biotecnología, la bioética, la robótica, pero también de la vida entendida como desarrollo de las edades de la existencia y, por lo tanto, no solo desde el nacimiento, la juventud, hasta la vida adulta y a la extensión inédita en la historia humana de la edad anciana, sino también abarca temas poco explorados: por ejemplo el sentido de los nueve meses de simbiósis de una madre con su niño o las fronteras de exploración del llamado «útero en alquiler» o de la «maternidad subrogada».

Y después está todo el tema de la vida de la ecología humana, la relación con la contaminación, las perspectivas de una justicia incluso en el horizonte de la medicina. Pensemos en el problema de la desigualdad en la distribución de medicinas, en la falta de derecho a las curas, que todavía no se advierte como un derecho humano del siglo XXI.

La Academia de la Vida no es ajena a una reflexión sobre el tema de lo que destruye a la vida masivamente, como las pandemias, las guerras, frente a la cual parecen haber caído los rechazos que se habían creado en la conciencia tras la Segunda Guerra Mundial.

Guerra quiere decir eliminar a niños, civiles, mujeres, ancianos, vidas humanas brutalizadas y llevadas a la brutalidad, hasta la destrucción de la vida no solo humana, sino también biológica. Deberíamos plantearnos con seriedad una pregunta que lanzó don Luigi Struzo a mediados del siglo pasado.

Si la guerra no es declarada oficialmente «contra la ley» en el planeta, ¿cómo llegó a hacerlo la conciencia del mundo con la esclavitud y la tortura? Ese es, me parece, el fascinante y tremendo horizonte que con la Pontificia Academia para la Vida queremos afrontar y recorrer dialogando con todas las culturas.

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