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Lo que tu sacerdote no te dirá acerca del donativo parroquial

Steven Depolo CC
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Las parroquias reciben poco de muy pocos, pero cambiar eso no requiere mucho

Ya llega esa época del año. Tu nuevo surtido dominical de sobres para ofrendas llega al correo, o tal vez la caja de donativos después de misa. Quizás todavía escuchas el eco de la exhortación del pasado otoño para renovar el compromiso semanal con los donativos para la parroquia. O quizás tu parroquia empieza ahora con el proceso para la recolección anual diocesana.

Es posible que sin darte cuenta empieces a refunfuñar “¡Dinero, dinero y dinero! ¡Es lo único de lo que habla el padre!”.

Pues te cuento un secreto: al padre le gusta menos que a ti. Y otro secreto: ya sea una o dos veces al año (que es lo estándar) o con más frecuencia (cuando la necesidad aprieta), lo más probable es que siempre que el párroco mencione el dinero, no lo haga ni de lejos con la frecuencia que debiera.

Volvamos sobre la primera parte. Tu párroco vive su vocación sacerdotal para predicar el Evangelio, suministrar los sacramentos y llevar al pueblo hasta Cristo. A no ser que su vocación fuera tardía y después de una vida en el mundo empresarial, es poco probable que esté formado en la gestión de una organización sin ánimo de lucro de buen tamaño, lo cual equivale a las responsabilidades seculares del pastor. El sacerdote diocesano normalmente detesta tener que hablar de dinero, incluso más de lo que tú detestas oír mencionarlo.

Por suerte, lo más seguro es que tu párroco disponga ahora de más recursos de los que ayudarse que los pastores de la época de tus padres o abuelos. Las oficinas de administración diocesana ofrecen orientación y recursos, y muchas parroquias tienen comités financieros o consejos parroquiales con miembros que tienen formación en administración de empresas y finanzas. Así que los párrocos tienen más ayuda para tomar decisiones financieras prudentes.

Pero hay una cosa que no ha cambiado con las generaciones, y se trata del motivo por el que el párroco no puede hablar suficiente de dinero. En Estados Unidos, la media de porcentaje del sueldo que los católicos entregan a nuestra Iglesia (incluyendo no solo la ofrenda semanal parroquial, sino también colectas especiales y otras actividades benéficas relacionadas con la Iglesia) es tan solo un 1%… una cifra invariable desde que se tiene registro.

Es el porcentaje más bajo en donativos de entre todas las denominaciones religiosas grandes en los Estados Unidos.

Lo cierto es que menos de 1 de cada 3 estadounidenses que se autodenominan católicos asisten a misa de forma “regular” (definiendo regular como al menos una vez al mes). Y de entre los asistentes habituales, solo el 30% ofrece su apoyo a la parroquia. De entre este último grupo, lo más probable es que la mayoría eche los mismos 2 o 3 billetes arrugados de un dólar en la cesta de la colecta, igual que sus padres antes que ellos.

Y todo esto en un tiempo en el que únicamente el mantener las luces encendidas, la caldera o los calentadores funcionando, el órgano afinado y los accesos a la iglesia libres de obstáculos cuesta más que nunca.

Nadie quiere hablar de los costes del funcionamiento básico de una parroquia, pero el caso es que si no se cubren, no habrá lugar de oración para la comunidad, ni apoyo para los muchos ministerios y esfuerzos de divulgación que hacen de una parroquia mucho más que un simple edificio.

A ningún sacerdote le gusta tener que pedir dinero a la congregación desde el púlpito. Pero cuando hay tan pocos de entre nosotros que con casi ninguna noción de la administración real de la parroquia o tantos que carecen de compromiso, a menudo al párroco no le queda otra opción. Este término, administración, se ha vuelto bastante familiar en los últimos años, con el llamamiento de los católicos a un discipulado más integrado y consciente.

En las parroquias donde se han asentado actitudes y prácticas de auténtica administración, existe un extenso compromiso compartido y prácticamente constante de tiempo, talento y tesoro. Se manifiesta en mayores niveles de asistencia, evangelización exitosa y ministerios parroquiales bien financiados. También se manifiesta en que el párroco no necesita hablar de dinero tan a menudo.

No obstante, pasa con demasiada frecuencia que los pastores se topan con tantas dificultades de los feligreses con el elemento del “tesoro” de la administración que las parroquias se conforman con compromisos de tiempo y talento, y en cualquier caso vienen del mismo grupo de personas que siempre se ofrece voluntaria. Y como el tiempo y el talento no sustituyen al tesoro, el pobre párroco tiene que volver a pedir desde el púlpito.

Así se hace que el donativo parroquial parezca como que a uno le están persiguiendo para pagar un retraso en la factura de la luz, cuando en realidad debería ser una respuesta de gratitud hacia los dones de Dios y un hábito regular del discipulado católico.

Así que la cruda verdad es que nuestras parroquias salen adelante con muy poco y de muy pocos. (Y paradójicamente, esto es un problema especial para las parroquias más grandes, quizás porque todo el mundo cree que todos los demás están donando). La buena noticia es que para cambiar la situación no haría falta mucho de nosotros. Aquí hay algunas cosas que habríamos de considerar para este año.

Dona conscientemente. Incluye a la parroquia en tu presupuesto familiar. Ya sea de forma anual, mensual o semanal, haz que el donativo a tu parroquia sea una partida presupuestaria. Planificar esto con antelación te evitará tener que rebuscar en tus bolsillos buscando algo de suelto cuando pase el cepillo. Usar sobres de donativos semanales o participar en un programa de donaciones por Internet, si tu parroquia ofrece alguno, son dos buenas formas de hacer tu donación de forma más consciente.

Dona como prioridad. Cuando nos toca determinar cuánto donamos a nuestra parroquia, la mayoría de nosotros estudia qué es lo que sobra después de que se hayan cubierto otras obligaciones. Donamos de entre la escasez y el miedo, en vez de desde la gratitud. Intenta (al menos durante unas pocas semanas o meses) poner en primer lugar tu relación con Dios y su pueblo. Todo lo que tenemos se lo debemos a la generosidad de Dios.

Dona más de lo que crees que puedes. La gente a veces pregunta si existe una norma bíblica. El diezmo, o una décima parte de la riqueza o de los ingresos de uno, se menciona a menudo en la Biblia, y muchos cristianos de hoy en día apuntan a ese 10% de ofrendas anuales dividido entre iglesia y organizaciones benéficas. (El donativo parroquial, aunque desgravable, no es caridad para los católicos. Es un precepto, una feliz obligación). Pero Jesús dijo a su seguidor rico que vendiera todo lo que tenía y se lo diera a los pobres: ¡el 100%! Elogió a la pobre viuda que ofreció sus dos últimas monedas al Templo. En tu consideración piadosa, encuentra un equilibrio entre el 1% y el 100%, comprométete a dar lo que de verdad puedes dar y quizás un poquito más, y ofrécelo con alegría y regularidad. No te compares con los demás; tu donativo es un pacto entre tú, tu familia y Dios, y a Dios nadie lo supera en generosidad.

Dona de ti mismo. Explora nuevas formas de estar más involucrado en la vida de tu parroquia este año. Observa cómo funcionan tus dones en los diferentes ministerios. Busca otras maneras de usar tu tiempo y tus talentos al servicio de los demás, no como un sustituto de la ayuda económica, sino como forma de vivir lo que simboliza esa ayuda.

En la práctica, haría falta muy poco para pasar de ofrecer ese 1% de los ingresos anuales a ofrecer el 2%. Para la mayoría de las personas, es el equivalente semanal de un par de cafés lattes grandes o una visita rápida a la gasolinera. Imagina lo que podría hacer tu parroquia con el doble de apoyo financiero todas las semanas. Y tampoco sería muy difícil que fueran 2 de cada 3, o incluso 3 de cada 3, los que donaran regularmente.

Tú puedes marcar la diferencia, empezando ahora mismo. Y luego quizás tu párroco y tú dejéis de temer esta época del año.

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