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¿Hay que pensar primero en uno mismo?

Carlos Padilla Esteban - publicado el 13/01/17

De la cultura del "yo" y el "ya" a la de perder por amor

El otro día escuchaba que vivimos en la cultura del “yo” y del “ya”. Todo lo hago yo solo. Todo lo quiero ahora mismo. Vivo en primera persona. Me han educado para buscar mi interés, mi futuro, mi lugar. Y me he acostumbrado a hacerlo.

Desde pequeño he aprendido a hacer mi camino. Me educaron para pensar en mí, en mis intereses, en mi porvenir. Y además me enseñaron el valor de mi tiempo. El tiempo siempre es oro. Y cuanto antes logre lo que quiero seré más feliz. No puedo esperar. No puedo sacrificar mi tiempo. No puedo sacrificarme por nadie. No puedo sacrificar nada porque quiero ser feliz. Me vuelvo egoísta.

El otro día leí que la teoría sueca del amor dice: “Toda relación humana debe basarse en el principio de la independencia entre las personas”. La consecuencia de la independencia vista así es que me despoja de la habilidad para socializarme, para amar de verdad, para ser generoso. Me dice que mi felicidad será plena cuando sea independiente.

Es esa carrera de la vida en la que si ayudo a alguien es porque me beneficia ayudarlo. Y si no saco nada positivo, no ayudo. Ayudar a otros y perder así mi lugar de preferencia no parece recomendable. Perder mi posición, mi cargo, mi prestigio. Pienso más en mí mismo que en los otros.

Son valores que flotan en el aire. Que se extienden y se convierten en credos que fundamentan muchas vidas. Me dicen que no es bueno para mi salud negarme a mí mismo. Que necesito ser más asertivo y decir lo que es bueno para mí y hacerlo. Defender mi espacio, mi libertad, mis gustos, mis derechos.

Incluso aunque el mundo se enfade con mi conducta. Me recuerdan que yo voy primero, por encima del resto. Me dicen que es cuestión de salud. Entonces renunciar no merece tanto la pena. Incluso es innecesario hacerlo.

Perder la vida, dejar de ser, ¿qué sentido tiene? Esperar a otros. Sacrificar lo que yo deseo por amor a otros. Sacrificar mi libertad, mis sueños, siendo generoso con otros. Por amor, por respeto a la vida de los otros. Estos términos suenan extraños en esta cultura del “yo” y del “ya”. Están fuera de lugar.

Imaginar a alguien que está dispuesto a renunciar a lo que tiene por amistad, por amor, parece impensable. Imaginar a Jesús que vino a dar su vida por mí. Y se arrodilló delante de mí. Dispuesto a darme a mí todo su amor sirviéndome.

Me parece tan grande ser capaz de renunciar incluso a la propia vidatal como yo mismo la había soñado… Renunciar a mis deseos, a mis proyectos. Por amor a otros. Pensando en el bien de los otros. Parece imposible. Y sólo es posible desde Jesús. Viviendo en Él, con Él.

Quiero educarme y educar a los que van conmigo en la libertad. En la entrega. En la generosidad. Para que amen sin pensar sólo en ellos. Que sean generosos y no egoístas. No quiero protegerlos en exceso para que no sufran.

A veces quiero evitar el dolor a los que más quiero. A quienes educo. No quiero que se equivoquen y protejo sus pasos. Que no se hagan daño.

Decía el padre José Kentenich: “¡No ahorremos nunca las luchas a nuestros hijos! Si empezamos a hacerlo, los educaremos a todos a la inmadurez. Y les garantizo que, si ahorran las luchas a los que les han sido confiados –sea que les solucionen rápidamente las dificultades o que, aun sin quererlo, hagan incidir en la balanza el mayor peso de su personalidad–la consecuencia será la siguiente: un hombre sincero agradecerá a Dios de rodillas cuando ustedes se hayan muerto[1].

Significa acompañar en sus luchas a los que Dios me ha confiado. Enseñarles el valor de la libertad. Hacerles madurar en el amor a los otros. Enseñarles el valor de perder la propia vida, el propio puesto, por amor.

No quiero educar en una cultura del “yo” y del “ya”. No quiero proteger en exceso: “Quiero saberlo todo. Pero ¿intervenir? Ni se me ocurre. Yo no intervengo. Que den tranquilos sus volteretas. Basta que no caigan muy bajo. De otro modo, no educaremos para la vida[2].

Educar en la libertad. Aunque caigan al tomar decisiones aquellos que Dios me ha confiado. Así lo hace Jesús conmigo. Me deja tropezar. Y levantarme de nuevo. Como Pedro que niega hasta tres veces a su Maestro.

Quiero educarme en esta libertad. Quiero educar en esta libertad. Sin guardar la propia vida. Sin protegerme tanto. Sin cuidar tanto mi salud, mi fama, mi vida, mis aficiones, mis posesiones. Sin temer perder. Con libertad. Dando con amor.

No quiero tenerlo todo claro. No todo es blanco o negro. Hay matices. Educar en la libertad de la conciencia. De las decisiones tomadas en lo hondo del corazón. Poniendo a Dios en el centro, al otro en el centro. Y no pensar sólo en mí mismo. No siempre yo primero.

[1] J. Kentenich, Textos pedagógicos

[2] J. Kentenich, Textos pedagógicos

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