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¿Por qué a veces el párroco pide dinero en Misa?

7 min de lectura
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Crédito: Sybillla

El dinero que recibe la Iglesia no es tanto como muchos imaginan, pero es seguro que el párroco no comentará qué pasa con los escasos donativos de los fieles.

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La Iglesia se sostiene con los donativos que aportan los fieles cuando acuden a Misa, lo que comúnmente llamamos "limosnas", que, hay que decirlo, no son tantas como algunos creen. A pesar de ello, es casi seguro que ningún párroco se quejará de ello en la celebración; sin embargo, el dinero que reciben se usa para solventar muchos gastos que casi nadie considera.

¡Dinero, dinero y dinero!

En cuanto a las colectas especiales, esas que para las que se entregan sobres rotulados con la intención expresa, es posible que sin darte cuenta empieces a refunfuñar “¡Dinero, dinero y dinero! ¡Es lo único de lo que habla el padre!”.

Pues hay que saber un secreto: al padre le gusta menos que a ti. Y otro secreto: ya sea una o dos veces al año (que es lo estándar) o con más frecuencia (cuando la necesidad aprieta), lo más probable es que siempre que el párroco mencione el dinero, no lo haga ni de lejos con la frecuencia que debiera.

Volvamos sobre la primera parte. Tu párroco vive su vocación sacerdotal para predicar el Evangelio, suministrar los sacramentos y llevar al pueblo hasta Cristo.

El sacerdote diocesano normalmente detesta tener que hablar de dinero, incluso más de lo que tú detestas oír mencionarlo.

Por suerte, lo más seguro es que tu párroco disponga ahora de más recursos de los que ayudarse que los pastores de la época de tus padres o abuelos.

La administración en la Iglesia

Las oficinas de administración diocesana y muchas parroquias tienen comités financieros o consejos parroquiales con miembros que tienen formación en administración de empresas y finanzas.

Así que los párrocos tienen más ayuda para tomar decisiones financieras prudentes.

Pero hay una cosa que no ha cambiado con las generaciones, y se trata del motivo por el que el párroco no puede hablar suficiente de dinero, aunque le sobre razón. Y es, principalmente, porque la gente no lo toma a bien.

Sin embargo, hay que considerar que los sacerdotes ofrecen sus servicios a la comunidad y, en retribución, la comunidad debe apoyarlos, porque también comen y tienen necesidades.

Además, los servicios con que cuentan las iglesias también cuestan y hay que pagarlos: la luz, el agua, los empleados, y más.

Nadie quiere hablar de los costes del funcionamiento básico de una parroquia, pero el caso es que si no se cubren, no habrá lugar de oración para la comunidad, ni apoyo para los muchos ministerios y esfuerzos de divulgación que hacen de una parroquia mucho más que un simple edificio.

Al sacerdote no le gusta pedir

A ningún sacerdote le gusta tener que pedir dinero a la congregación desde el púlpito.

Pero cuando hay tan pocos de entre nosotros que con casi ninguna noción de la administración real de la parroquia o tantos que carecen de compromiso, a menudo al párroco no le queda otra opción.

Este término, administración, se ha vuelto bastante familiar en los últimos años, con el llamamiento de los católicos a un discipulado más integrado y consciente.

En las parroquias donde se han asentado actitudes y prácticas de auténtica administración, existe un extenso compromiso compartido y prácticamente constante de tiempo, talento y tesoro.

Se manifiesta en mayores niveles de asistencia, evangelización exitosa y ministerios parroquiales bien financiados. También se manifiesta en que el párroco no necesita hablar de dinero tan a menudo.

No obstante, pasa con demasiada frecuencia que los pastores se topan con tantas dificultades de los feligreses con el elemento del “tesoro” de la administración, que las parroquias se conforman con compromisos de tiempo y talento que en cualquier caso vienen del mismo grupo de personas que siempre se ofrecen voluntarias.

Y como el tiempo y el talento no sustituyen al tesoro, el pobre párroco tiene que volver a pedir desde el púlpito.

Así se hace que el donativo parroquial parezca como que a uno le están persiguiendo para pagar un retraso en la factura de la luz, cuando en realidad debería ser una respuesta de gratitud hacia los dones de Dios y un hábito regular del discipulado católico.

Así que la cruda verdad es que nuestras parroquias salen adelante con muy poco y de muy pocos.

(Y paradójicamente, esto es un problema especial para las parroquias más grandes, quizás porque todo el mundo cree que todos los demás están donando).

La buena noticia es que para cambiar la situación no haría falta mucho de nosotros. Aquí hay algunas cosas que habríamos de considerar para este año.

1Dona conscientemente

Incluye a la parroquia en tu presupuesto familiar. Ya sea de forma anual, mensual o semanal, haz que el donativo a tu parroquia sea una partida presupuestaria. Planificar esto con antelación te evitará tener que rebuscar en tus bolsillos buscando algo de suelto cuando pase el canasto. Usar sobres de donativos semanales o participar en un programa de donaciones por Internet, si tu parroquia ofrece alguno, son dos buenas formas de hacer tu donación de forma más consciente.

2Dona como prioridad

Cuando nos toca determinar cuánto donamos a nuestra parroquia, la mayoría de nosotros estudia qué es lo que sobra después de que se hayan cubierto otras obligaciones. Donamos de entre la escasez y el miedo, en vez de desde la gratitud. Intenta (al menos durante unas pocas semanas o meses) poner en primer lugar tu relación con Dios y su pueblo. Todo lo que tenemos se lo debemos a la generosidad de Dios.

3Dona más de lo que crees que puedes

La gente a veces pregunta si existe una norma bíblica. El diezmo, o una décima parte de la riqueza o de los ingresos de uno, se menciona a menudo en la Biblia, y muchos cristianos de hoy en día apuntan a ese 10% de ofrendas anuales dividido entre iglesia y organizaciones benéficas. (El donativo parroquial no es caridad para los católicos. Es un precepto, una feliz obligación).

Pero Jesús dijo a su seguidor rico que vendiera todo lo que tenía y se lo diera a los pobres: ¡el 100%! Elogió a la pobre viuda que ofreció sus dos últimas monedas al Templo. En tu consideración piadosa, encuentra un equilibrio entre el 1% y el 100%, comprométete a dar lo que de verdad puedes dar y quizás un poquito más, y ofrécelo con alegría y regularidad. No te compares con los demás; tu donativo es un pacto entre tú, tu familia y Dios, y a Dios nadie lo supera en generosidad.

4Dona de ti mismo

Explora nuevas formas de estar más involucrado en la vida de tu parroquia este año. Observa cómo funcionan tus dones en los diferentes ministerios.

Busca otras maneras de usar tu tiempo y tus talentos al servicio de los demás, no como un sustituto de la ayuda económica, sino como forma de vivir lo que simboliza esa ayuda.

En la práctica, haría falta muy poco para pasar de ofrecer ese 1% de los ingresos anuales a ofrecer el 2%.

Para la mayoría de las personas, es el equivalente semanal de un par de cafés lattes grandes o una visita rápida a la gasolinera.

Imagina lo que podría hacer tu parroquia con el doble de apoyo financiero todas las semanas. Y tampoco sería muy difícil que fueran 2 de cada 3, o incluso 3 de cada 3, los que donaran regularmente.

Tú puedes marcar la diferencia, empezando ahora mismo.