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El Papa agradece a los dominicos: hay que rechazar el carnaval mundano

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¿Cómo se da este paso de la superficialidad casi-afectuosa a la glorificación?

Al crear la orden de los dominicos, Santo Domingo de Guzmán hizo «una bora al servicio del Evangelio, predicado con la palabra y la vida, una obra que, con la gracia del Espíritu Santo, hizo que muchos hombres y mujeres hayan sido ayudados a no perderse en medio del ‘carnaval’ de la curiosidad mundana, sino que hayan escuchado el gusto de la sana doctrina, el gusto del Evangelio, y se hayan convertido, a su vez, en luz y sal, artesanos de obras buenas… y los verdaderos hermanos y hermanas que glorifican a Dios y enseñan a glorificar a Dios con las buenas obras de la vida».

Lo dijo Papa Francisco en la homilía de la Misa que presidió en San Juan de Letrán, hoy, 21 de enero, por la tarde, como conclusión del «jubileo» (del 7 de noviembre de 2015 al 21 de enero de 2017) celebrado por los jesuitas en el 800 aniversario de su fundación.

La Palabra de Dios, hoy, comenzó Francisco durante la misa que cayó en el comienzo del carnaval, «nos presenta dos escenarios humanos opuestos: de una parte el “carnaval” de la curiosidad mundana; de la otra, la glorificación del Padre mediante las obras buenas. Y nuestra vida se mueve siempre entre estos dos escenarios». También Santo Domingo con sus primeros hermanos, hace ya 800 años, «se movía entre estos dos escenarios».

San Pablo, subrayó Jorge Mario Bergoglio, «advierte a Timoteo que deberá anunciar el Evangelio en un contexto en que la gente busca siempre nuevos “maestros”, “cuentos”, doctrinas diversas, ideologías… “Prurientes auribus”. Es el “carnaval” de la curiosidad mundana, de la seducción. Por esto el Apóstol instruye a su discípulo usando incluso verbos fuertes, como “insiste”, “advierte”, “reprocha”, “exhorta”, y luego “vigila”, “soporta los sufrimientos”».

«Es interesante —continuó el Papa— ver cómo ya entonces, dos milenios atrás, los apóstoles del Evangelio se encontraban ante este escenario, que en nuestros días se ha desarrollado mucho y globalizado a causa de la seducción del relativismo subjetivista.

La tendencia de la búsqueda de novedad propia del ser humano encuentra el ambiente ideal en la sociedad del aparentar, del consumo, en el cual muchas veces se reciclan cosas viejas, pero lo importante es hacerlas parecer como nuevas, atrayentes, seductoras. También la verdad es enmascarada. Nos movemos en la así llamada “sociedad liquida” —dijo el Papa citando al sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman—, sin puntos fijos, desordenada, sin referencias sólidas y estables; en la cultura de lo efímero, del usa y tira».

«Frente a este “carnaval” mundano resalta netamente el escenario opuesto, que encontramos en las palabras de Jesús que hemos escuchado: “glorifiquen al Padre que está en el cielo”», dijo Bergoglio. «Y ¿cómo se da este paso de la superficialidad casi-afectuosa a la glorificación? Se da gracias a las buenas obras de aquellos que, se hacen discípulos de Jesús, y son “sal” y “luz”».

En este sentido, «en medio del “carnaval” de ayer y hoy, esta es la respuesta de Jesús y de la Iglesia, este es la base sólida en medio del ambiente “liquido”: las buenas obras que podemos realizar gracias a Cristo y a su Santo Espíritu, y que hacen nacer en el corazón el agradecimiento a Dios Padre, la alabanza, o al menos la maravilla y la pregunta: ¿Por qué?, ¿Por qué esta persona se comporta así?: la inquietud del mundo ante el testimonio del Evangelio. Pero para que este “sacudón” suceda se necesita que la sal no pierda el sabor y la luz no se esconda».

Jesús, concluyó el Papa jesuita, «lo dice muy claramente: si la sal pierde su sabor no sirve para nada. ¡Cuidado que la sal pierda su sabor! ¡Atención a una Iglesia que pierde el sabor! ¡Cuidado que un sacerdote, un consagrado, una congregación que pierde su sabor!

Hoy nosotros damos gloria al Padre por la obra que Santo Domingo, lleno de la luz y de la sal de Cristo, ha realizado ochocientos años atrás; una obra al servicio del Evangelio, predicado con la palabra y con la vida; una obra que, con la gracia del Espíritu Santo, ha hecho que muchos hombres y mujeres sean ayudados a no perderse en medio del “carnaval” de la curiosidad mundana, sino en cambio hayan escuchado el gusto de la sana doctrina, el gusto del Evangelio, y se hayan convertido, a su vez, en luz y sal, artesanos de obras buenas… y los verdaderos hermanos y hermanas que glorifican a Dios y enseñan a glorificar a Dios con las buenas obras de la vida».

La misa que presidió Francisco en San Juan de Letrán marca la conclusión del Jubileo dominico, que fue coronado, hace algunos días (del 17 al 21 de enero), por un congreso internacional de los dominicos, titulado «Enviados a predicar el Evangelio». Entre las oraciones de los fieles, estuvieron una «por las mujeres, los hombres y los niños que se han visto obligados a huir de sus países, para que Dios les dé fuerza y esperanza y convierta nuestros corazones a la justicia, para que encontremos nuevas formas de compartir».

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