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Mi carta a Dios para este año. ¿Qué le pides tú?

Shutterstock / Rawpixel.com

Carlos Padilla Esteban - publicado el 11/01/17

Vaciarse para recuperar la propia verdad

No estoy solo en medio de mi vida. No estoy condenado a la soledad y al abandono. Dios va conmigo siempre aunque a veces me olvide de su paso alegre a mi lado y no sepa comprender sus palabras de aliento. Él se detiene siempre en mi noche. Y veo su paso que va sobre mi paso. Y su paz se vuelve mi misma paz y mi esperanza.

Ya no temo en medio de la luz de un nuevo día. Y mi vida se llena de esperanza. Quiero dar lo que tengo. Dejo de lado mis ropajes antiguos. Me abro a la vida que se me regala. Tengo que estar vacío para dar lo más mío, lo que sólo yo poseo.

El otro día leía: “Sólo cuando nos hayamos despojado de todo lo que no es esencial, puede manifestarse lo que sí es. Sólo aquel que se ha visto confrontado con el vacío puede vivir la vida terrena en su auténtica realidad. Se hace posible dar a este mundo el valor que le corresponde y vivir en él con alegría y eficiencia sin ser de este mundo. Hacer uso de las cosas de este mundo, como si no hiciera uso de ellas. Sólo entonces puede desarrollarse la disposición a vivir por igual en la riqueza que en la pobreza, en la enfermedad que en la salud, en la longevidad que en la brevedad de la vida”[1].

Necesito estar vacío de mí mismo para poder regalar lo más auténtico que hay en mi alma. Vacío de mis deseos, de mis obsesiones, de mis gustos. Vacío de mis caprichos, de mis protestas, de mis quejas. Vacío de la búsqueda enfermiza de mi felicidad. Vacío de las apariencias y máscaras que me protegen. Vacío de mis títulos y mis logros. De mis posesiones, de mis pretensiones.

Yo solo en mi verdad más plena. Sólo así podré vivir con libertad, dar con libertad, amar con libertad. Sólo así, vacío de todo lo superfluo, podré dar lo más importante. Lo único que tengo y los demás no tienen, ni pueden dar. Mi verdad única. Esa que yo sí tengo cuando me desprendo de todo lo que me ata y esclaviza.

Así puedo regalarme al regalar. Darme al dar. Sin esperar ni exigir nada como pago de mi entrega. Así. Con la libertad de los niños. Con su alegría y paz. Quiero volver a ser niño.

Quiero ser otra vez niño inocente, lleno de pureza. Buscar con mis ojos cerrados la sombra de Dios pasando por mis sábanas. Acariciando mis sueños.

Quiero volver a creer en la gratuidad de un Dios que se abaja. No en el pago por el bien hecho. Ni en el fruto de mis méritos. Quiero ser niño para abrazar confuso lo inmerecido. Y alegrarme entre lágrimas por tantas cosas que recibo.

Quiero soñar y escribir una carta llena de anhelos imposibles:

Pido la paz esta noche. Y el amor más puro. Y recobrar mi inocencia. Y la luz en medio de mis noches. Pido la alegría que nadie pueda turbar con sus palabras.

Pido no la ausencia de cruces en mi vida. Y sí la serenidad para caminar con ellas. Pido ser yo más generoso y no vivir esperando a que los demás me quieran. Querer yo más. Amar hasta que duela.

Pido las estrellas en mis manos. Y lograr cambiar yo el corazón de tantos hombres. Sostener a los heridos. Cargar con los que mueren. Pido dar vida con mis palabras y alegrar con mis gestos. Pido tener el alma vacía de pretensiones y no atarme a mis deseos egoístas.

Pido ser como Jesús entre los hombres y pasar haciendo el bien sin esperar recompensa.

Cierro los ojos. Entrego mi carta a Dios. La leerá seguro.

[1] Franz Jalics, Ejercicios de contemplación, 52

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