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Hermano Fiorenzo, el cirujano de los milagros

Vatican Insider - publicado el 17/01/17

A las cinco de la mañana se prepara y entra a la sala de operaciones. A las 22 vuelve a su casa para comer apresuradamente. El cansancio no le quita la sonrisa. El mérito es de la fe, porque «el Evangelio nos recuerda que incluso un solo vaso de agua ofrecido a los más pequeños es un vaso de agua ofrecido al Señor. Si lo pensamos, alrededor de nosotros habría menos divisiones, menos disparidades, más justicia y más paz».

Desde hace casi 50 años, Fiorenzo Priuli está en África, en donde ha dado un gran impulso a los hospitales de Afañan (Togo) y de Tanguietá (Benín), que para muchos representa la única posibilidad para acceder a curas médicas: «En África, o pagas o te mueres». Son 16 mil los enfermos (musulmanes, cristianos, animosas…) que han encontrado una respuesta a su grito de ayuda. Comenzó como médico cirujano, pero mientras tanto se fue especializando, porque la necesidad afila el ingenio, como hepatólogo e internista. Lo llaman «el hombre de las manos de oro». El hermano Fiorenzo pronunció los votos de pobreza, obediencia y hospitalidad siguiendo la huella de San Juan de Dios, el fundador de la Orden.

En la cotidianidad hace un trabajo extraordinario. «Nuestro carisma —cuenta— es el de la hospitalidad y de la misericordia. En la Biblia está escrito que hay que ir a decir lo que hemos visto… que los cojos caminan. Este es el trabajo de todos los días. Y cada día es algo maravilloso, porque el Señor nos llama a aliviar los sufrimientos». A pesar de los achaques (como un fémur fracturado) siempre está en movimiento, con una «sola preocupación, que es la edad, puesto que ya llegue a los 70 años». Francia, con Chirac, lo condecoró con la Legión de Honor. Fue el primero que operó y rehabilitó de las piernas a chicos paralizados por la poliomielitis. Fue de los primeros que se ocupó del VIH y descubrió, bajo la égida de la OMS, la eficacia de las hojas del Combretum micranthum (conocido como kinkéliba) para retrasar el proceso de la enfermedad.

Hoy trabaja en los corredores del hospital Saint-Jean-de-Dieu de Tanguietá. A unos 600 kilómetros al norte de la capital Cotonou, esta estructura con sus 350 camas acoge a la población local y a muchas personas que atraviesan las fronteras de Níger, Burkina Faso y Togo. En esta región pobre, extremadamente pobre, las personas viven en cabañas o en pequeñas construcciones de adobe. Las condiciones climáticas (más de 45 grados centígrados en verano) además de la desnutrición condicionan la vida de todos los días. Fiorenzo Priuli logró a formar y hacer que creciera, no sin esfuerzos, el personal local en una realidad (8 religiosos, 9 religiosas y un capellán diocesano) que debe siempre estar lista, de día y de noche, para cualquier emergencia. Ha enseñado, pero también ha aprendido mucho: «He aprendido a tener paciencia y a soportar el dolor y las pruebas. Aquí no existe la hora, sino el tiempo». En estos años ha involucrado a muchos profesionistas cualificados que, incluso solo durante una decena de días, se dirigen a Benín y «dedican una parte de sus vacaciones para operar patologías raras». Y si, obviamente, no todos tienen las capacidades técnicas, todos tienen un mandato: «hacer el bien allí en donde se está, en el contexto en el que se vive».

Hace veinte años, la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios creó una asociación, «Unidos por Tanguietá y Afañan (UTA onlus)», que se ocupa precisamente de reunir fondos para los dos Hospitales. Recientemente publicaron el libro «África siempre en el corazón», que describe las intervenciones que se han llevado a cabo a lo largo del tiempo y, sobre todo, la gran red de generosidad que permite que Fiorenzo y los demás misioneros se sientan un poco menos solos.

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