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La crisis de un ginecólogo abortista: tengo náuseas, quisiera hacerme objetor

Public Domain
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"Conforme más sigo haciéndolos, peor me siento. Nunca vi una mamá feliz con su aborto"

De vez en cuando aparecen artículos que dejan literalmente en shock. El del Corriere della Sera del pasado 22 de noviembre es uno de estos, se trata de la entrevista al doctor Massimo Segato, vice primero de Ginecología en el hospital de Valdagno (Italia).

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El tema de las preguntas es el aborto y la objeción de conciencia, pero las palabras del ginecólogo abortista dejan con la boca abierta.

Radical, socialista y ateo (pero respetuoso), el doctor Segato comienza con el recuerdo de una interrupción del embarazo malograda: “Había aspirado algo que no era el embrión, me equivoqué. Una mañana volví a encontrar a aquella mujer, acababa de dar a luz. Me paró y me dijo: ¿se acuerda de mí, doctor? ¿Ve esto? [Mostrándole el bebé, n.d.e] Este es su error”.

“La madre sonreía”, recuerda el ginecólogo, que entonces practicaba 300 abortos al año. “Allí tuve mi primera crisis de conciencia. Y repite: “El error más bello de mi vida. El niño crecía inteligente y vivaz. Un día la señora llegó incluso a darme las gracias por mi error. Es decir, dio gracias al Cielo. Cuando nació en cambio quería denunciarme”.

Es el destino de todas las madres, ninguna se arrepintió jamás de haber decidido llevar adelante el embarazo y no matar la vida en su vientre.

Ese día marcó la vida del ginecólogo abortista: “Cada vez que salía de la sala operatoria tenía un sentimiento de náusea. Empezaba a preguntarme si de verdad estaba haciendo lo correcto. ¿Cuántos niños no nacidos podían ser como ese pequeño? Pero me respondía que sí, que era justo. Lo era para aquellas mujeres”.

Es el problema de las leyes que legitiman el aborto: una vida humana vale menos que el (presunto) derecho de la mujer a no querer seguir con el embarazo (derecho inexistente, como afirma el jurista Vladimiro Zagrebelsky).

“Seguía haciéndolos sólo por compromiso civil, por coherencia”afirma en la entrevista. “Alguien tenía que hacer el trabajo sucio, y yo era uno de esos y aún lo soy. Es como ir a la guerra para un soldado. Si el Estado decide que hay que ir, tiene que haber alguien que vaya. Si el Estado decide, hay que obedecer”. Palabras terribles.

Hoy el doctor Segato no hace casi ya abortos, “si puedo lo evito y estoy contento. Lo sé, debería hacerme objetor, pero no lo hago por no retractarme de mi decisión inicial”.

“La verdad es que cuanto más pasan los años, peor estoy, e intervengo así sólo para las emergencias. Pero si sucede no estoy sereno. Como no lo están las mamás que en tantos años han pasado por mi consulta. Nunca he visto a una feliz por su aborto. Al contrario, muchas son devoradas para siempre por el sentido de culpa. Cuando las vuelvo a ver me dicen, ‘doctor, tengo siempre esa cicatriz, me la llevaré a la tumba’. Después piensas y vuelves a pensar, y te dices que para muchas de ellas habría sido peor no hacerlo, y así vas adelante, autoabsolviéndote”.

Una absolución ilusoria, porque suprimir una vida humana para satisfacer un deseo de no tener un niño es un crimen moral, y lo demuestra precisamente el desasosiego de este ginecólogo.

Las palabras y la honradez del médico italiano son casi conmovedoras para quienes luchan por los derechos de los niños no nacidos. Sentimos el deber de darle las gracias, como también al periodista Andrea Pasqualetto que le entrevistó.

Sus palabras recuerdan muy bien las de una colega suya, también abortista, Alessandra Kustermann, ginecóloga e interna de obstetricia y ginecología en la clínica Mangiagalli de Milán: “Sé perfectamente que estoy suprimiendo una vida. Y no un feto, sino un futuro niño”, admitió en 2011. “Cada vez siento un remordimiento y un malestar indecibles.

Remordimiento, malestar, disgusto, náusea,… estas son las sensaciones que experimentan los médicos abortistas cuando interrumpen una vida humana. Esta es la única respuesta a quienes preguntan, maliciosamente, por qué casi el 80% de los ginecólogos ha decidido no seguir haciendo abortos, sospechando quizás que lo hacen por beneficio económico o hipocresía.

Siguen haciéndolo, sin embargo, convencidos de que hacen el bien a alguien, aunque -como admite el doctor Segato- “nunca he visto a alguna feliz con su aborto. Al contrario, muchas mujeres son devoradas para siempre por el sentido de culpa.

Artículo originalmente publicado en italiano por Unione Cristiani Cattolici Razionali

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