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The Crown: la joya de la Corona

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Evidentemente ha ganado el Globo de Oro de 2017 a la mejor serie dramática, ¿qué esperaban?

¡Ojo: esto es casi mejor que House of Cards! Normal 1: Netflix va fuerte y lo ha dado todo en la que es una de sus series más caras. Y normal 2: Este drama es más auténtico; claro que es obra de Peter Morgan, escritor de personajes auténticos donde los haya (El desafío. Frost contra Nixon, El último rey de Escocia, etc.). No está nuestro querido y depravado Frank Underwood, pero está la reina Elizabeth y un inigualable Winston Churchill (¡homérico John Lithgow!).

Y hay repaso a la historia mundial de la segunda mitad del siglo XX con todos sus dramas e interrogantes, y hay mucha lucha de poder, desorientación sobre el papel de los Estados, y desajustes afectivos que van a lo más hondo de la exigencia humana. En síntesis, hay lucha del bien contra el mal, o más llanamente de la bondad contra el orgullo. ¿Qué significa gobernar y ser hombre?

Netflix ha dado a los ingleses la producción de la serie, y ha acertado. Morgan ya se había acercado a la monarquía con The Queen. En esta ocasión, el género televisivo le permite desarrollar su obra teatral The Audience y acercarse a los 65 años de reinado de la reina Isabel II, y conseguir unos guiones magistrales, sutiles y hábiles.

Imposible no atraparse con esas elipsis tan bien puestas, acentuadas por la elocuente música de Hans Zimmer (al estilo de Interstellar, y Origen). Morgan consigue una serie coral, en la que todos los personajes, ¡todos!, son importantes. Conocemos los matices de todos ellos, y todos nos enamoran y nos hacen rabiar. Por algo es The Crown y no The Queen.

Claire Foy (merecido Globo de Oro) dará acentos geniales a la reina Isabel II. De ingenua y enamorada a ardua y celosa. Tendremos a una mujer doliente por una responsabilidad para la cual se siente limitada. En su extensa carrera, Foy ya había tonteado con la realeza y el poder. Lo había asumido en papeles televisivos relacionados con el pasado colonial británico en The Promise o haciendo de Ana Bolena en la maravillosa serie de la BBC sobre Enrique VIII, Wolf Hall (2015).

En la primera temporada, The Crown centra el drama en el choque entre instituciones. Morgan nos acerca a los juegos de poder entre el 10 de Downing Street, un nido de víboras, y el Palacio de Buckingham, un lugar inhóspito; entre un Churchill viejo y un rey enfermo.

Churchill se cree el padre de la nación; es una bestia política, con un pasado esplendoroso, premio Nobel de la literatura. El rey (¡no podía ser más que Jared Harris!) poco puede: tiene cáncer y morirá. Lilibeth deberá dirigir la monarquía más poderosa del orbe. Pero no ha sido preparada para afrontar los avatares de un mundo nuevo e incierto, a medio paso entre la modernidad y la llamada postmodernidad. La serie hace pedagogía a favor de la realeza en un momento político, el actual, parecido al que plantea el drama televisivo.

Elizabeth es mujer, es esposa, es hermana, es reina. Es la corona. Y la Corona pesa. En un mundo en que varios reyes, incluidos los ingleses, han perdido la corona por hacer su voluntad y no su deber, dejar casa, cambiar apellidos o renunciar a la naturalidad matrimonial serán un problema para la segunda mitad de siglo XX. El mundo ve a los reyes como osos disfrazados bailando en un circo, mitad hombres, mitad seres salidos de una mitología extraña. Es un mundo moderno y todo cambia.

Lilibeth es joven y ha sido ungida con óleos para ser diosa. ¿Podrá con ello? ¿Podrá su marido? ¿Está el amor por encima del poder? ¿Está la monarquía inglesa por encima de su Iglesia? ¿Y de Dios? Y hoy, ¿dónde estamos? La serie afronta la soledad de los monarcas y su mortalidad. Vean esta joya y piensen en el corazón del hombre. Al final, lo que nos interesa es esto.

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