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La luz entre los océanos: Un melodrama sobre la culpa y la redención

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Interesante propuesta con aroma clásico de Derek Cianfrance

La luz entre los océanos, como hemos podido ver en varias películas a lo largo del año pasado, y veremos en algunas durante el 2017, toma el modelo del melodrama clásico de una manera totalmente clara. Derek Cianfrance, su director, ya lo había hecho en sus anteriores largometrajes, pero en esta ocasión ha realizado un auténtico salto al vacío en tanto a que la película se presenta en muchos aspectos como una producción fuera de época. Al menos en cuanto al desarrollo de su historia y al trabajo de tono con las emociones de los personajes.

A partir de la novela de M. L. Stedman, Cianfrance no tiene miedo de presentarnos un melodrama tan desaforado como contenido en el que los sucesos, que en ocasiones pueden parecer producto del azar, acaban teniendo sentido dentro de la lógica melodramática.

Del mismo modo que lo es la intensidad emocional del relato, proveniente de la novela original, que, sin embargo, Cianfrance se encarga de rebajar hasta convertir La luz entre los océanos en un melodrama frío, casi distante, lo cual no quiere decir que se aleje de sus personajes ni de la historia. Ésta se sustenta en elementos dramáticos que, con un tono emotivo excesivo, podrían haber conducido a la película hacia el folletín. Pero Cianfrance ha optado por un relato contenido que no niega las emociones, pero no permite que éstas se apoderen, o no del todo, del relato.

La luz entre los océanos, al igual que las anteriores películas de Cianfrance, plantea el tema de la culpa debido a una decisión de la pareja formada por Tom (Michael Fassbender) e Isabel (Alicia Vikander) que conducirá su idílica historia de amor a un proceso de redención y de sacrificio por parte de ambos debido a las consecuencias de su actos. Pero Cianfrance no carga las tintas en un exceso melodramático, sino que, como decíamos, permite el desarrollo de los personajes, de sus emociones, mostrando su complejidad para, al final, llevar a cabo un retrato muy humano de ellos.

Así, La luz entre los océanos se convierte en un melodrama intenso pero comedido en el que el director experimenta con la imagen, de gran belleza en todo momento, mostrando un conjunto idílico a la vista en el que, sin embargo, no todo lo es bajo su superficie.

Aunque en diálogo con el melodrama clásico, la película de Cianfrance es una película extraña en estos momentos porque aunque sea en esencia muy contemporánea en su forma de narrar, sus imágenes persiguen recuperar un tipo de cine que, en gran medida, parece perdido y en el que cierta épica, en este caso, íntima, surge en sus imágenes.

La película concluye, además, mostrando el paso del tiempo y la permanencia de cierta herencia del ser humano a pesar de él, con unas secuencias muy emotivas, y bellamente filmadas por Cianfrance, que dan sentido a una película que, aunque irregular, posee muchas virtudes, como el ir contracorriente de su momento y al mismo tiempo permanecer a él en su mirada, precisamente, hacia el pasado cinematográfico y a la herencia que éste nos ha dejado a través de un género, el melodrama, que pocas veces aparece en pantalla presentado de manera tan clara como en La luz entre los océanos.

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